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Los TESOROS - Relatos completos

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Gonzalo de Montalvo... mi padre, por Begoña

Notapor Unicornio el Vie Ago 28, 2015 1:37 am

18a

Últimamente, la idea de volver a su casa no lo abandona, la taberna lo oprime. Siente que las miradas de Catalina le desnudan el alma, que leen su mente. Son miradas que preguntan sin palabras, miradas que lo obligan, cada noche, a justificar su búsqueda.
Han pasado dos meses desde su despedida. Alonso lleva meses instalado en la taberna, meses desde que se encontró, por primera vez, con María.
El dolor por sus recuerdos se va mitigando, lucha por no olvidar su venganza, lucha por sacar de su mente a María, por olvidar sus atrevidas miradas, la indiscreción de sus audaces sonrisas. Alonso mantiene una batalla perdida para no buscarla cada día.

Es un día espectacular de otoño, el sol brilla con intensidad y sus rayos son tan penetrantes como el frescor del aire. Los árboles se han vuelto rojos y amarillos, pero conservan las hojas… aún no han alfombrado el camino con ellas.
Sus pesquisas lo han llevado hasta una casa en la Villa. Una casa fuera del barrio de San Felipe, una casa cerca de la Corte, donde los nobles residen.
Lleva minutos, horas, esperando tener el valor de llamar a la puerta. Se presenta como un familiar de la señora, al lacayo que le abre la puerta. Nervioso, espera en una habitación junto a la entrada, una habitación pequeña fríamente engalanada… apenas un par de sillas y un buró contra una pared. Presidiendo la estancia, un retrato de un hombre joven en una cacería. Sin atreverse a sentarse, observa los objetos que lo rodean, observa el retrato y cree reconocer al último hombre que le presentó María.
El lacayo ha vuelto y lo conduce por un pasillo hasta una puerta, que abre permitiéndole el acceso.

María se encuentra en medio de la habitación. Le sonríe y es como si el sol, que entra a raudales, acabase de salir de detrás de una nube. Una luz limpia y fresca resbala entre los cristales, esparciendo un millar de diminutos arcoíris que bordean su silueta. Lleva un vestido de terciopelo verde, su pelo recogido, dejando ver su esbelto cuello, y unos pendientes de esmeraldas, en forma de lágrima, con colgante a juego… María es bella como la luna.

¡Alonso! —dice, sin preguntar, sin exigir, sólo un suspiro.

Veo que te van bien las cosas. —Trata de aparentar indiferencia, mientras observa la bonita habitación, mientras observa su belleza. Alonso finge. Lo ofende tanto lo que imagina, que sólo desea hallarse fuera de allí. Es incapaz de atravesar la habitación sin sucumbir a los celos.

María se ha encogido de hombros y mira alrededor con indiferencia. Sus ojos se han posado brevemente en él… y en él se han quedado.
Un incómodo silencio los abraza hasta hacerles sentir que los estrangula. Es María quien tiende un puente sobre el abismo que se está abriendo entre los dos. Lo invita a sentarse, sin conseguir que Alonso se mueva. La sorprende el tono que emplea, la sorprende lo que ve en su mirada.

¡Estoy harto de buscarte!... ¡harto de perderte! —Sus palabras son un reproche, suenan amargas… desesperadas.

¿Qué es lo que quieres de mí?... Me despedí, Alonso… es más de lo que he hecho por ningún hombre…

Alonso piensa en todos los hombres, muchísimos, que pueden ofrecerle algo que valga la pena… más de lo que él nunca le podrá dar.

¡Quiero saber quién eres!... ¡saber qué eres! —No quiere decir lo que ha dicho, lo que casi ha gritado. Algo en su interior lo oprime, lo obliga a decir lo que no quiere… ¡duele tanto lo que siente!

Lo que ves es, simplemente, lo que yo soy. —Su voz suena determinante. No hay disculpa ni justificación… quizás desilusión—. ¡Vete!... Sal de aquí por favor…

María ve en la mirada de Alonso la decepción. No quiere sentir esa mirada, no quiere que la haga dudar, no quiere ver en sus ojos la velada acusación. Alonso está consiguiendo que fantasmas del pasado regresen a su mente, está consiguiendo que su presente le pese. Tiene que impedir que esa mirada haga renacer lo que hace años enterró… su vulnerabilidad.
Alonso sale de la casa sin decir nada, sin despedirse, con el firme propósito de no volver a buscarla. A duras penas puede contener las lágrimas, se niega a llorar, siente miedo de no poder parar jamás… lo invade el deseo de poder olvidar, el difícil deseo de no recordar…

La quietud de la noche lo acompaña en su caminar por callejones y calles silenciosas, donde el único sonido que oye son sus lentos pasos resonando en la noche solitaria.
Desde que se conocieron, siempre se han movido el uno hacia el otro. No tenía ni idea de cómo la encontraría y, sin embargo, sabía que lo haría. Esta noche sabe dónde está, pero sabe que no volverá a buscarla, que no desea volver a encontrarla.
Su mirada lo acompaña desde que ha salido de la casa. Una mirada de decepción que ha hecho apagar el brillo de sus ojos esmeralda. Lo acompaña su voz gélida, pidiéndole que se vaya.
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Gonzalo de Montalvo... mi padre, por Begoña

Notapor Unicornio el Vie Ago 28, 2015 1:38 am

18b

La taberna está a oscuras cuando Alonso entra, Catalina sólo ha dejado una vela encendida. Coge una jarra, la llena de vino y se sienta en una de las mesas donde María se sentaba. Catalina baja la escalera en camisón, colocando una toquilla sobre sus hombros. Su pelo suelto y despeinado delata que acaba de levantarse de la cama.
No es lo que desea; Alonso no quiere compañía, no quiere, esta noche, sus preguntas y, sin embargo, las escuchará… las responderá...

Has encontrado a María, ¿verdad? ¿Cómo ha ido? —pregunta Catalina, sentándose a su lado.

No como yo esperaba —contesta él, sin dejar de mirar la jarra que tiene en la mano—. ¡Por María! ¡Siempre buscada y encontrada! —Su brazo alza la jarra en un brindis solitario. Apura su contenido, sediento de olvido.

Es evidente que le gustas.

Si yo le gustase, la encontraría más a menudo sin buscarla tanto. —Con los ojos anegados, mira a Catalina.

Eso sólo demuestra que eres malísimo buscando o ella difícil de encontrar… no que no le gustes. —Catalina habla en voz baja, pero firme. No quiere ver en Alonso la derrota que ve, a diario, en los hombres con una jarra de vino en la mano. No quiere ver en Alonso la soledad que se esconde tras una jarra de vino tomada en solitario.

Le gustan demasiados hombres… sobre todo, con la bolsa repleta de oro. —Su voz, llena de dolor, se pierde en el silencio de la taberna.

Su voz, su tristeza, producen un escalofrío de temor en Catalina, que alarga su mano dejando que repose en el brazo de Alonso. Apenas una leve presión que lo reconforte, un leve contacto de cariño.
Catalina se siente incapaz de seguir hablando, incapaz de seguir preguntando, sus recuerdos están tan presentes que duelen. Después de tantos años, vuelve a ver a Gonzalo enamorado, celoso, abandonando a la mujer a la que ama. Un Gonzalo reencarnado en Alonso, tan igual a su padre que duele ver repetirse la historia de un amor desafortunado.



«Recuerdo con inmenso cariño mis pocos años de plena felicidad. No hay nada que me haya dado la dicha completa, excepto tu llegada a nuestras vidas.
Se nos pasaba el tiempo admirándote, velando tu sueño de ángel. Eso es lo que tu madre me decía en voz baja, mientras te observábamos.

Es como un ángel, ¿no crees?

Recuerdo cómo le temblaba un poco la voz. Cómo sus ojos se empañaban por la emoción que sentía de ser tu madre.
Yo la rodeaba con un brazo y la apretaba contra mí; ella recostaba su cabeza en mi pecho y permanecíamos en silencio, callados, amándote y amándonos. Alternábamos nuestras miradas, de nuestros ojos, anhelantes, a tu cuerpo de ángel dormido. Me gustaba mirarla, sentirla acurrucada bajo mi brazo, inclinarme y besarla en la comisura de los labios. Me gustaba gastarle bromas que aliviaran nuestra emoción, cuando volvía a repetir que eras un ángel.
Crecías, y nosotros íbamos descubriendo en ti nuestros rasgos: los ojos de tu madre, mi boca, nuestras manos. Yo le decía, sonriendo, que habías heredado sus perfectas y delicadas, pero fuertes, manos y ella respondía convencida:

Mi hijo tiene las mismas manos que su padre: elegantes y suaves, perfectas para seducir.

Recuerdo tus primeros pasos: nuestros brazos abiertos, esperándote, tu vacilante caminar del uno al otro, tu sonrisa triunfante. Mi orgullo, ante tu curiosidad insaciable. Maravillosas mañanas deslizándote entre los dos en la cama; mañanas de risas, de cosquillas, de amor rebosante en nuestras vidas.
Recuerdo, con dolor, vuestros encuentros con tu tía. Encuentros a medio camino entre Madrid y Sevilla. Tú siempre volvías feliz, queriendo contarme todo lo que habíais visto, todo lo que habíais hecho. Tu madre, con delicadeza, evitaba que lo hicieras.
Tu tía era un fantasma que rondaba mis recuerdos y, alguna vez, mis sueños. Un fantasma que tú traías de regreso y yo no permitía que entrase en nuestras vidas.

Me reprochaste, a menudo, que no me acordaba de tu madre… cómo no hacerlo, si ella era la persona que iluminó mi vida y por la que más amargamente he llorado. No podía entregarle todos mis pensamientos, mis deseos… y ella lo sabía. A cambio, me ofrecía la vida maravillosa que vivíamos… me dio lo más importante de mi vida: tú, hijo.

No era consciente de que nos quedaba poco tiempo, muy poco, de estar juntos… la caprichosa muerte se acercaba.»
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Gonzalo de Montalvo... mi padre, por Begoña

Notapor Unicornio el Vie Ago 28, 2015 1:39 am

19a

Hace dos meses que Alonso abandonó la taberna y volvió a la soledad de su casa.

Es invierno y, esta noche, sopla el viento helado del norte. La nieve cae espesa, no hay luna y hace frío; ha oído al viento susurrar contra las ventanas toda la tarde. Alonso aviva el fuego para calentar la casa; no puede dejar de oír el silencioso eco de sus pensamientos. Un escalofrío le recorre la espalda, al recordar el viento helado de aquella noche lejana. Fue una noche eterna y espantosa, con el final más amargo y triste que él puede recordar.
Toda la tarde ha estado sumergido en recuerdos que han reavivado deseos de venganza… se ha visto a los siete años, de la mano de su padre, recorriendo calles solitarias. La imagen ha surgido con tal nitidez que ha podido sentir el frío, sus pasos en la nieve, el miedo que su padre, involuntariamente, le transmitía, la angustia al encontrarla. Con total claridad, ha oído sus voces llamándola. Ha vuelto a oír sus últimas palabras: «¿Tienes miedo? ¿El valiente tiene miedo?». Palabras para mantenerlo a salvo en casa.
Ha vuelto a sentir el dolor de ver, por primera vez, llorar a su padre. Lo ha visto correr, derrumbarse de rodillas, mantener su cabeza escondida en el pecho, mientras le temblaba la espalda, mientras temblaba todo su cuerpo, mientras lloraba y gritaba: «¡No te mueras, quédate!». Pero la poderosa muerte era insensible a las lágrimas, era insensible a sus gritos de dolor… Insensibles eran las manos que lo retenían, que no lo dejaban caer junto a su padre, de rodillas, que permitían que su grito fuera solitario, solitarias sus lágrimas… manos insensibles que lo privaban de su último abrazo.

Triste y solitario, camina entre gentes que se saludan sonrientes, que se desean feliz Navidad. Va dejando atrás las calles concurridas y camina junto al muro que guarda el cementerio. El viento sopla entre las tumbas produciendo un sonido parecido a un lamento. Se detiene ante una losa oscurecida por el tiempo, la rodea y se arrodilla ante ella, recorre los surcos de las letras con los dedos. Desea que este lugar le haga ser invisible, que nadie pueda escuchar ni ver su conversación.

¿Puedes oírme, madre?… Alguna vez, no me importaría que me devolvieras tu voz, oírte en mi cabeza por un tiempo… Lo pedí cuando te fuiste, se lo pedí al cielo. Quiero ver, de nuevo, señales en las estrellas. —Alonso alza su mirada hacia unas estrellas inexistentes, demasiado lejanas para darle calor—. Recuerdo tan dulce tu amor, hasta qué punto lo eras todo, cómo eras… ¡Dime, madre! ¿Cuándo te conviertes en quien se supone que tienes que ser? —Alonso pregunta sin obtener respuestas, mantiene una conversación que sabe que nadie escucha y, sin embargo, no puede evitar sentir que necesita seguir hablando. A pesar del tiempo transcurrido, necesita imaginar respuestas que alivien su dolor—. Catalina cuida de mí, está bien que alguien cuide de mí.

Alonso piensa en todas las veces que ha dicho que no, su negativa a celebrar la Navidad, la preocupación de sus amigos porque esté solo en Nochebuena. Pero esta noche no dejará que sus manos lo retengan, lo aparten de su recuerdo.
La nieve va cubriendo las tumbas de una capa fría y blanca. Alonso sigue arrodillado, cuando la voz angustiada de Catalina suena a su espalda.

Sabía que te encontraría aquí. —Va cubierta hasta la cabeza con una toquilla.

No insistas, Catalina… —No puede seguir, la expresión que ve le dice que no lo busca por la cena. Su mirada de preocupación le produce una sensación amarga en el estómago.

¡Alonso, es María! Está herida.

Alonso, sobresaltado, se pone en pie y le pregunta dónde está, pero no espera la respuesta, deja a Catalina con la palabra en la boca y corre hacia la taberna. El miedo y el recuerdo de otra noche se repiten incesantemente.

¡En el primer piso! —le dice Floro en cuanto lo ve entrar.

Alonso sube la escalera de dos en dos. Llega al final del pasillo y llama a la puerta; primero con suavidad, luego con más fuerza. No hay respuesta y Alonso la abre despacio. Es una habitación estrecha, con un pequeño camastro. Tumbada encima de la cama esta María, lleva un sencillo vestido oscuro y tiene un brazo vendado. Tiene la cabeza vuelta hacia la ventana, de modo que sólo la ve de perfil, pero es inconfundible.
Al oír el ruido, María se vuelve y lo mira. Por una vez es ella la que se queda sin habla.

Oí decir que habías tenido un problema —dice Alonso, con una sonrisa mal disimulada—, así que pensé que igual podría ayudarte.

Mientes —dice María—, pero me alegro de verte.

Cierto —admite Alonso—, pero es una mentira piadosa… Catalina ha ido a buscarme. —Alonso entra en la habitación y cierra la puerta. Da un paso más hacia ella—. ¿Te encuentras bien? —pregunta.

¡No! —contesta ella—, pero podría estar muchísimo peor.

Alonso disimula la angustia que siente, al ver la cara deformada de María. Lentamente se ha ido acercando hasta la cama y se sienta junto a ella. Con dos dedos, le roza levemente el cuello y le levanta la barbilla para mirarla. María se estremece ante su delicadeza; instintivamente se lleva la mano a donde ha sentido los dedos de Alonso, cierra los ojos, deseando retener en su piel el leve roce. No se atreve a abrirlos, teme que, si lo hace, él pare. Siente cómo retira el pelo de su cara y el ligero roce de un beso en su frente, cómo sus labios van besando suavemente sus heridas. Lo siente avanzar por sus ojos, bajar por sus mejillas, detenerse en sus labios heridos. Percibe el sabor salado de las lágrimas y abre los ojos. Alonso se mira en sus ojos esmeralda; ella ve unas lágrimas descender suavemente por sus mejillas y siente algo que no ha sentido nunca: un deseo irrefrenable de dejarse amar. Quiere que el hombre, que por ella llora, la ame. Olvida sus heridas y busca con avidez los labios de Alonso.
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Gonzalo de Montalvo... mi padre, por Begoña

Notapor Unicornio el Vie Ago 28, 2015 1:40 am

19b

Él se muestra delicado, no quiere hacerle daño, no quiere presionar sus labios heridos, pero encuentra la lengua de María que se introduce en su boca, que se enreda con su la suya, y se abandona al placer que ella le proporciona. Sus manos cobran vida propia, buscan la piel debajo de la ropa, deteniéndose y avanzando en suaves caricias. Ella le ofrece el cuello, los hombros, donde la piel es suave y fina como la seda. Las manos de Alonso descienden sin prisa, acarician las duras puntas de los pequeños senos. Baja su cara, alternando caricias y besos; perdido en sus verdes ojos, permite que sus manos sigan descendiendo, para ir subiendo lentamente el vestido oscuro de María, acariciando en su ascenso la piel que encuentra, su larga pierna, la curva de su cadera. Nota que ella se estira, que facilita que su vestido ascienda. Nota que se entrega al placer de sus caricias, que se mueve y se coloca para que él busque un nuevo recorrido entre sus piernas. María gime de dolor y Alonso le pide perdón, sus manos se detienen ante lo que parece un latigazo. Deja de mirar sus ojos para mirar el cuerpo que ha ido desnudando. Un cuerpo que enseña su calvario, nuevos surcos que cubren antiguos latigazos. Alonso cierra los ojos y las lágrimas vuelven a descender por sus mejillas, siente que algo crece en su interior de una forma salvaje, un deseo vehemente de hacer pagar por lo que le han hecho. María ve cómo sus delicadas manos se cierran con fuerza hasta conseguir que los nudillos palidezcan, ve que su mirada dulce se ha transformado y que hay un rictus en su boca que no conocía. María siente miedo, se siente culpable de la transformación que ha sufrido Alonso. Eleva sus brazos y le rodea el cuello, lo atrae hacia ella, se coloca debajo de él; sin que Alonso tenga tiempo de pensar, lo desnuda, ofreciendo su boca, entregando su cuerpo, acogiéndolo en su pecho, acogiéndolo entre sus piernas. Alonso se deja llevar, es incapaz de resistirse, un hormigueo le sube por el vientre y lo llena de deseo. Nunca ha estado con una mujer y, sin embargo, su cuerpo responde como si estuviese acostumbrado. Sus manos se mueven seguras y delicadas, sus piernas se hacen un hueco entre las de María. Apoya su cuerpo sobre sus brazos, para no aplastarla, no quiere que su peso la dañe. María eleva sus caderas y él deja que su cuerpo acometa, que penetre en ella… no puede dejar de mirar la expresión de su cara, la oye gemir de placer y sus brazos ya no lo aguantan. Desea fundirse con ella en oleadas de sensaciones que lo abrasan. Siente que su cuerpo lo abandona en un éxtasis de placer que convulsiona su espalda, que hace que sus cuerpos se muevan unidos, olvidando surcos, olvidando heridas.

Se quedan tumbados mirando hacia la ventana. La nieve sigue cayendo espesa, voces deseando feliz Navidad suben de la taberna. María está apoyada en el pecho de Alonso y él piensa que es delicioso tenerla en sus brazos. María se estremece y él la cubre con la manta, la abraza pensando que su estremecimiento es de frío.

Eres tan amable… nunca me has presionado… —Su voz suena afectada, se interrumpe y se deja caer un poco más sobre su pecho.

Alonso no dice nada, cierra su brazo un poco más sobre ella, presionando suavemente para unirla, si puede, un poco más a él. Se queda tumbado a oscuras, sujetando su cuerpo dormido. Incapaz de dormir, vela su sueño. María es suave y tibia, indescriptiblemente preciosa.
Alonso no quiere ver su cara deformada por los golpes, no quiere ver su cuerpo lacerado. En la oscuridad de la habitación, sólo ve su hermosa cara antes de que los golpes hincharan sus labios, amorataran sus ojos, agrietaran su pómulo. Antes de que su brazo se hiriera. Antes de que descubriera las cicatrices que su cuerpo guarda.
Él nunca había abrazado a una mujer y, esta noche, no quiere dormir, no quiere dejar de recordar las sensaciones vividas, esta noche no quiere olvidarla…



«¿Por dónde empezar?… El remordimiento, la ausencia, la añoranza… me convertí en un hombre que sólo buscaba venganza. Un hombre que pensaba en su bella esposa, en los días de felicidad robados. Había perdido nuestra grata rutina, los días largos y soleados, los atardeceres serenos, las conversaciones junto al fuego por las noches. Había perdido a la única persona que me comprendía de verdad. Me había convertido en un hombre que recordaba qué era amar, desear a la persona amada, un hombre que se despertaba con desazón, con añoranza de una ausencia que no sabía llenar. Me había convertido en un hombre distinto, destruido. Estaba lleno de melancolía, tristeza y rabia, estaba vacío por dentro. Yo había sucumbido a una corriente turbia y oscura que, lentamente, me iba arrastrando hacia las profundidades de un sentimiento nuevo e irresistible: el odio. Notaba una fuerza desconocida que recorría mi cuerpo y salía desde mi alma, me quitaba el miedo, me transformaba en alguien temerario… el odio me volvía invencible.

La noche me hacía distinto, la noche me transformaba; la tenue luz de la luna me permitía desahogar mi alma. La noche permitía que todo sucediera de otra manera; cosas que los rayos del sol ocultaban, la luz de la luna desvelaba, desgarradora… Sentimientos que afloraban, ideas que, con fuerza, tomaban vida, melancolía que llenaba el alma de tristeza, de añoranza, de remordimientos, de culpa… todo lo traía la luna y su tenue luz, que cubría de sombras la alcoba.
La noche me traía constantemente el recuerdo de otra noche, una fría noche que permitió que nuestras vidas cambiaran; el recuerdo latente de algo pálido que cubría el suelo nevado, algo que la claridad de la luna no permitía distinguir; el recuerdo lacerante de mis pies corriendo, de caer de rodillas; el recuerdo de sentir la muerte a mi lado, sentir que el pánico apenas me permitía respirar… miraba sin ver, escuchaba sin oír. Olía la muerte… me golpeaba hasta sentir náuseas. Era un hedor indescriptible que me impregnaba de miedo, que me hacía gritar que no se la llevara.
Mantenía una lucha que sabía perdida, una carrera desigual contra la implacable muerte, suplicando a favor de la vida.

Nuestra casa se convirtió en un lugar silencioso, donde la tristeza nos acompañaba, su ausencia era una bruma espesa instalada en mí. Deseaba darte consuelo con todo mi ser, hijo… pero no sabía.
La peligrosa luz de la luna me hacía trepar a los tejados, asomarme a ventanas ajenas a nuestra casa, lleno de tristeza e inmensa nostalgia… Lleno de furia y sed de venganza, empecé a convertirme en el ser justiciero que tú adorabas.

A la luz del día, yo procuraba ocultar mi tristeza. Me levantaba temprano, cuando el blanco resplandor del sol empezaba a avanzar, poco a poco, por la ventana. Y cumplía con lo que de mí se esperaba… no podía olvidar que era maestro y debía dar ejemplo.

Sátur apareció en nuestras vidas. Entonces, no podía imaginar lo que él significaría para nosotros… También aparecieron nuestros primeros problemas, nuestros desacuerdos por las cartas de tu tía…»
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Gonzalo de Montalvo... mi padre, por Begoña

Notapor Unicornio el Vie Ago 28, 2015 1:41 am

20a

El amanecer llega frío; durante la noche, la nieve ha ido cubriendo de un manto blanco los tejados y el suelo. Alonso, tumbado sobre un costado, respira hondo e intenta memorizar todo sobre María: su calidez, su aroma, el sonido de su voz, su sonrisa, su mirada. Ha velado su sueño, en algún momento tranquilo y en otros agitado. A la luz pálida del amanecer, la observa y mira su cara entumecida, el color alrededor de su ojo que empieza a ser morado, la sangre seca en su pómulo, el corte del labio. Algo en su interior le pide que observe y no olvide. María abre, de repente, los ojos y descubre la mirada de Alonso, su semblante serio que, al verla despierta, se transforma y aparece una dulce sonrisa.

Buenos días —dice Alonso, retirándole un mechón de pelo de la cara.

María esboza una sonrisa, por respuesta. Durante unos segundos, recuerda que Alonso estaba junto a ella. Durante un instante, cree haber despertado en otra cama. Pero su dulce sonrisa, su leve caricia al retirarle el pelo de la cara, su voz grave deseándole buenos días, le hace recordar que la noche pasada ha sido amada. Un torrente de sensaciones recorre su cuerpo, como si un río de ternura y pasión recorriera sus venas buscando el remanso en su mirada. Pero sus ojos eran aguas turbulentas que la miraban sin paz.

Debería verte un médico. —Alonso intenta que su voz no trasmita más que su preocupación por las heridas. Esconde la necesidad de hacer justicia.

María mueve la cabeza negando.

Sólo son golpes… en unos días estaré bien.

Retirando hacia un lado la ropa de la cama, se levanta. La luz que entra por la ventana se refleja sobre su cuerpo desnudo, el aire helado de la mañana hace que un escalofrío ponga su transparente vello de punta.
Alonso siente el peso de la soledad en cuanto María sale de la cama. La mira y ve cómo ese escalofrío recorre su cuerpo. Se levanta, se acerca y la rodea con sus brazos, se pega a su espalda y esconde la cara en su cuello, sus brazos la rodean por completo, atrayéndola a su cuerpo. María está helada; ofrece su cuello, lo hace despacio, regresa a su cuerpo desnudo, acopla su espalda a su pecho, se aferra a los brazos que la rodean y un nuevo temblor recorre su espalda. Esta vez no es de frío, es el placer de sus labios en su cuello lo que la hace estremecer, es su cuerpo desnudo en su espalda lo que la hace temblar, son sus brazos rodeándola lo que le hace cerrar los ojos y desear que el tiempo se detenga en este momento de felicidad.

¿Quién te ha hecho esto? —Está intentando no preguntar, esperando la ocasión antes de hacerlo, pero Alonso necesita saber, quiere respuestas a preguntas que se ha estado haciendo desde que la conoció, preguntas que no ha dejado de hacerse, mientras la velaba esa noche.

Sólo una pregunta que rompe su abrazo. María se suelta de sus brazos y, en silencio, empieza a vestirse.

¿Qué vas a hacer?…

Alonso imita a María vistiéndose, mientras sigue preguntando, pero el silencio se instala en la habitación. María no lo mira, no responde a ninguna de las preguntas que Alonso pronuncia. Él la abraza de nuevo y María esconde la cara en su pecho. Esta mañana, la mujer segura ha desaparecido.
Alonso consigue con sus abrazos que ella los necesite y no quiere sentir lo que siente, no quiere tener que añorar sus besos. Se arrepiente de lo que ha sucedido, sabe que no podrá olvidarlo, sabe que ya sufre por ello.
No quiere hablar de su vida, no quiere llegar a ese rincón donde tiene escondidos sus recuerdos. ¿Cómo puede decirle quién es, sin decirle cómo ha llegado a serlo?… Alonso con su abrazo, con sus preguntas, la ha ido conduciendo a ese rincón donde no quiere entrar: el orfanato, la salida a la casa grande, el trabajo en las cocinas, las noches… la sorpresa y el temor, al ser llevada por su señor del jergón donde duerme a la cama blanda; la impasibilidad de las mujeres que duermen a su lado, que permiten que se la lleve.
María ya no puede evitar recordar, las imágenes han vuelto con fuerza y nítidamente a su mente:


«Sólo era una niña tumbada en la cama, tratando de no pensar. Había dejado dócilmente que la desnudara. Trataba de no pensar en esa boca abierta y en esa lengua. Trataba de no sentir una mano metida entre sus muslos. Sentía cómo el miedo se convertía en terror, al sentirse inmovilizada… se había tendido encima de ella y la aprisionaba, sentía que una fuerza poderosa entraba en ella, algo grande y seco la rasgó por dentro, sintió un grito desgarrador salir de su garganta. Quiso seguir gritando, salir de la cama, pero su mano le tapaba la boca mientras gruñía: “¡Cállate!”… Ella trataba de luchar, pero él seguía diciendo: “¡Quieta! ¡Estate quieta y te dolerá menos! ¡Quieta!”… La tortura continuaba, algo la rasgó más y más, mientras notaba que él aceleraba el ritmo y su respiración empezaba a hacerse ruidosa y jadeante. “¡La próxima vez, lo pasarás mejor!”, le dijo, volviéndose de espaldas para quedarse dormido.

No fue cierto, la segunda vez le dolió igual y la tercera… pasó la noche temiendo un nuevo despertar, deseando la muerte, el sueño huía de ella mientras él dormía profundamente a su lado. Ella esperaba la llegada de la tardía aurora para salir de esa cama, y la aurora llegó tan brusca y tristemente como había llegado la noche. Él despertó, se volvió hacia ella y la besó, intentó bajar la ropa de cama que ella sujetaba y con la que se cubría.

—¡Vamos, déjame que te vea!… sé una niña buena. Ahora te toca a ti besarme… te gustará más. —A ella le repelió el abundante vello que lo cubría desde los hombros hasta las piernas y se estremeció de horror al ver esa cosa que tanto daño le había hecho y él quería que la lamiera…— ¡Haz lo que te digo!

Ella se inclinó y él la cogió por el pelo y sujetó su cabeza, se excitó de nuevo. María, asustada, quiso gritar, quiso huir de la cama… “¡Por favor, no! ¡Por favor, por favor!”…»
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Gonzalo de Montalvo... mi padre, por Begoña

Notapor Unicornio el Vie Ago 28, 2015 1:42 am

20b

¡Por favor!... —está diciendo ahora— ¡no me preguntes!… ¡No me preguntes!

María sabe que no puede contestar, que nunca tendrá el valor de enfrentarse a su mirada. ¿Cómo decirle que los golpes son la consecuencia de un juego?… ¿Cómo decirle que le gusta compartirla y mirar cómo la aman, y que luego son los celos los que la golpean? ¿Cómo puede decirle que ella accede a su juego? … ¿Cómo explicar que su libertad se cobra un alto precio, que la priva de sus sentimientos?… libertad para ser dueña de su cuerpo, para evitar que tomen, a la fuerza, lo que pueden pagar.
Sólo ella se ha buscado la tortura que ahora siente. Ha sido inmune a los sentimientos, se ha sentido a salvo de cualquier hombre. Hasta esta noche, nunca se ha sentido amada, sólo deseada. Ahora, daría cualquier cosa por sentir sólo ese deseo, por no sentir el dolor que, como una marea, se abre paso inexorablemente en su mente, en su estómago, en su pecho.

¡Déjame llevarte con tu familia!

No tengo familia… nunca he tenido nada, sólo hombres. —No hay pesar en sus palabras, quizás un atisbo de orgullo al decirlo. Sabe que volverá a enterrar sus recuerdos, volverá a marcharse, huirá de lo que siente.

¡Ven a mi casa… déjame cuidar de ti!

No sabes nada de mí, Alonso… ni yo de ti. —María ya está vestida, está peinando su pelo y deja que parte de su melena cubra la parte afectada de su rostro. Intenta colocar el vendaje de su brazo, pero Alonso se adelanta, suelta con cuidado la tela que cubre el brazo y ve un corte profundo. La mira sin decir nada, pero ella lee en su mirada y es la pregunta que Alonso formula, sin palabras, la que contesta—: ¡Tuve que parar un cuchillo!

Alonso coloca con cuidado la tela sobre el brazo, va cubriendo con delicadeza la herida, mientras le vuelve a decir que lo deje cuidar de ella.

Vivo solo —dice—. Tampoco tengo familia, mis padres han muerto. Mi madre lo hizo hace años, mi padre apenas uno. Catalina y Floro cuidan de mí… más de lo que quisiera.

Alonso esboza una sonrisa, mueve la cabeza elevando los ojos al cielo y, soltando un suspiro, deja caer las manos, en un gesto de impotencia que hace sonreír a María.

Tengo que irme, Alonso… aunque lo que más desee sea estar a tu lado.

¿Por qué?… ¿Por qué tienes que irte?

¡Porque no puedo responder a tus preguntas!

Alonso se queda solo en la habitación. Siente, como una losa, el silencio. Siempre el maldito silencio… un silencio que le dice que María ya no está. Se siente incapaz de dejar de pensar en ella, guarda para sí su sonrisa, que tal vez fuera de felicidad, como un tesoro secreto y profundo, y la deja marchar.

El silencio lo persigue cuando entra en su casa… el maldito silencio.



«Me sentía solo, mi alma estaba llena de tormentas y destellos, llena de odio que afilaba mis instintos, mis reflejos, congelaba mi sangre. Las noches se iban sucediendo y yo seguía saliendo. Te dejaba dormir solo, mientras el odio me hacía buscar venganza.

Una noche, enredado por una involuntaria melancolía, me había dejado llevar por el caballo; había trotado bajo nubes de tormenta que oscurecían el horizonte, había trotado bajo nubes acariciadas por el alba. Era un día gris y solitario de primavera, aunque yo tenía la impresión de que el invierno no tenía fin. Una quietud inundaba mi camino, olía a tierra mojada, no se oía un ruido, solamente oía el rumor de las hojas, el eco de los cascos de mi caballo, las reflexiones de mis pensamientos. Me sentía culpable, hiciese lo que hiciese; la realidad era que la culpabilidad se había instalado en mí, con una tristeza abrumadora.

El aire entraba por la puerta abierta que daba al patio, traía el murmullo del agua, el repiqueteo en el suelo de las gotas al caer. Sentado en el borde de la cama, miraba los charcos en el suelo mientras esperaba que despertaras. Ya no corrías a nuestra cama; ahora, despertabas y tus pasos te llevaban lentamente a mi puerta, con cuidado asomabas la cabeza sin decir nada. Tus ojos, siempre interrogadores, me miraban esperando ver si yo salía de la oscuridad en la que vivía… ¡Qué días tan tristes!… donde ninguno de los dos sonreía, días que evitaba mirarte porque no podía con la culpa.

La primavera nos trajo a tu tía… tus cartas nos trajeron a tu tía. En contra de mis deseos, en contra de mis órdenes, habías seguido escribiéndole.

Volvía a mi vida un espectro, un fantasma, alguien que yo había relegado a mis sueños y ahora tenía delante… era carnal, próxima, su pelo olía a recuerdo, sus ojos grandes y negros estaban fijos en mí. Ella me miraba fijamente y yo tenía que ver, sorprendido y conteniendo el aliento, a la mujer de mis sueños. Nadie me había inspirado tanto miedo, ante nadie me había sentido tan inseguro… Hacía dieciséis años que no la veía, dieciséis largos e increíbles años. De nada servía ya la terrible batalla emprendida por mí para odiarla, la larga presión de la voluntad sobre el deseo. En unos momentos, todo había quedado infinitamente atrás… su mano sobre mi brazo, su voz diciendo mi nombre provocaba el caos en mi mente.
Abrumado e irritado, me enfrentaba a mi debilidad; yo mostraba un orgullo que no sentía, guardaba una distancia que consideraba segura. Habían sido demasiados años en los que sólo podía imaginarla y ahora, estaba junto a mí. Me di cuenta de que no había conseguido destruir mis sentimientos, sino que sólo los había arrojado en el fondo de mi mente reflexiva. Todo volvió, cada sentimiento era más fuerte que antes y, sin embargo, le dije que no era bienvenida, le pedí que se fuera, que cerrase la puerta al salir.
Sus pisadas resonaron en el suelo de piedra y no me volví, me refugié atizando el fuego en la chimenea y, al oír la puerta, no pude evitar sufrir al verla salir…»
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Gonzalo de Montalvo... mi padre, por Begoña

Notapor Unicornio el Vie Ago 28, 2015 1:43 am

21a

Alonso siente con dolor su propia ingratitud.
Vagando por el silencio de su casa, buscando cómo llenar el vacío que siente, escucha sus pasos solitarios que lo llevan a la habitación de su padre, vuelve a sus cartas.
La última luz del sol se filtra entre las rendijas de la puerta, entre los cristales de la ventana, y dibuja los contornos de los escasos muebles. Esa luz le calma el ánimo, le consuela el sentimiento de soledad… ve a su padre en aquel presente que observa ahora desde una distancia de años. Lo ve como si fuera posible estar de nuevo a su lado, lo ve como si él no fuera un fantasma del pasado… está sentado con una expresión reflexiva y la mirada distante, acariciando su barba, hasta que su madre, con un beso, lo saca de su ensoñación.
Recuerda sus manos, su tacto, la seguridad que le daba ir cogido de su mano… recuerda su espada de madera, sus juegos enseñándole a utilizarla.
Junto a los cristales rojos del atardecer, Alonso siente cómo la melancolía avanza sin prisa. Lleno de recuerdos, espera la noche que se acerca. Recuerda el amor de su madre, las miradas cómplices, su risa… recuerda su muerte, el dolor insoportable.
La noche es ya profunda; la Villa duerme fatigada y Alonso se siente solo. Las cartas le han traído recuerdos difíciles, recuerdos de días llenos de dolor, días que, como ahora, fingía… ¡Es tan difícil ser niño y fingir!… Fingir que no se había dado cuenta de que su padre cambió, fingir que no veía sus lágrimas, ocultar que por las noches lo oía llorar, disimular que extrañaba su sonrisa, observar cómo pasaba la tarde sentado, mirando fijamente el baile de las llamas en la chimenea o ratos eternos sin pasar la página del libro que tenía entre sus manos.
Recuerda la primera noche que salió al tejado; necesitaba a su madre y era la zona más alta donde él podía estar cerca del cielo. Llorando, suplicó su ayuda, le pidió que le enviara una señal y una estrella fugaz surcó el cielo. Se quedó allí tumbado, contemplando el firmamento, con la certeza de que su madre lo cuidaba.

Incapaz de dormir esta noche, como cuando era un niño, ha subido al tejado. Está cansado de fingir una indiferencia que no siente, de sonreír y hablar mientras su corazón languidece. Una noche más, la melancolía se ha hecho dueña de sus pensamientos, dueña de sus recuerdos. Mira el cielo cubierto de tenues estrellas, quiere pensar que, en alguna parte, María las observa, necesita creer que, por las noches, ella lo recuerda.
Lo abruma despertar, cada noche, creyendo sentir el peso de su mirada, sintiendo su olor en su almohada, noches en las que, al despertar, se abraza a su recuerdo. Noches eternas en las que tanto la desea, luchando por no imaginarla en otros brazos, en otra cama.
Recuerda sus palabras, sus súplicas, el temblor de sus labios mientras le ruega que las cumpla, las sombras de pasión en sus ojos esmeralda, ojos húmedos que lo obligan a no negarle nada.
Prometió no buscarla, olvidarla. Dijo sí a lo que ella le pedía; dijo sí, aun sabiendo que él no olvida, aun sabiendo que cumpliría con amargura su palabra de no buscarla.
La extraña tanto que no sabe cómo va a poder soportarlo, no sabe cómo va a ser capaz de cumplirlo…



«La vida era irremediablemente injusta. Me atormentaba la culpa, el terreno silencioso de la muerte me había sumido en una soledad sin consuelo.
Empezaron nuestros primeros desacuerdos, tu primera rebeldía. Viste cómo había echado de casa a tu tía y no me lo perdonabas… ¡Que días más difíciles!… Su regreso, que me envolvía de recuerdos y rencor; mi insaciable sed de venganza; tu desesperanza, tus primeras palabras diciendo que me odiabas, “¡Cobarde!”, me gritabas.
Yo te gritaba lleno de miedo, tenía que quitarte la idea de venganza, temía que sintieras la sed que yo sentía.

Escuchaba palabras de consuelo: “Difícil papel el de padre y héroe”, me decía Sátur; “Eres el mejor padre que tiene, incluso cuando dudas”, le oía decir a Agustín.
Supliqué, arrodillado, ante la tumba de tu madre, le rogaba ayuda para no perderte. Sentía que un abismo se abría entre nosotros y no sabía cómo evitarlo. Entonces no fui consciente de que había echado de casa al único puente para salvarlo. Lo intenté todo; como héroe te escuchaba, como padre no podía decirte lo que, para mí, suponía traerla a casa, hasta que conseguiste, con tus súplicas, que saliera a buscarla.
El atardecer comenzaba a oscurecer el cielo cuando salí. Salí a la calle y a la noche… al borde de la noche fue cuando la vi. Caminaba despacio, arrastraba los pies como si le pesase la vida y le costase avanzar. Con una lentitud insoportable la seguí, la seguí entre las calles adoquinadas, la seguí por el camino que llevaba fuera de la Villa, crucé el puente tras ella. Caminaba solo, siguiendo su silueta, guardando una distancia entre matas y árboles; sin atreverme a darle alcance, la seguí hasta el lago.
Al llegar, el paisaje era tan embriagador como recordaba, ella estaba sentada en la roca desierta. Los recuerdos del pasado se agolpaban en mi mente, luchaba desesperadamente contra mis recuerdos, luchaba por no recordar el tiempo en que nos quisimos tanto. Habíamos regresado al lugar donde nos vimos de niños, donde fuimos felices, donde las horas no pasaban para nosotros. Donde le hablé de amor…
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Gonzalo de Montalvo... mi padre, por Begoña

Notapor Unicornio el Vie Ago 28, 2015 1:44 am

21b

El ocaso había dado paso a la noche y la luna reinaba, bella y solitaria. Casi como lo hubiera podido hacer el sol, la pálida luz de la luna descubría el impresionante paisaje, el cielo mantenía un manto inmenso de estrellas que alternaban destellos. Notaba la brisa en mis brazos y en el aleteo que producía en su pelo, me acerque silencioso y mi voz sonó áspera y dura en mis oídos.

¿Quieres decirme qué haces?

Ella se volvió, sobresaltada, me miró a la cara y me gritó:

¡Me has asustado! ¿Qué haces tú aquí?

Quise decirle que la había seguido, que había ido a buscarla, pero, en silencio, me senté junto a ella en la roca desierta.
De nuevo, su rostro, sus ojos oscuros y profundos, sus sentidos mezclados con los míos. No sé de dónde sacaba la fuerza para negarla, no sé cómo podía resistir el deseo vehemente de tenerla, cómo podía resistirme al deseo irrefrenable de poseerla, fingir, como fingía, indiferencia.
Me decía a mí mismo que no podía perdonarla, que no podía perdonar que, por su culpa, murieran mis padres solos en la cárcel. Me repetía incansablemente cualquier cosa que me pudiese apartar de ella. No quería perdonarla, me inventaba mil razones para odiarla y, sin embargo, allí estaba, sentado a su lado, oliendo su aroma, sintiendo sus ojos fijos en mí.

¿Qué haces aquí sentada?… No son horas para contemplar el paisaje. —No aparté la vista del agua, no me atrevía a mirarla. No contestó, permaneció mirándome sin decir nada. Fui yo quien volvió la cabeza, fui yo quien se perdió en su mirada. Mi voz volvió a sonar dura y áspera a mis oídos—. Vamos a casa… Alonso te necesita.

Poniéndome en pie, tendí mi mano para ayudarla. Su mano en mi mano, sus ojos negros que me miraban, mis ojos que no dejaban de mirarla, sus labios cerrados en una fina línea. Su cuerpo se pegó al mío, al ayudarla a bajar de la piedra desierta. Permanecimos como estatuas, sin movernos; ella acarició mi cara, yo cogí su cara entre mis manos, incliné la cabeza, busqué su boca y la encontré. Su boca, no ya un recuerdo y un deseo, sino una realidad. Una maraña de recuerdos y de deseo, un recuerdo y un deseo que yo no había querido sentir. ¡Cuántos años había ansiado ese momento!… El recuerdo y el remordimiento se aliaron en mi mente, me separé, aturdido… “¡Esto no puede ser, Margarita!”… Cristina… su recuerdo.

A través de caminos, entre matas y ramas, nos sumimos en la noche. Volvíamos en completo silencio, sintiéndonos turbados, nerviosos. El único sonido que nos acompañaba era el de nuestros pasos, caminábamos despacio, temerosos y avergonzados por la luna.

Sátur nos recibió con una sonrisa, tú dormías. Yo temblaba de miedo, no sabía cómo iba a vivir con los recuerdos que ella despertaba, no sabía cómo viviría viéndola cada día, sabiendo que verla era para mí un tormento, un tormento oírla, sentirla… un tormento ignorarla.

Refugiado en mi habitación, cogí el camisón de tu madre, el último que había usado y yo no había lavado. Lo apreté entre mis manos y hundí mi cara en su aroma, aún intacto. Un dolor me subió hasta la garganta y no pude contener las lágrimas… llorando abrazado a su ropa, apagué la vela, cerré los ojos y traté de dormir.»
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Gonzalo de Montalvo... mi padre, por Begoña

Notapor Unicornio el Vie Ago 28, 2015 1:45 am

22a

El tiempo ha ido pasando inexorablemente. El invierno ha dado paso a una primavera de mañanas frías y días espléndidos, y a un verano lleno de luz y sol, con días largos y perezosos atardeceres. El tiempo ha traído el melancólico otoño de suelos alfombrados y colores de oro, de vientos suaves que mecen las hojas de los árboles en su irremediable caída.

Silencio, su casa está llena de largos silencios, de recuerdos y sentimientos, de días y noches iguales. Alonso observa el crepitar del fuego en la chimenea, cuando el sol duerme colmadamente. Deja pasar las noches solitarias, esperando que nazca una nueva mañana. Hoy, Alonso despierta a una mañana fría de niebla, con el firme propósito de presentarse ante el asesino de su madre.

Alonso ha cambiado; lleva el pelo un poco más largo y una barba incipiente que le confiere algo de gravedad a su joven rostro. Es consciente del parecido con su padre, los ojos de Catalina al mirarlo se lo demuestran. Alonso es más alto que las personas que normalmente se cruzan en su camino. Es un hombre esbelto, lo que hace que no pase indiferente su porte, su andar pausado.
Pasa las horas adecentando la antigua escuela, aún no sabe qué lo ha movido a obtenerla y por qué pasa los días reparándola.
Esta mañana de niebla, Alonso limpia, con esmero, el abecedario que Catalina le ha entregado.

Tu padre me pidió que lo guardase —le ha dicho, emocionada, al dárselo.

Con dedos vacilantes, acaricia cada una de las palabras, sintiendo la nostalgia galopar desenfrenada e instalarse en su alma. Los recuerdos acosan su mente, recuerdos que le transmiten las palabras que acaricia… siente un halo de tristeza, al recordar lo importante que se sentía con su madre mientras, a escondidas, iban formando cada palabra, el esfuerzo que para él suponía guardar el secreto ante su padre, la alegría al regalárselo, su enorme sorpresa al verlo… recuerdos, recuerdos, recuerdos.
«Es el otoño», se dice a sí mismo, el que hace que se sienta melancólico… «Es esta mañana de niebla que se mete dentro y me abruma», se repite… Es la decisión que ha tomado, consciente de que su deseo, tantos años guardado, se diluye; consciente de que la palabra dada pierde fuerza, dando paso a un único pensamiento: María…

El horizonte está cubriéndose de nubarrones que traen una brisa helada. Alonso disfruta del aire frío y del sonido de sus pies sobre las hojas secas, mientras se va acercando al palacio de Santillana.
Hace más de un año que debería haber recorrido ese camino, por ese motivo llegó a la Villa. Sabía quién era el asesino de su madre y buscaba cumplir su promesa. Esta tarde no lo acompañan sus ansias de venganza, pero sí una imperiosa necesidad de entender por qué lo perdonó su padre. Necesita mirar al asesino de su madre a la cara, necesita saber qué sentirá al verlo, mirarlo a los ojos, aunque sólo sea una vez… Alonso quiere recordarle quién es.

La frialdad que representa, mientras espera, está muy lejos de ser verdad, el aplomo con el que entra en la amplia estancia es sólo mera fachada. Su cuerpo hierve, su mente grita, pero su mirada gélida y su voz grave no trasmiten nada de lo que siente.

Sentados ante una majestuosa chimenea, Hernán y Lucrecia han enmudecido, sus miradas se mantienen fijas ante el hombre que acaba de entrar. El pasado regresa, implacable, recuerdos y sentimientos se agolpan en la mente de ambos.
Lucrecia se pone en pie y camina con lentitud hacia Alonso. Lucha contra los anhelos y los sueños que le despiertan su presencia. Por un instante, cierra los ojos y un leve suspiro sale desde lo más hondo de su cuerpo. Se lleva una mano, delgada y blanca, al pecho, mientras sus labios pronuncian un inaudible: «¡Gonzalo!»

Hernán permanece sentado, mantiene una copa de vino en la mano. Observa al hombre de ojos fríos y voz grave, sin dudar de que sea el hijo de su hermano. La expresión plácida de Hernán es como una máscara destrozada. El semblante que hay bajo esa máscara refleja una profunda angustia; sus ojos están en este mundo y en otro, recordando; sus labios dibujan una sonrisa burlona y forzada. Ve a Lucrecia, y sabe que todo este tiempo ha luchado en vano. No se puede luchar contra los fantasmas que llevamos arraigados y Lucrecia siempre ha guardado muy dentro a Gonzalo.

Lucrecia está frente a Alonso, tan cerca que le parece oír los latidos acelerados de su corazón. Tan cerca, que podría verse reflejada en sus pupilas, si él la mirase. Una imperiosa necesidad de saber que es real hace que levante su mano hacia el hombre que ha regresado. Lucrecia traga saliva, cierra sus ojos anegados, inspira y se repone de la sorpresa. Cierra su mano y la baja, mientras eleva su cabeza, altiva, antes de que llegue al pecho de Alonso. No ha sido más que un instante de desconcierto, un gesto imperceptible para Alonso, que mantiene fija su mirada en el hombre que permanece sentado. Le cuesta reconocerlo sin su traje negro. El tiempo ha marcado su rostro con surcos pronunciados y bolsas bajo los ojos, tiene el cabello completamente gris y los hombros caídos. Le parece ver un ligero temblor en la mano que mantiene la copa. Incluso, ha perdido la mirada fiera que él recordaba. Su voz no suena autoritaria, cuando le pide que se acerque.

La mano de Alonso descansa, amenazante, en la empuñadura de la espada que, esta tarde, lleva colgada a su cintura. No pensaba cumplir su promesa, no sabe por qué la ha cogido, por qué su mano se crispa sobre ella, por qué el odio regresa con sólo una mirada. No se mueve, guarda una distancia que no está dispuesto a cruzar.

Soy Alonso de Mon…

¡Sé quién eres! —Hernán no lo deja continuar, su voz suena amarga, con una tristeza que Alonso, sorprendido, no ha dejado de percibir—. ¡Siéntate! —le ordena, señalando con un gesto de cabeza la silla donde antes estaba sentada Lucrecia. Hace tiempo que no da órdenes, demasiado tiempo para recordar su tono imperativo, pero ha visto la llama de la venganza en la mirada de Alonso y no va a permitir que lo obligue a vivir lo que ya ha vivido—. ¡Lucrecia, por favor, déjanos solos!
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Gonzalo de Montalvo... mi padre, por Begoña

Notapor Unicornio el Vie Ago 28, 2015 1:46 am

22b

Lucrecia va a decir algo, pero desiste ante la súplica que ve en su voz, en su mirada, en su gesto serio. Hace mucho tiempo que el comisario desapareció de sus vidas, que ambos dejaron conspiraciones y ambiciones, que viven lejos de la corte y las intrigas. Hace mucho tiempo que sus vidas son serenas, que juntos han trazado una vida dedicada a su hijo, que juntos han tratado de olvidar el pasado.
Lucrecia ve, preocupada, cómo ante esta visita inesperada el comisario ha regresado.

Avísame cuando hayáis terminado… me gustaría despedirme del hijo de Gonzalo.

Cierra la puerta con pesar y curiosidad, mirando a los dos hombres que no la miran, que no ven cómo afloran los recuerdos en su mirada.
Alonso rechaza la copa que Hernán le ofrece, le cuesta permanecer sentado a su lado, le cuesta dominar el odio que retorna sin descanso. Sigue con la mano en la empuñadura de su espada, sentado en el borde de la silla, dispuesto a abandonarla en cualquier momento.

¡Dime! ¿A qué has venido? —Hernán pregunta lo que adivina, sabe que si Alonso está sentado junto a él, Gonzalo no está vivo. Recuerda lo que su hermano le dijo, lo que le rogó que hiciese si su hijo regresaba. Sabe que sólo la muerte le impediría a Gonzalo dejar que su hijo cumpliera su palabra.

Sé que mató a mi madre… juré vengarla.

Vuelve a ponerse en pie, se siente incapaz de estar impasible junto a ese hombre que lo mira con una tristeza que no entiende.

La venganza no te devolverá a tu madre, Alonso… ha pasado mucho tiempo. —La voz de Hernán quiere transmitir una calma que él está muy lejos de sentir.

Eso es muy fácil de decir, nadie asesinó a la suya. —Alonso levanta la voz más de lo que él mismo querría, su mano empieza a sacar la espada de su envoltura.

¡Guarda esa espada!… Ya me batí una vez en duelo por la muerte de tu madre. Lo hice con tu padre… no lo voy a hacer contigo.

Yo no soy mi padre… él ha muerto.

Alonso está desconcertado, no entiende la actitud apesadumbrada del comisario. Ve una lágrima que se derrama de sus ojos resecos por el tiempo. Mira el rostro del hombre que asesinó a su madre, pero ya no lo reconoce en el hombre que está sentado. La rabia y el dolor, que había enterrado en su alma tantos años, empiezan a diluirse lentamente.

¡No se te ocurra juzgar a tu padre, no tienes derecho! —Hernán mira, desafiante, a un Alonso cada vez más confundido y sigue hablando despacio, bajando la voz hasta hacerse casi un susurro—. Tu padre pudo haberme matado muchas veces. Lo deseó durante mucho tiempo, pero su sangre está en mí… él era mi hermano. —Hernán pronuncia las últimas palabras con un dolor definitivo, eterno e inmenso.

Alonso está simplemente de pie, pálido, acorralado, silencioso. Trata de asimilar lo que ese hombre apesadumbrado le está diciendo. Algo en su interior le dice que es cierto, pero aun así, lo llama mentiroso, saca definitivamente la espada y la apoya en el pecho del comisario.

¿Vas a hacer tú lo que él no hizo?

Hernán no hace ademán de retirar la espada de su pecho, nota cómo Alonso la empuja sin llegar a clavarla. Ve en su mirada la duda, la incredulidad y el dolor de lo que ha escuchado. Siente lástima por el hijo de Gonzalo, siente una pena inmensa por su hermano. Siente un dolor que va creciendo en su pecho, ante la certidumbre de su muerte, ante el hecho inevitable de que ya no hay tiempo, ante la desesperanza que su muerte ha creado. Quiere que su vida sea todavía de su hermano… que la suya sea de él… porque, por increíble que parezca, es esa deuda lo que, todos estos años, los ha mantenido unidos.

Tu padre me pidió que guardase algo… creo que es hora de que te lo entregue. Te espero mañana en el camino de Toledo; ven a caballo, haremos un pequeño viaje.

Alonso retira lentamente la espada, pregunta qué es lo que tiene que entregarle, pero como respuesta, sólo ve un pequeño brillo de satisfacción en esos ojos resecos por el tiempo.
Ocultando las heridas que las palabras han dejado abiertas en su corazón, Alonso sale de la estancia. Lucrecia parece haber estado apostada esperando y hace su aparición, apenas se ha cerrado la puerta. Su voz cálida y sensual suena a su espalda.

¿Qué serás capaz de ofrecerme que valga el precio de mis recuerdos?

Alonso se vuelve, su mirada es fría. Vuelve a controlar su ánimo, sin dar a entender lo que su corazón guarda. Su contestación es despectiva, fingiendo un desinterés que no engaña a Lucrecia.

¡No me interesan sus recuerdos… tengo los que, de verdad, me importan… los de mi padre!

Lucrecia suspira sonoramente, pone una mano débil y consumida sobre la de Alonso.

¡Ay, la juventud!... Para aprender hay que ser humilde, la vida es la gran maestra… la vida y los años te van enseñando, el tiempo te hace ser cauteloso y guardar recuerdos y secretos… pero si no te interesan mis recuerdos… —Lucrecia mira a Alonso directamente a los ojos. Sabe la duda que acaba de sembrar y está dispuesta a hablar, tan sólo por el placer de mirarlo y ver de nuevo en él a Gonzalo.
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