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El Escritorio de la Villa

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Re: El Escritorio de la Villa

Notapor Nube_21 el Jue Nov 03, 2016 5:44 pm

Nube_21 escribió: Es mi adiós particular personal a esta historia .


Porque yo lo valgo jajajajajajajaja

Aclárate nena! Una cosa o la otra!
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Re: El Escritorio de la Villa

Notapor Tanjushka el Jue Nov 03, 2016 5:46 pm

:cry: :cry: :cry: :cry: :cry:
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Re: El Escritorio de la Villa

Notapor chiai el Jue Nov 03, 2016 6:34 pm

NOOOOOOOOOOOOOOOO !!!!

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Las bandidas tendrán que intervenir...
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Re: El Escritorio de la Villa

Notapor Tanjushka el Jue Nov 03, 2016 7:08 pm

chiai escribió:
Las bandidas tendrán que intervenir...


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Re: El Escritorio de la Villa

Notapor LaMochuelaVerde el Jue Nov 03, 2016 9:04 pm

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"Se me está haciendo de largo este siglo XVII"
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Re: El Escritorio de la Villa

Notapor ssandritaa el Dom Nov 06, 2016 11:02 am

:lol: :lol: :lol: :lol: :lol: :lol: :lol:
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Re: El Escritorio de la Villa

Notapor Nell el Dom Nov 06, 2016 1:15 pm

:lol: :lol: :lol: :lol: :lol:

Nube, qué bonito escribes ;)

Y sobre ésta frase,
Gonzalo detuvo también su caballo y la contempló unos instantes. No podía pedir nada más; nunca había querido nada más que lo que ahora por fin tenía.


Sólo puedo decir OLE, OLE Y OLEEEEEEEEEEEEEE!!!!!!!


Ya quisiera haberle oído decir al prota cosas así de bonitas en la serie, pero claro, para eso el que escribe tiene que tener esa sensibilidad tan especial que tú tienes, y no ha sido el caso...
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"Ojalá la vida hubiera sido de otra manera"
Gonzalo de Montalvo dixit...y yo le creo


Gracias escritora PE !!
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Re: El Escritorio de la Villa

Notapor Nube_21 el Dom Nov 06, 2016 1:38 pm

¿Qué puedo decir? Que soy débil, que las bandidas han intervenido y que madrugar tanto los fines de semana da tiempo para hacer muchas cosas... Así que me como mis palabras con patatuelas y os dejo más trocitos del relato jajajajaja

4

https://www.youtube.com/watch?v=6xhtBtouuD4

Los días pasaban y Margarita seguía sin poder borrar la sonrisa de su rostro. Tras varias semanas huyendo, llegaron a un pueblo rodeado de montañas, cerca de la frontera con Francia, donde todos se sintieron a salvo y a gusto al instante.

Era un pueblo pequeño y tranquilo, pero tenía todo lo necesario. Sátur enseguida encontró una casa disponible en las afueras. Tenía dos plantas, un enorme patio y habitaciones para todos. El postillón la compró como regalo de bodas para su amo y Margarita porque nada más poner el pie en ella, todos sintieron que aquel tenía que ser su nuevo hogar. Por si fuera poco, pronto se enteraron de que el antiguo maestro había fallecido recientemente, así que Gonzalo tomó las riendas de la escuela del pueblo, ampliándola y acondicionándola. Compró nuevo material y se encargó de convencer a sus nuevos vecinos de la importancia de que sus hijos e hijas fueran a clase cada día. Pronto su clase estuvo abarrotada de niños y niñas no sólo del pueblo, sino también de los alrededores.

Y así, los días se sucedían, tranquilos, felices, serenos. Y entre tanta calma y tantas sonrisas, la barriga de Margarita seguía creciendo día a día. Tras las molestias de los primeros meses, en la recta final del embarazo la costurera se sentía mejor que nunca.

Una soleada tarde de primavera, el día del cumpleaños de Margarita, Sátur azuzaba nervioso las brasas de la chimenea. La puerta de abrió de repente y Gonzalo entró atropelladamente. Miró con gesto serio a su amigo.

- Amo, ¿lo tiene?

El maestro asintió.

- ¿Entonces por qué tié esa cara de funeral?

- No sé, Sátur… No sé si le gustará…

- Enséñemelo…

Gonzalo se acercó a él y abrió una pequeña cajita que contenía un sencillo anillo. Sátur arrugó la frente y torció el gesto.

- ¿Qué? –preguntó Gonzalo, inseguro.

- ¿Este… este anillo no es el de la otra vez?

- ¿Pero cómo va a ser el mismo, Sátur? Este lo acabo de comprar. ¿Qué pasa? Crees que no le va a gustar, ¿verdad?

- Es que no lo sé, amo… Ya le dije que aún tenemos joyas de las nobles de su ejecución. Es que no sé pa qué le compra un anillo nuevo teniendo esos pedruscos ahí guardaos…

- No, Sátur. Conozco a Margarita. Jamás se pondría algo así… ¿Te parece demasiado sencillo? –preguntó de nuevo, mirando el anillo.

- Es que no le puedo ayudar, amo… No lo sé… Oiga, ¿ya ha pensao cómo se lo va a dar? ¿Por qué no la lleva al sitio ese del bosque que tanto le gusta? Yo les preparo asín el ambiente, con velas y eso…

- Margarita ya no puede ir hasta allí. Había pensado dárselo aquí, pero no sé cómo…

- ¿Y si lo mete en su cesta de costura? Asín ella cuando la abra lo verá.

Gonzalo sonrió, contento por la idea de su amigo.

- Buenas –dijo Alonso, entrando por la puerta.

- Hola, hijo.

- Padre, Margarita está a punto de llegar, la acabo de ver charlando con la florista…

- ¿Tan pronto? –preguntó Gonzalo, nervioso.

- Y usté sin ná preparao… Anda Alonso, ayúdame a encender unas velas y a colocar las flores y nos vamos tú y yo a la taberna pa que tu padre se ponga romántico con tu tía, que cuando nazca el bebé no habrá tiempo pa esas cosas…
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Re: El Escritorio de la Villa

Notapor Nube_21 el Dom Nov 06, 2016 1:42 pm

5

Unos minutos después, Alonso y Sátur se cruzaron con Margarita, que volvía a casa con un pequeño ramo de flores que acababa de comprar.

- ¿Dónde vais? Ya es casi la hora de cenar.

- Vamos a la taberna, tía.

- ¿A la taberna? –dijo ella mirando con reproche a Sátur.

- Señora, no me mire asín que el chiquillo ya es un hombre… Además, que vamos a encargar algo pa cenar, que tenemos que celebrar el cumpleaños de usté.

- Sátur, no hace falta…

- Claro que hace falta, tía. ¿Vas ya a casa? –preguntó Alonso nervioso.

- Sí, claro.

La sonrisa de oreja a oreja de su sobrino hizo sospechar a la costurera que algo pasaba.

- ¿Qué pasa?

- Ná –interrumpió Sátur-. Nosotros nos vamos ya.

Alonso le dio un beso a su tía, mientras acariciaba su barriga con la mano. Ella los siguió con la mirada, sonriendo, hasta que doblaron la esquina.

Mientras Margarita hablaba con Alonso y Sátur, Gonzalo miraba el pequeño salón de su casa, tratando de decidir si había suficientes velas y flores. Entonces, recordó la idea de Sátur de esconder el anillo en la cestita donde ella guardaba sus cosas de costura. Pensó que podría pedirle que le cosiera un botón y que entonces al abrirla, encontraría el anillo. Buscó la cesta y la abrió, ilusionado. Pero al hacerlo, la sonrisa se lo borró del rostro. Abrió los ojos, sorprendido, y sacó de la cesta unos pequeños zapatos de lana que ella había estado tejiendo. Eran tan pequeñitos que le cabían en la palma de la mano. Los inspeccionó cuidadosamente sin poder evitar que se le llenaran los ojos de lágrimas. Aquellos zapatitos muy pronto estarían en los pies de su bebé. Tragó saliva, embriagado por la emoción, y esbozó la más amplia de las sonrisas. Rozó la suave lana que ella había elegido y atrapó entre sus dedos el pequeño cordel que iba a atar el zapato al pie de su hijo. Se sorprendió de que algo tan pequeño pudiera caberle a alguien. Ya casi no recordaba lo pequeños y frágiles que son los bebés… Se pasó una mano por el rostro para retirar las lágrimas. El anillo seguía en su bolsillo.

- Quería enseñártelos cuando estuvieran acabados.

Gonzalo se dio la vuelta, sobresaltado. Margarita había entrado sin que él se diera cuenta. La miró en poco avergonzado por estar mirando sus cosas. Y sonrió.

- ¿Te gustan? –dijo ella mientras se acercaba a él.

- Creo que no he visto nada que me guste más en mi vida…

- ¿Estás llorando? –preguntó ella, sonriendo.

El maestro se limpió de nuevo las lágrimas, intentando disimular sin éxito. Ella, feliz al ver su emoción, le dio un suave beso en los labios y lo abrazó como pudo, pues su barriga se interponía entre ellos.

- Entonces mejor no te enseño la ropa que le he hecho…

- Mejor no –dijo él rodeándola con sus brazos-, que cómo vuelvan Sátur y Alonso y me vean así a ver qué les digo…

- Me los he cruzado. Estaban raros…

Fue en ese instante cuando ella se dio cuenta de que el salón estaba diferente. Había más velas de lo habitual y sus flores preferidas estaban por todos lados.

- ¿Y esto? –preguntó ella acercándose para oler las flores.

- ¿Ya no te acuerdas que es tu cumpleaños? –preguntó él abrazándola por la espalda y besando su cabeza a través de su espesa melena azabache.

- Pero ya me has felicitado esta mañana…

- Pero faltaba tu regalo… Ven.

La cogió de la mano y la ayudó a sentarse en una silla frente a la chimenea.

- ¿Qué pasa? –preguntó ella con los ojos brillando de ilusión.

Entonces él sacó de su bolsillo la cajita y se la enseñó. Ella sonrió. Gonzalo abrió la cajita y Margarita vio el anillo que él le había comprado. Se llevó las manos a la boca por la emoción mientras intentaba retener las lágrimas. Él tomó una de sus manos y le colocó el anillo con toda la delicadeza del mundo.

- Para mí –empezó a decir el maestro-, nuestra boda fue perfecta. Y no cambiaría nada. Pero nos faltaban los anillos… He intentado encontrar uno que simbolice todo lo que siento por ti… Pero es imposible, no existe. Así que he escogido este porque es sencillo pero precioso y porque parece frágil pero es resistente. Lo vi y me recordó a ti…

- No me lo puedo creer… -dijo ella.

- ¿El qué?

- ¿Desde cuándo lo tienes?

- Lo escogí hace unos meses, pero lo he recogido hoy. Estaba esperando a tu cumpleaños para dártelo. ¿Por qué me lo preguntas?

Margarita se levantó con cierta dificultad y caminó hasta la cesta donde estaban las cosas que había comprado esa tarde. Gonzalo se situó a su lado.

- ¿Qué haces? –preguntó él, divertido, al verla buscando con nerviosismo dentro del capazo.

- No puede ser… ¿No se habrá perdido? –susurró ella para sí misma.

- Margarita, ¿qué haces?-insistió él casi riendo.

- ¡Aquí está! –dijo ella, sonriendo triunfante.

Margarita le enseñó su puño cerrado. Gonzalo se encogió de hombros, dándole a entender que no sabía qué pretendía ella. Su esposa sonrió y abrió la mano. Gonzalo vio un anillo, muy parecido al que él le acababa de regalar, pero más grande y masculino.

- ¿Y esto?

- Para mí nuestra boda también fue perfecta –dijo ella-. Pero yo también pensé que nos faltaban los anillos.

Con delicadeza, tomó la mano de su marido, que comparada con la suya parecía enorme, y le puso el anillo, deslizándolo con dulzura y cuidado por su dedo. Entonces se llevó su mano a los labios y la besó.

- ¿De dónde lo has sacado?

- Lo acabo de comprar. He estado ahorrando desde que llegamos, con lo que gano cosiendo, para poder comprártelo. No sabía cuándo dártelo ni cómo hacerlo, pero ahora me ha parecido un buen momento…

Gonzalo besó sus labios con ternura.

- Sátur tiene una fortuna en joyas y tú has trabajado y ahorrado para comprármelo…

- Quería que fuera un regalo mío…

Gonzalo miró el anillo en su mano y cogió la de ella para contemplar también su anillo.

- Para siempre –dijo Margarita con una enorme sonrisa.

El maestro volvió a besarla sin poder evitarlo. La puerta se abrió en ese momento.

- ¿Ves? Sabía yo que los pillaríamos en pleno momento amoroso… -dijo Sátur.

- Podemos volver más tarde…

- Pasad ya, que me muero de hambre –dijo la costurera.

- No me extraña, se tié que nicisitar mucha energía pa mover eso que lleva usté ahí –dijo el postillón refiriéndose a su barriga.

Margarita sonrió, mirando su abultado vientre. Gonzalo hizo lo mismo y puso sus manos sobre él. Ella colocó las suyas encima de las de su marido. Se miraron felices.

- ¡No! –dijo Sátur dirigiéndose a la mesa – ¡Ay, no!¿Pero esto qué es?

Cogió los pequeños zapatitos del bebé y se los mostró a toda la familia. Todos rieron mientras el postillón se esforzaba por no llorar.

- Ay qué cosa más bonita, señora… Yo… No sé qué dicí…

- Anda, vamos a preparar la mesa –dijo Gonzalo.

- Amo, ¿ha visto usté qué cosa más pequeñita? Lo que viá llorar yo cuando le vea la carita no está escrito, les aviso ya…

Margarita volvió a sentarse frente al fuego mientras Gonzalo y Sátur preparaban la mesa. Alonso se sentó junto a ella y le cogió la mano.

- ¿Te gusta el anillo?

- ¿Tú lo sabías?

El niño de sus ojos asintió y ella sonrió.

- Es perfecto.

Alonso se inclinó sobre ella y le dio un beso a su hermano a través de la barriga de aquella mujer que era como su madre.

- ¡A cenar!
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Re: El Escritorio de la Villa

Notapor Nube_21 el Dom Nov 06, 2016 1:45 pm

6

https://www.youtube.com/watch?v=kcihcYEOeic

El bebé llegó una semana después, tras un largo día en el que Margarita tuvo muchos dolores y Gonzalo se desesperaba por no poder hacer nada para aliviarla. Finalmente, a media tarde, se escuchó el llanto de un bebé que trajo una felicidad aún mayor a aquel hogar.

Gonzalo nunca olvidaría, mientras viviera, la primera vez que lo vio. Abrió la puerta de su alcoba cuando la partera lo llamó, hecho un manojo de nervios. Miró a la partera, que sostenía al bebé envuelto en una manta. Miró a Margarita, agotada y preciosa y radiante como nunca. Y no supo qué hacer. Deseaba abrazarla, decirle lo mucho que la amaba, lo orgulloso que estaba de ella, pero necesitaba conocer a su bebé. Ella sonrió ante su indecisión.

- Cógelo –le dijo.

- ¿Es un niño? –preguntó, emocionado.

Margarita asintió, feliz.

El maestro se acercó a la partera, con paso lento y vacilante. Tragó saliva cuando estuvo a su lado. La mujer sonrió y le dio la enhorabuena mientras le ponía a su hijo en brazos. Después, la partera se dirigió a Margarita y le dio unas indicaciones antes de salir de la alcoba. Pero Gonzalo no se enteró de nada de lo que dijo. Su hijo lo había hipnotizado. Lo primero que notó fue lo poco que pesaba y el calor que desprendía. El maestro, embelesado, acarició su cabeza, cubierta por una fina capa de pelo. Observó sus facciones: sus ojos cerrados, su pequeña nariz, sus labios, que eran iguales que los de su madre… Besó su cabeza, notando su peculiar olor. Abrió un poco la manta con la que estaba envuelto y buscó su manita. La acarició y el bebé apretó su dedo índice. Gonzalo observó sus dedos, tan pequeños y regordetes. Fue entonces cuando levantó la vista para mirar a su mujer, que los observaba sin poder dejar de sonreír. Se acercó con el bebé en brazos a la cama y se sentó junto a Margarita. Besó su frente, sus mejillas, sus labios…

- ¿Estás bien? –le preguntó.

- Sí.

Margarita alargó su mano y la colocó en el rostro de Gonzalo, para limpiarle las lágrimas que corrían libres. Él sonrió, sin intentar ocultar su emoción, y le puso al bebé en brazos. Margarita lo cogió con mucha más maña que él y observó a su hijo con todo el amor que sentía por él saliéndole por sus ojos negros. Gonzalo los observaba a los dos, asimilando que lo que estaba pasando era real. Había soñado tantas veces, durante tantos años, que tenía una vida y una familia junto a Margarita que a veces aún le costaba creer que por fin lo habían conseguido. Margarita acarició con dulzura la cabeza del bebé.

- Hola, mi amor –le susurró.

Gonzalo supo entonces que toda su vida no había sido sino un viaje hasta ese preciso instante: Margarita acariciando a su bebé. Todo, absolutamente todo lo que había vivido, valía la pena porque lo había llevado hasta ese instante perfecto.

También él alargó su mano para tocar al bebé. Entonces escucharon como Alonso y Sátur llamaban a la puerta, impacientes por conocer al nuevo miembro de la familia.

Tal y cómo prometió, Sátur se hinchó a llorar en cuanto vio al recién nacido.

- Es que no saben ustedes la de veces que yo he soñao con verles asín de felices… A este niño no le va a faltar de ná mientras yo viva, señora. Palabra de Saturno García.

El postillón se acercó a Alonso, que tenía a su hermano en brazos y le pidió cogerlo. Al principio el chico hizo como si no se hubiera dado cuenta, porque no quería soltar al bebé, pero ante la insistencia de Sátur, tuvo que dárselo. Y mientras el postillón le hablaba al bebé de todas las cosas que iban a hacer juntos cuando fuera más mayor, Alonso se acercó a su tía. Se sentó junto a ella en la cama y la abrazó y la besó.

- Vas a ser la mejor madre del mundo…

- ¿Tú crees? –preguntó ella, emocionada y a punto de llorar.

- Para mí lo fuiste. Y lo eres.

Esta vez fue ella la que se incorporó para abrazarlo, sin poder esconder más tiempo las lágrimas. Mientras abrazaba al que siempre sería su niño, miró a Gonzalo, que los observaba en silencio, como había hecho tantas y tantas veces desde que ella regresó a su vida, lleno de emoción. El maestro sabía que las palabras de su hijo no podían ser más ciertas. Y Margarita nunca sabría lo agradecido que le estaba por haberle dado a su hijo ese calor y ese cariño que sólo las madres pueden dar.

- Bueno, ya está bien de tanto llorar… Hoy es un día de alegría. Y además, tenemos mucha faena. Señora, ¿subo la cuna? Y hay que preparar la cena…

- Sátur, tranquilo. Sube la cuna y no te preocupes por nada. Cenaremos cualquier cosa –dijo Gonzalo-. Lo importante es que Margarita descanse.
Cuando se quedaron solos de nuevo, Gonzalo volvió a sentarse junto a Margarita. Esta vez él tenía al bebé en brazos.

- ¿Le has visto los pies? –preguntó ella.

Él negó con la cabeza. Margarita destapó un poco al bebé, que seguía envuelto en una mantita y sacó uno de sus piececitos.

- Mira –dijo mientras lo sostenía en la mano-, ¿no es increíble?

Gonzalo sonrió y envolvió el pequeño pie de su hijo con su mano.

- Lo es…

- ¿Estás contento? –preguntó ella, aunque conocía de sobra la respuesta.

- ¿Contento? Contento se queda muy corto. Soy feliz. Nunca había sido tan feliz…

El maestro hizo una pausa en la que miró a su mujer completamente enamorado.

- ¿Qué? –preguntó ella, divertida, porque conocía de sobra esa mirada y sabía lo que significa.

- El día de la ejecución no sólo me salvaste la vida, sino que me regalaste esta nueva vida. La que siempre quise…

Margarita se puso seria. Iba a responderle pero un estruendo llegó desde la escalera. Ambos miraron hacia la puerta de la alcoba, donde unos segundos después apareció Sátur cogiendo como podía la cuna. Tropezó con la barandilla de la escalera, con el último escalón y con el marco de la puerta. Cuando vio que la cuna no entraba por la puerta, se rindió y la soltó.

- ¡Amo, es que no sé pa que hizo usté una cuna tan grande, con lo pequeño que es el niño! Esto le va a servir hasta los veinte años… Y no vea como pesa…

Gonzalo y Margarita empezaron a reír al ver la desesperación del postillón.

- No se rían tanto, que la cuna no entra por la puerta… -replicó, ofendido-. Ya verán como cuando el niño tenga que dormir aquí en el pasillo no les hace tanta gracia…

Gonzalo se levantó y se situó a su lado. Levantó la cuna sin esfuerzo y, mirando a Sátur con gesto divertido, la inclinó ligeramente y la entró en el cuarto, colocándola justo al lado de Margarita, que reía sin parar.

- Ah, muy bonito… Eso es lo primero que le enseña usté a su hijo: cómo humillar al criado…

- Sátur, no te enfades…

- No, no… Si no me enfado –respondió el criado visiblemente enfadado por la ofensa.

- Anda, Sátur, ¿por qué no pones al bebé en la cuna? –preguntó Margarita, conciliadora.

El semblante del postillón cambió por completo y sus ojos se iluminaron.

- ¿Yo?

- Sí. Tú.

- ¿De verdad?

Una vez Gonzalo había colocado en la sencilla cuna de madera el colchón que habían hecho entre Alonso y él, Margarita le dio el bebé a Sátur.

- Y… ¿cómo lo coloco?

Margarita intentó reprimir la risa.

- Pues, déjalo con cuidado sobre el colchón y tápalo.

- Ah, sí, claro…-murmuró para sí mismo, pensativo.

Una vez lo hizo, Sátur se incorporó, orgulloso de sí mismo.

- Muy bien, Sátur –le dijo Gonzalo apretando su hombro-. Vas a ser el mejor padrino del mundo.

- Señora, ¡no ha llorao ni ná! -dijo Sátur, feliz.

- Eso es porque le gustas –sonrió ella, compartiendo una mirada cómplice con Gonzalo.

- Este niño y yo vamos a ser uña y carne.

Ni siquiera él sabía cuánta verdad había en sus palabras.
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