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Capítulo 2º del guión forero: 'El cardenal'

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Re: El cardenal

Notapor Sherezade el Dom Jul 19, 2009 12:10 am

9ª ESCENA

La madera crepita en la chimenea de la lujosa habitación, haciendo que en la estancia se sienta un agradable calor. Está atardeciendo y ya comienza a sentirse el frescor que precede al anochecer. De ahí que, desde hacia unas horas, los ventanales permanezcan cerrados. El agua cae poco a poco acompañando en su caída a la espuma que el jabón ocasiona con el contacto del mismo, perdiéndose en el suelo en un reguero constante.

Dentro de aquella bañera una muchacha disfruta de aquella agradable sensación de bienestar, de total calma. Está a gusto, le resulta tan placentero que la relaja de toda la tensión y los nervios que ha pasado hasta ese momento. Juguetea con la blanca espuma, soplándola y viendo como se marcha volando.
-Tú no te acomodes que tenemos mucho que hacer, ¡eh!-le recuerda Catalina mientras le quita la humedad del pelo con una toalla.
-Lo sé Catalina, pero me encuentro tan bien… -confiesa risueña mientras le lanza más espuma.
-No si eso lo sé yo, y para, con tanto jabón, que más limpia no puedes haber quedado –asegura observándola.
En ese momento entran en la habitación tres doncellas más. Traen, entre otras cosas, la vestimenta que la muchacha debe ponerse. La dejan con cuidado en uno de los butacones mientras una de ellas prepara todo lo necesario para el peinado de la joven.
-Venga Margarita que se nos va hacer tarde-advierte Catalina echando una ojeada por el ventanal y viendo acercarse ya un coche por la explanada.
-La Sra. Marquesa no soporta la impuntualidad y menos en un acto organizado por ella –comenta una de las criadas mientras saca de una cajita un cepillo de plata, peines y una horquilla trabajada en plata.
-¡¡Si sabré yo el carácter de esa mujer!! ¡¡Pero esto es una maravilla!! –exclama Catalina cogiendo de las manos de una de las doncellas aquel objeto que reluce.
-Tienes que ponértelo, Margarita, orden de la señora-dice una de ellas mientras ayuda a la joven a salir de la bañera y secarse.
-¿Yo? Eso debe valer una fortuna… no creo que… -responde dudosa mientras deja que le cepillen el pelo humedecido.
-Ah no, no empieces Margarita, que nos conocemos –le regaña Catalina.- ¡¡Ay mi niña, si la señora Marquesa dice que lo lleves, pues a cumplir...¡¡

Entre las cosas depositadas alrededor de las mujeres que componen el grupo, una caja blanca no muy grande está depositada a los pies de Margarita. Una de las criadas con sumo cuidado saca del papel blanquecino que cubren unos delicados zapatos altísimos de color avainillado.

-¡¡Seguro que me caigo…¡¡-recela Margarita, mirándolos.
-¡¡Que te vas a caer, mujer¡¡-la tranquiliza Catalina mientras le ayuda a ponerse el corpiño blanco y delicado con suaves encajes, tiene que apretar cada uno de los cordones para que se ajusten al cuerpo de la muchacha.
-Ay Catalina, no aprietes tanto… ¡Que me quedo sin respirar!-dice protestando.
-Hija pues te quedas… ya sabes que estas cosas, de ahora en adelante las tienes que llevar, mira la señora Marquesa, por eso tiene ese carácter. Cuanto más apretao más mal genio –sentencia Catalina terminando de anudar.
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Re: El cardenal

Notapor Sherezade el Dom Jul 19, 2009 12:11 am

Margarita se echa a reír al igual que las demás doncellas. Se calza las medias delicadas, suaves y las desliza por sus piernas. Mientras, la peinan ensimismadas en su trabajo las jóvenes acompañantes. Le recogen el pelo, sujetándolo con la peineta plateada que reluce entre su pelo azabache. Algunos de sus mechones rizados los dejan sueltos, cayéndole por sus hombros dorados. Le ayudan a meter la falda interior que está armada por unos aros para ayudar a dar la forma rígida al atuendo. Una de ellas le acerca el vestido que ha estado depositado aguardando el momento de ponérselo.

-Es… precioso…-musita Margarita pasando una mano por la tela.

Le ayudan a ponérselo. Cuando terminan, la contemplan maravilladas. El vestido de seda realza aún más la belleza de la joven. Es de un color rosa palo, adornado con florecitas bordadas plateadas por todo él. El cuerpo termina en pico, dejando al descubierto la esbeltez del juvenil escote con mangas redondas hasta el antebrazo y falda terminada en una pequeña cola.

-Ay…si pareces una princesa-asegura emocionada Catalina.

En ese momento, hace su entrada la Marquesa ante el asombro de todas. Sin duda no puede apartar los ojos de Margarita cuando la ve. Le ha sorprendido, sin lugar a dudas. Aunque ella es la anfitriona y, por tanto, desea que todos los ojos se depositen en su persona, de ahí el vestido que lleva, granate y negro, tocado de plumas negras, con generoso escote y joyas relucientes en el mismo.

Pero la joven sin lugar a dudas es una aparición casi angelical. Le molesta esa belleza tan rotunda y más pensando que ella ha propiciado ese cambio. Todo sea por sus planes.

-Estás… cómo decirlo…-comenta Lucrecia dando un paseo alrededor de la joven -Muy cambiada.
-Yo diría, que preciosa-suelta de repente Catalina.
Lucrecia cruza una gélida mirada con su doncella, haciendo que ésta baje la vista.
-Es hora. Ya podemos irnos.- Ordena Lucrecia avanzando hacia la puerta -¿Vamos Margarita?.
-Gracias Catalina-dice ésta, cogiéndole las manos agradecida.-Por todo.
-No tienes por qué darlas mujer -responde emocionada su amiga.
La ve irse, majestuosa, reluciente mientras avanza tras la marquesa por el pasillo
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RE: El Cardenal

Notapor Sherezade el Dom Jul 19, 2009 12:12 am

10ª ESCENA

El caballo del comisario casi echa espuma por la boca de agotamiento cuando llega a la villa y tiene que reducir la velocidad. Su ira se ha hecho tan enorme en ese trayecto desde el camino que hubiera atropellado a cualquiera que se le hubiera puesto por delante sin ningún remordimiento, pero un resquicio de sensatez logra abrirse paso por su ofuscada mente. Por mucho que corra no va a atrapar a Águila Roja. Ya no.

El sol comienza a ocultarse tras las montañas; han pasado un par de horas desde que el enmascarado hizo acto de presencia en el camino y “salvó” a la hija del Cardenal. ¡Condenada chiquilla! Le ha sacado de quicio con su altanería y su tranquilidad, y hasta le ha notado un deje de admiración por el maldito encapuchado cuando le explicó lo que había ocurrido.

-¿Todo bien, señor comisario? -le dice uno de sus subordinados al bajarse él del caballo y darle las riendas. Hernán no se digna ni a contestarle. Hace un gesto a los dos guardias de la puerta, baja las escaleras y con grandes trancos atraviesa los oscuros calabozos hasta llegar a su pequeño despacho al final de todo. En todo ese trayecto su obsesión vuelve a crecer. Tiene que atrapar al Águila Roja. Ya no se trata de salvaguardar los planes de la Logia, ni de lograr la sonrisa y el favor de Lucrecia... Ahora se trata de su honor. El cuerpo ya no le duele como días atrás, pero la herida en el orgullo no ha cicatrizado aún. No cicatrizará hasta que vea al maldito justiciero sometido con cadenas bajo sus pies, y pueda al fin quitarle la máscara. Unos golpecitos en la puerta lo sacan de sus pensamientos y se gira mientras deja los guantes sobre la mesa

-Comisario, creo que debería venir. Tenemos a punto a otro más... -Hernán mira al joven guardia y, por una vez, emite una corta sonrisa antes de empezar a caminar tras él.
- ¿Han visto a Águila Roja en la villa? -Sigue a su subordinado a través del laberinto de celdas, gritos, quejas y olores apestosos. Tuerce la nariz pero aprieta el paso.
-No, señor. Los guardias redoblaron la vigilancia desde que llegó su aviso hace una hora, y tenemos el barrio de San Felipe lleno de patrullas, pero nadie ha visto nada-.
Llegan a una celda alejada de las otras. La paja apesta especialmente y la luz de las antorchas es mínima, la suficiente para ver la silueta de una mujer en el centro, sometida a los grilletes, rogando...

- Por favor... no nos hagan daño... no sabemos nada... -su mirada va del carcelero a los dos guardias y finalmente a una pequeña mesa en la otra punta, donde hay un pequeño cesto del que sobresalen unas manitas. La puerta rechina al abrirse, y con un quejido mira hacia los recién llegados y se revuelve. -¡Señor comisario, por piedad! No he hecho nada, déjennos marchar... mi hijo...
Él se acerca al cesto y mira casi con desgana al bebé regordete sin prestar atención a la mujer. Coge una de las manitas y la aprieta sólo un poco, endureciendo la expresión, hasta que los lloros se escampan por el calabozo. La mujer grita.
- ¡Por piedad! ¿Qué quieren? -Hernán sonríe para sí; ya la tiene a su merced, con las mujeres es más fácil. Con pasos lentos se acerca a ella, mientras los lloros del bebé crecen en intensidad, tanto como la angustia de la madre. Él se detiene ante ella y, sin previo aviso, la coge del moño y tira hacia atrás. La mujer grita de nuevo aterrorizada.
- Sólo queremos la seguridad de la villa, mujer. -Se acerca más a ella- Y tú quieres seguridad para tu hijo, ¿verdad? -En la mirada de ella hay miedo, pero aún así logra asentir y la presa del comisario cede. -Pues entonces nos podemos ayudar unos a otros. Es sencillo lo que queremos de ti, y deberías saber que si nos ayudas serás recompensada.
- ¡Pero qué queréis de mí, por Dios! Soy una simple mujer...
- Es muy sencillo. No tienes que hacer apenas nada. Solo ver, y escuchar. No te pedimos más que eso. Águila Roja se ha visto por el barro de San Felipe más que en ningún otro sitio y tú estarás atenta a cualquier noticia o sospecha, ¿a que sí? -La mano que apretaba el moño se desliza hasta la mandíbula repleta de lágrimas de la mujer. -Sólo tienes que estar atenta y hablar, y no te faltará de nada ni a ti ni a tu hijo. Eso sí -sus dedos se detienen en la barbilla y la aprietan- ten clara una cosa: no nos engañes y no te guardes información. Si eso pasara lo lamentarías profundamente... yo mismo me encargaría de ello -los ojos oscuros de Hernán brillan enfebrecidos-. Tú dame noticias del Águila Roja y así estaréis a salvo tu hijo y tú.
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Re: El cardenal

Notapor Sherezade el Dom Jul 19, 2009 12:13 am

11ª ESCENA

-¡Vaya, amo! Que digo yo, que si no le gustan estos berenjenales ¿por qué se apunta a ir a eso que hay en el palacio? ¿No será por Margarita, no amo? Que digo yo que hay que estar cerca, por si acaso. No por ella, no. Sino por el pajarraco ese que se va a echar por marido.
- Satur, no te equivoques. Voy porque me lo ha suplicado la Marquesa. Parece ser que viene alguien importante. Es mejor conocerlo de primera mano. Algo me dice que tengo que estar allí.
- Bueno, pues ala, no vaya a ser que llegue tarde por mi culpa. Marchando, que si hay que estar allí, pues hay que estar.
Gonzalo sale de su casa dando unas grandes zancadas y con aire decidido en dirección al palacio. Al pasar por delante de la puerta de la casa de Catalina, sale Juan tan rápido que apenas le da tiempo a Gonzalo a esquivarle:
- Eh… Juan.- Dice Gonzalo cortésmente inclinando levemente la cabeza.
-Gonzalo.- Responde Juan con la clase que le corresponde.
Gonzalo se percata que Juan se dirige al palacio, lo mismo que él. Sin embargo, no le apetece ni hablar con él ni darle explicaciones de nada.
- Voy un momento a la escuela antes de ir al palacio. Me he dejado una cosa pendiente de hacer. Si me disculpas...
- Por supuesto. Allí nos vemos.
Juan se queda mirando al maestro pensativo con ese gesto altivo que a veces denota su cuna noble.
Gonzalo se adelanta y se dirige hacia la escuela durante un momento, para perder un poco de tiempo y no ir en compañía de Juan.
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Re: El cardenal

Notapor Sherezade el Dom Jul 19, 2009 12:14 am

12ª ESCENA

El Cardenal Mendoza llega a la fiesta, está vestido con su “traje de gala”. Todos le observan. Lucrecia está feliz. Hernán es indiferente a tanta pompa: las últimas noticias le han dejado sin mucha gana de fiesta. Con disimulo, se va apartando del grupo principal, y va a Palacio. Se ha dado cuenta de que Nuño no está en la fiesta todavía y decide ir a buscarlo.

Lucrecia hace las presentaciones. Hay varios nobles y se ve llegar a Juan y Margarita de su brazo. Todos observan a Margarita, que está guapísima. Cuando llegan a donde el Cardenal y Lucrecia les presentan.

-Cardenal este es nuestro querido Juan de Calatrava, Duque de Velasco y Fonseca y su encantadora prometida Margarita Hernando.

Juan besa el anillo del Cardenal y a continuación lo hace Margarita. La mirada de Juan se llena de odio.

Se ven escenas en blanco y negro, antiguas, Juan es más joven, gritando “NOoooooo… NOoooo” y un joven, de aspecto enfermizo, sujetándole y diciendo “no se puede hacer nada Juan… hermano por favor recapacita” “Sí… se puede hacer algo…” “No hermano, Juan recapacita, nuestra madre no soportaría perder a otro hijo… por favor… ya nada se puede hacer” Juan llora amargamente abrazado a su hermano.

- Juan de Calatrava….. Si me memoria no me falla – mirando a Juan - que comienza a fallarme jeje – sonrisa de todos ante la “ocurrencia” - conocí a su familia, hace muchos años.
- Pues no lo recuerdo Su Eminencia – Juan habla de modo altivo, aunque educado.

- Creo que fue hace… muchos años… Estaba yo acompañando a su Eminencia el Obispo de Salamanca. Aunque no recuerdo bien el asunto… – el cardenal mira hacia el suelo buscando el recuerdo…– ¡Esta memoria mía!

Juan recuerda ahora más gritos. Y una voz que dice “Tened piedad… tened piedad”… Corre por una calle empedrada, oscura y sin gente.. “Tened piedad”.. La cámara sólo enfoca sus pies, pero se ve que lleva ropas caras, muchos faldones que le impiden correr… Se cae al suelo y Juan, visiblemente más joven, se acerca... No se ve la cara de la persona pero se vuelve a oír su voz, en un tímido "tened piedad hijo mío"... Se oye la voz de Juan con odio y desprecio diciendo “La tuvisteis Vos?” Un grito se ahoga…

- Siento no recordarlo, Su Eminencia. Quizás yo estuviera de viaje - la mirada muestra un odio que nadie percibe, ni siquiera el Cardenal.

- ¡Ay este Juan! Siempre conociendo mundo y todas las bellezas de él – Lucrecia mira llena de malicia a Juan y Margarita se incomoda.
Gonzalo está ya en el grupo. Ha escuchado parte de la conversación. Lucrecia se da cuenta por fin de su presencia.

- ¡Gonzalo! Eminencia, le presento al preceptor de mi hijo, mi buen amigo Gonzalo de Montalvo –la mirada de Lucrecia se llena de orgullo. A Gonzalo se le escapa la mirada a Margarita. Gonzalo besa el anillo. Margarita está seria e incómoda y mira hacia otro lado.

- Hijo, difícil trabajo el que tenéis como preceptor. Difícil trabajo. ¿Qué tal es Nuño? ¿Sabéis que yo asistí a su bautismo?

- No, no lo sabía. –Gonzalo sonríe tímidamente- Nuño es un alumno excelente de grandes virtudes y con gran potencial.

- Como puede ver Eminencia, Gonzalo es la corrección personificada - Lucrecia coge del brazo a Gonzalo que la mira con extrañeza, pero no dice nada ni se aparta. Su mirada se escapa cada poco a Margarita - ¿Le he comentado que es el cuñado de Margarita?

-No, no me habías dicho. ¡Vaya! ¿Estará usted contento con el enlace entonces?

Juan y Margarita están callados, cada uno con su propio sufrimiento. Gonzalo no sabe qué responder y rápidamente Lucrecia lo hace por él.

-Sí, todos estamos TAN felices. El enlace será cuanto antes ¿verdad? Y Gonzalo… serás tú quién lleve a Margarita al altar ¿verdad? Qué enorme dicha para todos…

Todos se miran. La mirada de Gonzalo se torna en profunda tristeza. Margarita mira hacia él y le cuesta aguantar las lágrimas. A continuación una sirvienta se acerca para comentar que todo está preparado para escuchar el concierto de música de cámara que han preparado para Su Eminencia. Lucrecia invita al grupo a acomodarse cerca de los músicos. El Cardenal se va con otros nobles.
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Re: El cardenal

Notapor Sherezade el Dom Jul 19, 2009 12:16 am

13ª ESCENA

Lucrecia pide un instante a Margarita que se acerque y ambas se apartan dejando solos a Juan y Gonzalo. Lucrecia hace gestos referentes al vestido y arreglo de Margarita. Está furiosa porque la belleza, aunque apagada de Margarita, la eclipsa sin pudor. Pretende hacerla sentir incómoda.

- Debes tener cuidado Margarita con el modo en cómo saludas. Has de mostrarte más firme y decidida, pero no demasiado claro. No estás tratando con los amigos de tu marido… que en paz descanse – las últimas palabras de Lucrecia están llenas de rencor y malicia. Margarita se siente aún más pequeña.
Lucrecia sigue con su pequeño sermón….

Mientras tanto… Gonzalo observa a Juan. Nunca le ha visto así, apagado y lleno de tristeza. No deja de mirar al Cardenal. Gonzalo tiene la sensación de que algo ocurre. En ese instante, la risa escandalosa del Cardenal, acompañado de otros nobles en el improvisado auditorio, llega hasta donde ellos están. El rostro de Juan está encendido por la ira. Gonzalo se da cuenta.

-¿Todo bien Juan? – le dice disimulando su interés.
- Sí Gonzalo sí – Juan no aparta la mirada del Cardenal y Gonzalo vuelve a mirar hacia él. Primero al Cardenal y luego a Juan.
- ¿Conocías al Cardenal?
- Es la primera vez en toda mi vida que le veo con mis propios ojos.
La respuesta, y el tono, inquietan a Gonzalo. Sin embargo, se queda callado, no puede contestar nada. Tiene la sensación de que igualmente, Juan no hubiera escuchado la respuesta.

Margarita y Lucrecia se acercan a ellos. Lucrecia invita con su brazo a Gonzalo a ir hacia las sillas, al auditorio donde los músicos ya tocan acordes y afinan instrumentos. Gonzalo acepta.

Atrás se quedan Margarita y Juan. Juan aún tiene la mirada perdida, no escucha ni ve nada.
- ¿Te ocurre algo Juan?
- No, nada, nada… –la sonríe abiertamente y caminan. Pero la mirada de Juan rápidamente se vuelve seria. No dice nada pero se oye su voz interior que dice “Por fin”.

Lucrecia y Gonzalo caminan un poco por delante de ellos…

-No sé dónde estará Nuño –dice Lucrecia del brazo de Gonzalo, caminando hacia el grupo – Has de insistir en su educación en lo importante de que…
-Lucrecia –dice Gonzalo interrumpiéndola y librándose de su brazo - he de ir un momento a ver a Catalina para comentarle algo importante. Volveré inmediatamente. Aprovecharé para ver si puedo encontrar a Nuño.
-Está bien Gonzalo -contesta Lucrecia algo sorprendida- Pero no tardes – le dice pícaramente. Se separa de él y va hacia el grupo de nobles.
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Re: El cardenal

Notapor Sherezade el Dom Jul 19, 2009 12:17 am

14ª ESCENA

Gonzalo asiente, y se va camino de la casa. Por el camino, casi inmediatamente, se encuentra con Juan y Margarita que van hacia el concierto. Ambos le miran y Gonzalo hace un gesto de saludo y sigue caminando. Para sus adentros, Gonzalo cree que esta fiesta es más de lo que puede soportar.

Gonzalo va hacia la casa y, cuando se asegura que ya nadie le ve, cambia rumbo hacia el jardín lateral, hacia una zona de árboles. Camina entre ellos. Alguien le sigue, está a punto de alcanzarle. Gonzalo se para en seco. Siente que hay alguien detrás de él. No lleva ninguna protección. Sabe que hay alguien detrás. Está a punto de girarse cuando…
-Gonzalo – la mano de Agustín se posa en su hombro.
- Agustín – dice Gonzalo - Te has acercado demasiado a la casa. Me dijiste cerca de la caseta. Aquí te podrían ver –el tono de Gonzalo es distante, y aunque disimula, sobresaltado. Aún no ha podido perdonar a Agustín su negativa a explicarle nada de su pasado. Agustín lo sabe pero no presta atención a su tono. Prefiere hacer cómo que no ha pasado nada entre ellos.

-Bueno, ver de nuevo al Cardenal Mendoza, después de tantos años, bien merece el riesgo – dice Agustín mirando hacia la fiesta, hacia el fondo, donde se oye ya a los músicos tocando alguna canción barroca.
- ¿Qué tiene ese hombre que pueda interesar tanto?
- Mucho… o nada. Algo me dice que su llegada, después de la muerte de algunos miembros de la Logia, no es casual. Pero el Cardenal siempre ha tenido la habilidad de cambiar de ciudad cuando las cosas se complican. Es difícil saber quién es en realidad.
- Parece un buen hombre.
- No basta con parecerlo Gonzalo.
- Creo que conoce también a la que será la familia de mi cuñada, aunque Juan dice que nunca le había visto – Gonzalo no ha podido olvidar la sensación que ha tenido con Juan. Le resulta imposible no hacer mención de alguna manera a ello. Pero no quiere compartirlo con Agustín. No después de su negativa a contarle su pasado.

Agustín por su parte trata de disimular, pero en su cara no puede evitar el asombro.
- El Cardenal conocía a la familia de Calatrava.
- Pero él afirma que nunca le vio.
El asombro de Agustín va en aumento. Pero prefiere no hacerlo evidente a Gonzalo. Algún día tendrá que contarle quién es Juan realmente. Pero aún no es necesario. No hasta la boda con la hermana de Cristina.
- ¿Por qué quieres entrar en el Palacio de Lucrecia?
- Necesito ver un cofre.
- ¿Un cofre?

Agustín no contesta… Sus pensamientos están con el Cardenal y Juan. Vuelve a ver el rostro de Juan, iluminado por el fuego, lleno de lágrimas, maldiciendo…
- Sí… Un cofre que el Marqués de Santillana recibió de regalo de bodas del Obispado de Salamanca. En realidad fue un regalo del Obispo personalmente.
- ¿Qué interés tiene un cofre? Lucrecia tiene varios….
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Re: El cardenal

Notapor Sherezade el Dom Jul 19, 2009 12:18 am

Agustín le interrumpe:
- Sabré distinguir cual es el que me interesa. Además, creo que estará en los aposentos que en su día fueron del Marques. Allí habremos de intentar encontrarlo.
-No entiendo qué es lo que quieres…
Agustín sigue absorto.

Se ve a sí mismo, está en una calle antigua de Salamanca, es temprano. Está hablando con otros religiosos oportunamente frente a la Escuela de Medicina, cuando ve salir a varios alumnos. Se quedan parados en la puerta, esperan a alguien. Pasa un poco de tiempo, cuando Juan de Calatrava sale por fin. Agustín lleva días siguiéndole. Detrás de él, a toda velocidad, sale un religioso. Casi parece que vienen juntos. Lleva la capucha puesta, y parece tener mucha prisa. Juan gasta una broma a su grupo de amigos y todos ríen. Casi a la vez, se queda mirando a la figura, ya de espaldas, del religioso que, a gran velocidad, se va caminando calle abajo. Le sigue con la mirada, y su cara muda de la risa a la completa preocupación. El religioso apura el paso y se sube a un coche que le está esperando. Con la marcha del coche, Juan recupera su expresión. Agustín no deja de mirar al alumno de medicina, no ha perdido ningún detalle, ninguna de sus expresiones. Además Agustín no tiene dudas respecto al religioso que marchaba a toda velocidad, es el que más tarde será nombrado Cardenal, es el Cardenal Mendoza. El grupo de alumnos parece que se preparan para irse. Agustín se cambiaba de posición rápidamente de su grupo, dando la espalda al grupo de Juan. Ahora menos que nunca quiere que le reconozca. Para él todas las piezas del puzle acaban de encajar. “Esta noche –piensa Agustín mientras observa de reojo a Juan y sus amigos marcharse ruidosamente hacia el Claustro- tendremos que hablar por fin, Juan de Calatrava”.

Gonzalo comienza a mirarle incómodo. Los silencios de Agustín le resultan muy molestos. De buena gana no le ayudaría. Está enfadado con él. Pero al mismo tiempo le aprecia, es casi el único vínculo que le queda con sus padres… Y también le necesita. Gonzalo comienza a caminar hacia la casa y Agustín le sigue. Van por un lateral. Ambos van callados. Gonzalo está a punto de comentarle lo extraño del comportamiento de Juan con el Cardenal. Pero decide no hacerlo. Tendrá que averiguar algo por su cuenta. ¿Y si Juan no fuera cómo parece? No… Juan no parece mala persona. Llegar a esa conclusión le hace más daño del que sería capaz de admitir. Margarita, Margarita.…. ¿por qué siempre acaba pensando en Margarita?

Agustín por su parte, está a punto de preguntarle de nuevo qué dijo exactamente Juan, si cree que Juan fue sincero al decirle que nunca vio al Cardenal. Pero es demasiado arriesgado. Gonzalo comenzaría a sospechar. Antes tiene que tratar de hablar con Juan de Calatrava.

Sigue el silencio. Ambos ocultan la mirada, uno al otro, para evitar ser descubiertos. Entran en la casa y caminan con sigilo hacía las dependencias del difunto Marqués. La cara de Agustín muestra preocupación, molestia, hasta ira contenida…: Gonzalo, sin querer, acaba de desmontar un puzzle que le costó muchísimo tiempo montar.

Al fondo, aún se oyen, aunque cada vez más lejanos, los acordes de música.
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Re: El cardenal

Notapor Sherezade el Dom Jul 19, 2009 12:18 am

15ª ESCENA

Hernán camina por un pasillo de la casa acompañado de Nuño.
- ¿Crees que mi madre se habrá enfadado? Creo que he estropeado la camisa.
- No, no debería enfadarse. Habéis hecho bien viniendo a cambiaros. Pero ¿qué hacíais en las dependencias de vuestro difunto padre?
Hernán se para en seco en el pasillo. Mira a Nuño con infinito cariño.
- Quería ver uno de sus cuadros. Mi madre me ha dicho que esta recepción era importante. Quería recordar cómo era su atuendo, para ser digno de él hoy.
Hernán siente una punzada en el corazón.
- Estás muy orgulloso de tu padre ¿verdad Nuño?
- Sí. ¿Les has visto en sus cuadros? Era muy distinguido y… ¿le conocisteis? Yo apenas le recuerdo…
- Sí, le conocí. Y era noble. Con todo lo que ello significa.
Nuño no entiende bien sus palabras. Hernán le toca el pelo cariñosamente. Y siguen caminando por un pasillo, frente a ellos, al fondo se encuentra un tapiz que muestra al Marqués cazando, cuando es poco mayor que Nuño.
Gonzalo y Agustín se acercan a las dependencias del Marqués. Caminan por un pasillo con mucho sigilo. Vigilando cada paso que dan. Al fondo distinguen, algo colgado, que sobresale de la pared. Gonzalo no puede verlo pero cree que es el tapiz del Marqués de niño. Si así es, en el pasillo que se abre habría la derecha, donde hay luz, están las habitaciones privadas del Marqués. Allí debería estar el cofre.
Hernán y Nuño siguen avanzando. Hernán se para. Hace un gesto a Nuño para que esté callado. Le ha parecido escuchar algo.
Gonzalo y Agustín se paran en seco. Les parece que alguien se aproxima por el pasillo que hay a su derecha. Hernán sigue avanzando hacia el tapiz, pero ahora lo hace pegado a la pared del pasillo… Con gran sigilo. ¿Y si alguien ha entrado en palacio aprovechando la fiesta? Saca su arma y la prepara. Nuño le mira desde atrás horrorizado.
Gonzalo y Agustín se pegan a la pared derecha de su pasillo. Caminan despacio. Procurando no hacer mucho ruido. Están a punto de llegar al encuentro de los pasillos. Gonzalo ve ya de lateral el tapiz: no se ha confundido, efectivamente es aquel en el que el Marqués es un niño… han llegado a los aposentos privados del Marqués. Sigue caminando. Siente que hay alguien.
Hernán se queda parado. Está justo al borde. Se asegura que Nuño está atrás, que se ha quedado muy atrás. Por fin sale de golpe al pasillo y pone su arma en la frente del hombre que tiene delante de él. Éste le mira horrorizado.
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Re: El cardenal

Notapor Sherezade el Dom Jul 19, 2009 12:19 am

16ª ESCENA

- ¿Qué haces tú aquí? – Gonzalo mira hacia atrás. Agustín no está. Ha desaparecido. Siente el odio de Hernán en el peso del arma sobre su frente.
- Vine a buscar a Nuño.
- ¿Casi en la oscuridad? ¿Sin alguna criada que te acompañe?
Gonzalo no sabe qué contestar. ¿Dónde está Agustín?
- Hernán – dice por fin Nuño.
La mirada de sorpresa y susto de Nuño hacia lo que está viendo, pero también de cariño hacia Hernán, le tranquilizan. Baja el arma.
- Conozco bien estos pasillos. No necesito que ninguna sirvienta me acompañe – dijo por fin Gonzalo, sin darse cuenta de lo que eso significaba en la mente de Hernán. – Tu madre quiere que vuelvas a la fiesta –dijo mirando a Nuño.
- Yo le llevaré Maestro. No es necesario que tú hagas nada por Nuño.
Gonzalo se queda callado. No sabe dónde está Agustín y necesita que Hernán se vaya de allí cuanto antes. Hernán y Nuño comienzan a caminar en dirección a la salida, por el mismo pasillo que Gonzalo y Agustín venían. De repente Hernán se vuelve hacia Gonzalo que está parado en el pasillo.
- Vamos Maestro… no se querrá perder el concierto ¿verdad?
Gonzalo asiente y les acompaña. Mira hacia atrás buscando a Agustín. Éste está escondido en una habitación-armario pequeña del pasillo. La puerta parece casi de juguete y pasa desapercibida a los ojos de Hernán y Gonzalo. Afortunadamente el contenido de esa pequeña habitación está adornando el jardín para la fiesta. Cuando los sabe lejos sale de la habitación. Siente pena al darse cuenta de lo mucho que separa a Hernán y Gonzalo. Quizás no hizo bien al separarles…. Ese pensamiento le abandona rápido. “Están vivos” piensa Agustín mientras comienza ya a escuchar la música, cada vez más cercana. “Están vivos” se repite a sí mismo, “hice lo que debía”.
Sigue caminando dejando lejos la casa: el cofre deberá esperar a ocasión más segura. Si algo le enseñó su padre, es la prudencia y la necesidad de buscar el mejor momento para todo.
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