Obviar

Lunes a Viernes/Domingo 18:00 h

Los TESOROS - Relatos completos

Moderadores: eclipse, aguilaroja, Estuarda, Barsine, Moderadores

Gonzalo de Montalvo... mi padre, por Begoña

Notapor Unicornio el Vie Ago 28, 2015 1:47 am

22c

¡Madre! —Un hombre joven, tan alto como Alonso, saluda y besa la mano de Lucrecia. Mira de soslayo, con un mal disimulado desprecio, a Alonso y comenta divertido—. ¡Vaya, se diría que el maestro ha regresado!

Nuño, hijo… ¿te acuerdas del hijo del maestro?

El joven no contesta, no quita sus ojos de Alonso, el odio que siempre ha sentido se refleja en su rostro.
Alonso no lo reconoce, no queda nada del Nuño que él recordaba. Su pelo se ha oscurecido y le cae sobre los hombros, lleva bigote y una estrecha perilla justo en el centro del mentón, viste un traje sobrio en tonos oscuros, asomando cuello y puños de encaje blanco. Sin embargo, sí reconoce en él al hombre que estaba retratado en una cacería. Al hombre que presidía, en un cuadro, la casa de María…

Un criado se acerca, ante una señal de la Marquesa.

Acompáñelo a la salida —ordena, con voz neutra, sin dejar de mirar a Alonso.

No es necesario, conozco la salida.

Alonso se despide con una inclinación de cabeza y se encamina hacia las cocinas. Las atraviesa ante miradas curiosas, ante ojos que quieren recordarlo, ante ojos jóvenes que sonríen al verlo. Alonso no se da cuenta, tiene una necesidad imperiosa de abandonar el palacio. El delicioso aroma de la carne asada se le mete por la nariz hasta el estómago, dándose cuenta de que hoy apenas ha comido.

El aire frío lo saluda, jugando con sus nervios exaltados, con los pesados recuerdos del pasado, con el dolor de saber que es al marqués de Santillana a quien María ve cada día.
Levanta una mano para protegerse del polvo y de las hojas que el viento arremolina a su paso. La oscuridad empieza a golpearlo. La luna asoma tímida entre las nubes, su luz pálida aún no ilumina la noche cercana, el viento grita como un animal herido. Desafiando al viento cortante, camina hasta su fría casa. Su casa… donde anida el silencio.
Imaginando que su padre está en ella, imaginando que él lo ve, decide, furioso, pedirle explicaciones… ¿Por qué su silencio? ¿Por qué no le habló de su hermano?... Alonso grita al silencio, odia el maldito silencio en el que su padre vivió sumergido. Con furia, barre de un manotazo toda la mesa. Las cartas vuelan hacia el techo, para lentamente descender a sus pies, los libros apilados suenan estrepitosamente en su choque contra el suelo. De pie, apoyando sus manos en la mesa, esconde la cabeza en el pecho y deja que un grito de rabia y dolor salga de su garganta, mientras su rostro se cubre de lágrimas.
La oscuridad reina en toda la casa, ni una vela hay encendida. Alonso deja pasar la noche, deja que la noche lo calme; recoge con delicadeza sus cartas del suelo, sujetándolas contra su pecho. Se ha tumbado en la cama, donde duerme su corta noche…



«Fueron pasando los días, nuestras vidas se fueron amoldando a una grata rutina. Tu tía trajo la alegría a tu vida; a la mía, trajo los recuerdos, la llenó de sentimientos que yo creía enterrados. Notaba que mi melancolía se iba desvaneciendo y me imponía el castigo de no perdonar lo que hizo. La culpaba de todo lo que me había pasado, no le perdonaba lo que mis padres padecieron, como si ella fuese la mano que infligió el castigo. Ella soportaba desaires, palabras llenas de rencor, trataba de hablar conmigo, trataba por todos los medios de traer la paz a mi alma, pero yo estaba ciego. Huía ante cualquier atisbo de conversación que evocase el pasado, le negaba cualquier recuerdo, negaba hasta que la hubiese amado. Todo el amor y la comprensión que yo era capaz de darte, a ella se lo negaba.
Vivía obsesionado por encontrar al asesino de tu madre. Me había convertido en dos seres distintos, los dos necesarios para mi equilibrio. Vivía las noches fuera de casa, cualquier injusticia hacía que yo saliera huyendo de nuestro hogar. Luchaba, exhausto, contra los hombres del comisario, necesitaba mi otra vida salvaje, llena de violencia, que yo justificada para serenar la ira que me invadía. Me convertí en el héroe del pueblo para acallar al asesino implacable que llevaba dentro.
Veía tu ira, al negarte el placer de la venganza. Te decía que el asesino de tu madre estaba muerto, que había sido ajusticiado por el rey, pero no querías creerme, y tenías razón. Jamás vengué a tu madre, no pude hacerlo cuando tuve la ocasión.
El destino siempre había jugado conmigo, tuvo una mano que siempre moldeó mi camino: Agustín…

Descubrí que no era quien creía que era, descubrí que mis padres me adoptaron, descubrí que tenía un hermano. Había estado llorando a unos padres que no eran los míos, todo había sido mentira… todo.
Le suplicaba a Agustín que saciara mi curiosidad, le exigí su ayuda, pero él, impasible, se volvió sordo a mis súplicas, sordo a mis exigencias. Una y otra vez, contestaba que no estaba autorizado.

¡No me dejes sin respuestas! —le grité.

¡Siempre encontrarás las respuestas en mí! —contestó—. Encontrarás mil caminos que se alejan de tu fin, pero hay uno que te lleva a él… sólo hay que saber dónde buscar.»
Avatar de Usuario
Unicornio
 
Mensajes: 1887
Registrado: Mié Jun 12, 2013 10:50 pm
Ubicación: TARRAGONA

Gonzalo de Montalvo... mi padre, por Begoña

Notapor Unicornio el Vie Ago 28, 2015 1:48 am

23a

Amanece una mañana brumosa de otoño. Alonso apenas ha dormido, las sensaciones, que ayer vivió, lo han privado del descanso del sueño. La certeza de sentirse incapaz de cumplir con su palabra se refleja en su estómago. Se dice, a sí mismo, que el vacío que siente es porque ayer apenas comió. Sabe que no sólo es la comida, es la promesa de venganza incumplida, es la imposibilidad de cumplir la palabra dada a María, lo que le hace sentir ese vacío. No ha podido quitarse de la mente a Nuño… al marqués de Santillana. No puede evitar sentirse morir, al imaginarlo con María. Durante meses, ha ido consumiendo su añoranza, ha ido acostumbrándose a los llantos y a las culpas que siente dentro de su alma solitaria: culpa por odiar a su padre, culpa por prometer no buscarla, por dejar que lo convenciera… cuando ella es todo lo que él desea.
Inmerso en su desolación y en su culpa, enciende la chimenea, dando algo de calidez a su fría casa, y recoge los libros que han descansado toda la noche en el suelo. Sentado ante el fuego, mordisquea un poco de queso y pan duro, pensativo, parte un par de nueces. Mira su casa tan austeramente amueblada, su casa vacía, y no puede evitar compararla con la suntuosidad de la casa de María. Por primera vez, es consciente de lo que María tiene y lo que él posee. Sabe que el poco dinero que le queda lo tiene que emplear en comprar el caballo que necesita, sabe que no puede permitirse seguir viviendo como el último año.
La cita de esta tarde es el final de lo que siempre ha deseado, su cita con el comisario no será como siempre había soñado. Hoy sabe que no habrá venganza, sabe por qué su padre perdonó la vida al asesino de su madre, sabe que él tampoco podrá vengarla.
Su noche sin sueño le ha dejado el deseo de unirse al ejército, un deseo que no regresa con la firmeza e ilusión que siempre ha mantenido… regresa con la sensación de no tener otra opción, otra salida.

El mediodía dormita, cuando Alonso cabalga hacia el camino de Toledo. La cruda luz del sol apenas calienta las calles solitarias, un sol frío que lo acompaña jugueteando con sus rayos entre las ramas, que a través del enrejado de las hojas va sembrando de danzantes lentejuelas de oro el camino.
Cruza el puente de piedra y espera. Apeándose del caballo, acaricia su cabeza, le gusta el ejemplar que ha comprado. Ha elegido un caballo blanco, sabiendo que se parece al que tenía su padre; hoy, más que nunca, quiere que el peso del recuerdo se instale en el antiguo comisario.

Los cascos del caballo resuenan sobre el puente, el sonido lo devuelve a la realidad. Se ha ido acercando perdido en sus cavilaciones, perdido en sus recuerdos. Durante un instante, detiene su caballo. Por un momento, su viejo corazón ha sentido la esperanza de que la muerte no se lo haya llevado. Como una aparición, ve a Gonzalo que lo espera al otro lado del puente junto a su caballo. Sólo un instante, y Hernán se recupera. Espolea su montura y pasa ante Alonso sin aminorar su paso; con mirada dura y voz ronca le pide que lo siga. Hernán no va a permitir que su sobrino perciba lo que ha sentido, al verlo junto al caballo blanco. El joven no puede imaginar hasta qué punto ha conseguido su objetivo.

Cabalgan sin hablar. Alonso, detrás de Hernán, observa al hombre que se mantiene orgulloso en su montura y que en ningún momento se ha vuelto a mirarlo.
Atardece pronto. Llevan más de dos horas cabalgando y la luz de esta tarde de otoño va languideciendo, el calor desaparece y una austera niebla se va haciendo poco a poco, paso a paso. De un salto, Alonso se apea del caballo, sus botas pisan los guijarros que forman dibujos en el suelo. Es un patio abierto y cuadrado del monasterio al que han llegado. Un edificio de tres alturas, de fachada desconchada, con apariencia ruinosa. Alonso sigue a Hernán, que atraviesa el patio caminando cautelosamente sobre los guijarros. Dejan atrás dos estancias amplias, oscuras y solitarias, por donde han pasado hasta llegar a un huerto, donde seis monjes y tres novicios están terminando su trabajo.
Hernán besa la mano del monje que se acerca hasta ellos. El monje suda, envuelto en su pesado hábito, y no da muestras de notar el frío que comienza a dejarse sentir en esta tarde de otoño.
Los conduce por un pasillo solitario de paredes blancas y vacías, un corredor larguísimo y con pocas puertas. Avanzan en silencio. A pesar de la desnudez de las paredes, los pasos no retumban. Hernán empieza a hablar, debe saber que ese lugar es discreto. Alonso oye cómo le dice al monje que él es el hijo de Gonzalo, el hijo de su hermano. El monje asiente con una inclinación de cabeza, sin volverse en ningún momento ni dejar de avanzar hasta que llegan al final del pasillo. Se paran ante una puerta de madera, junto a una ventana que da a un claustro pequeño y austero. El monje abre la puerta, antigua y pesada. Haciéndose a un lado, los deja pasar. Es la puerta que lleva a la torre del monasterio. Hernán y Alonso suben la escalera, de piedras lisas y desgastadas por el tiempo, hasta que llegan a la fría sala abovedada de la torre. El monje no los ha seguido, le ha entregado la llave de la puerta a Hernán diciéndole que estarán mejor solos. La tarde es fría, pero dentro de la torre la temperatura es cálida. Hay una ventana estrecha y rectangular en cada pared. Entre las ventanas, estanterías con libros, una mesa cuadrada y amplia en el centro. En un rincón, un arcón de madera cruzado con una gruesa cadena. Hernán se arrodilla ante el baúl, saca una llave de uno de sus bolsillos y quita la cadena, introduce otra llave en la cerradura del arcón y, retirándose a un lado, le dice:

Es tuyo…

Alonso se acerca lentamente y abre la tapa, mirando el contenido, sobrecogido. Coge una carta que hay encima del traje que reconoce, encima de las armas que no conocía. Acaricia el chaleco rojo, sintiendo que sus ojos se llenan de lágrimas.

Tu padre me pidió que, si un día volvías, te lo entregara. —Hernán no le ve la cara, pero adivina su emoción, por el temblor que ve en sus manos al abrir la carta.
Avatar de Usuario
Unicornio
 
Mensajes: 1887
Registrado: Mié Jun 12, 2013 10:50 pm
Ubicación: TARRAGONA

Gonzalo de Montalvo... mi padre, por Begoña

Notapor Unicornio el Vie Ago 28, 2015 1:49 am

23b

«Para Alonso:

Hijo, si estás leyendo esta carta es que ya he muerto, y si me he decidido a escribirla, Alonso, es porque tengo miedo a marchar sin que sepas lo que tanto tiempo callé. Siento no haber estado contigo cada segundo de tu vida, cada aliento, cada noche que no puede velar tu sueño.
Siento no haber sido el padre que deseabas.
Pero ahora, ya estoy muerto, hijo, y quiero marchar en paz.
Por eso no quiero más mentiras, no quiero ocultarte más secretos.
El héroe que admiraste era el cobarde de tu padre.
Yo fui el Águila Roja.
Aprende a vivir sin mí, ahora que he muerto. Dentro de tu corazón hay un gran héroe. Nunca jamás lo olvides.

Tu padre,

Gonzalo de Montalvo - Águila Roja»



Alonso guarda la carta dentro de su camisa. Hernán mira atentamente cada reacción, lo ve guardarse la carta, cerrar la tapa y, aún de espaldas, permanecer junto al arcón.

¿Qué piensas hacer? —pregunta Hernán, con una curiosidad que no disimula.

Alonso no contesta de inmediato, tarda unos segundos interminables en darse la vuelta.

¡Voy a dejarlo aquí! —contesta con voz grave, volviéndose y mirando a Hernán directamente a los ojos.

¡No pareces sorprendido!… ¡Acabo de revelarte la identidad de tu padre y no dices nada! —A Hernán le delata su voz, siente frustración ante la impasibilidad de Alonso, pero se da cuenta de que el sorprendido es él, ante la frialdad de su sobrino.

¡No puedo llevarlo conmigo!

Alonso se dirige a la escalera para abandonar la torre, pero la voz de Hernán lo detiene.

¡Lo sabías, sabías que tu padre era Águila Roja!

¡Sí! —Alonso se vuelve despacio, mira a los ojos a Hernán y un rictus de media sonrisa aparece en su rostro. Hay un tono extraño en su voz al contestar, que Hernán siente como una venganza.

El comisario se queda solo en la estancia y se acerca a una de las ventanas. La serenidad del lugar le genera paz y consuelo, lo reconforta, lo calma. Hernán sonríe, ausente, recordando la voz de Alonso, siente que en verdad Gonzalo ha regresado.

Alonso camina, de nuevo, por el larguísimo pasillo de paredes blancas y vacías, el pasillo donde no hay eco. Esta tarde desearía no ser joven ya. Se siente sin voluntad propia, siente que unos dedos invisibles manejan su vida. Lleva una mano dentro de la camisa, aferrada a la carta que tanto significa… Su padre le desveló su secreto antes de abandonar la Villa, antes de que cambiaran sus vidas, antes de que lo abandonase en Wudang y él lo odiase por hacerlo.

Alonso cabalga hacia la Villa, hacia casa de María. Es una noche húmeda. Lo invade una paz que hace mucho que no sentía, el llanto se desborda de sus ojos, busca la calma para sus sentidos, ruega a su mente que olvide. Cabalga en medio del silencio, sólo los cascos de su caballo acompañan sus pensamientos. A cada paso que da la siente más cerca, el viaje se le está haciendo interminable, seca sus lágrimas y azuza al caballo.
Es noche cerrada, cuando se apea de su caballo blanco ante la casa de María. No deja que el lacayo que abre la puerta reaccione, entra diciendo que tiene que ver a la señora. Sus botas crujen discretamente. Sube la escalera de dos en dos hasta el vestíbulo, seguido por el criado que va gritando: «¡Alto!», detrás de él. Se detiene junto a María, que ha salido a la puerta del dormitorio al oír las voces. Ella le dice al lacayo que todo está bien y, mientras éste se retira, dice muy seria:

¡Me lo prometiste!

Me equivoqué al prometerte que no iba a hacerlo, no puedo, no quiero vivir sin ti… ¡Dime cómo puedo tenerte, qué he de hacer para conquistarte!

Alonso coge sus manos, suplicante, y se sumerge en sus ojos esmeralda. María tira de sus manos, atrayéndolo y entrando en la habitación. Ambos se abrazan, se separan, se miran, se funden en un nuevo abrazo. Alonso le sostiene la cara entre sus manos, la besa delicadamente, vuelve a mirarla, vuelve a sumergirse en sus ojos esmeralda. Lentamente, se han ido acercando a la cama. Sin dejar de mirarse, sin dejar de tocarse, se tumban juntos, abrazados. Alonso la besa, la atrae con fuerza hacia su pecho. Controla sus ansias por poseerla. Quiere mirarla, retenerla en su retina, grabar su imagen en su corazón, teme no volver a verla. Con su cuerpo girado y apoyado en un brazo, no deja de observarla, le retira los mechones de cabello con delicadeza, en una caricia constante que provoca cada roce de sus dedos. Ella se entrega a su boca, sigue mirándose en sus ojos, acariciando su pelo, pegándose a su cuerpo. Sin dejar de besarlo, María empuja su cuerpo para ponerse encima de él. Lentamente va desabrochando su camisa. Alonso observa cómo la prenda va abriéndose, cómo el deseo emerge, indómito. Coge sus manos, deteniendo su avance, no quiere sólo una noche, no quiere que su encuentro sea fugaz. Ante la mirada de sorpresa de María, el muchacho la aparta de él, se levanta de la cama y tiende su mano para que ella la tome.
Avatar de Usuario
Unicornio
 
Mensajes: 1887
Registrado: Mié Jun 12, 2013 10:50 pm
Ubicación: TARRAGONA

Gonzalo de Montalvo... mi padre, por Begoña

Notapor Unicornio el Vie Ago 28, 2015 1:50 am

23c

¡Vámonos, quiero llevarte lejos, ven… ven, por favor, ven conmigo! —Alonso suplica mientras María coge su mano.

No puedo, Alonso, no puedo irme contigo… no sabes quién soy, no sabes nada de mí.

¡Ya me lo dijiste la otra vez!… No me importa quién eres, no me importa lo que eres. —Alonso mete sus manos entre el cabello de María, coge su cabeza y la sujeta para que lo mire—. Tú eres todo lo que conozco, todo lo que quiero… siempre estás conmigo. Pensar en ti me ayuda cuando tengo miedo, cuando caen las sombras y, en la oscuridad de la noche, escucho mi casa en silencio. Estás conmigo, hasta que las sombras huyen cuando amanece y yo despierto hambriento de ti. —Alonso cierra los ojos y pega su frente a la de María mientras susurra—: ¡Oh, María… te quiero!

María tiembla entre sus manos, nunca le han dicho palabras tan hermosas, nunca ha experimentado este sentimiento que duele tanto. Quiere decirle que la lleve lejos, quiere decirle que cada noche desea estar en sus brazos, que cada noche quiere sentirlo a su lado, dejarse llevar en una noche infinita de amor y calma y no en las tormentas donde la arrastran sus sueños. Quiere decirle que lo ama y, porque lo ama, dice no a las súplicas de Alonso.

¿Por qué? —pregunta Alonso, con una voz apenas audible.

María reprime las lágrimas que amenazan con ahogarla, se separa de Alonso y, abriendo los brazos, abarca en un gesto lo que la rodea, sabe que va a hundirlo, sabe que va a hacerle daño, pero no puede permitir que él sufra por lo que ella es, y dice, segura:

¿Puedes darme esto?

Alonso mira con pesar a su alrededor, es lo que esta mañana ha pensado y durante la tarde ha olvidado. Se siente herido de muerte; no puede soportar la idea de no tenerla, no puede creerla, siente un dolor que le sube del pecho a la garganta y lo estrangula, le quita el aire. Se acerca a ella y pregunta, sin reconocer su propia voz.

¿Alguna vez sentiste algo por mí? ¿Soñaste conmigo aunque fuera sólo una vez… una sola vez? ¡Necesito saberlo!

Alonso la tiene fuertemente cogida por los brazos y la sacude, sin darse cuenta de la fuerza con que la sujeta, sin darse cuenta de que está gritando, sin darse cuenta de que está llorando.
María no responde, deja que él se desahogue, deja que la odie. Mantiene la mirada, contiene sus propias lágrimas viendo cómo caen las de él, hasta que siente que afloja sus manos, que la empuja y sale de su alcoba, y cómo el crujido de sus botas se aleja.
Se deja caer en el suelo como una muñeca rota, se cubre la cara con las manos y llora amargamente por su amor profundo, por su deseo de verlo cada día.

Amanece, y Alonso da una última mirada a su casa, su casa más fría y solitaria que nunca. Lo tiene todo recogido, no ha deshecho su cama, ha guardado los libros, apenas se lleva nada con él. Los únicos que lo acompañan son su caballo y sus cartas…



«Olvidé mi venganza; me había enfrentado al asesino de tu madre, sin poder cumplir el deseo que tenía de vengarla. Mi vida se llenó de incógnitas y deseos de respuestas. Me fui encontrando con pruebas que fueron llevándome a lo que deseaba.
Sátur se había hecho indispensable en nuestras vidas, se había convertido en el compañero inseparable de mis noches, en mi confidente e indiscutible amigo.
El tiempo interrumpió su curso y empezó a fluir, pasando sobre mí. Hacía más de un año que Cristina había muerto y, por primera vez desde entonces, me sentía vivo; seguía queriéndola como el primer día, pero notaba que el tiempo, con su inevitable fluir, restañaba las heridas y, sin darme cuenta, había dejado de pensar en ella con tanta insistencia. Era Margarita quien ocupaba mi mente cada día, era a Margarita a quien evitaba y deseaba, era a tu tía a quien, sin quererlo, amaba más que a mi vida.
Seguía siendo el justiciero en el que me había convertido y el maestro que tanto deseaba. Mientras, te abandonaba cada noche, cada día os ponía más en peligro, y el miedo a que descubrierais mi secreto frenaba mi deseo de acercarme a tu tía.
Ocultaba, a todos, mi doble y peligrosa vida y, como un cobarde, me acercaba a ti como héroe, me acercaba a tu tía, consiguiendo, como Águila, lo que no podía hacer como un simple maestro. Seguía manteniendo una distancia con ella para sentirme seguro, seguía sin permitir que ella hiciese el más mínimo acercamiento que pudiese resquebrajar mi frágil coraza, hasta que con mis malos modos, conseguí que nos abandonara.

Recuerdo la impresión que verla aquella mañana me causó. Me lavaba en la cocina, cuando entró cubriéndose el pecho con las manos; sólo llevaba una enagua cubriendo sus caderas, su pelo recogido, su cuerpo brillando por el agua y la turbación de verme reflejada en su cara. Intentó justificar su aspecto, trató de decir que su ropa había caído al agua. Pero yo no podía permitir que viera mi nerviosismo al verla, no podía dejar que viera cuánto la deseaba, y respondí a sus justificaciones con descalificaciones. La insté a que tuviera cuidado, que en esa casa vivía un niño, vivía Sátur. Ella contestó: “¡Y tú, también estás tú!”
Le contesté que debíamos mantener un mínimo de decencia y ella explotó; no pudo soportar más mis desplantes y nos abandonó.
Avatar de Usuario
Unicornio
 
Mensajes: 1887
Registrado: Mié Jun 12, 2013 10:50 pm
Ubicación: TARRAGONA

Gonzalo de Montalvo... mi padre, por Begoña

Notapor Unicornio el Vie Ago 28, 2015 1:51 am

23d

Tuve que oír tus súplicas, tuve que oír la perorata de Sátur para que fuera a buscarla. Y lo hice, salí a buscarla, por ti y por Sátur os dije, pero no era del todo cierto.
La detuve en la calle, había salido corriendo para alcanzarla.

¡No te vayas por favor… por favor! —La tenía sujeta por el brazo y ella me miraba, incrédula.

No me lo pongas más difícil… los dos sabemos que es lo mejor —me dijo, mirándome a los ojos.

No, no lo es… —Por primera vez, me enfrentaba al miedo a perderla.

Alonso es un niño, lo superará pronto —me contestó, dándose la vuelta y tratando de alejarse.

Margarita —la cogí del brazo evitando que siguiera adelante, obligándola a volverse y mirarme—, no es sólo por Alonso, también es por mí… me he dado cuenta de que llevo mucho tiempo echándote la culpa de demasiadas cosas, y no es justo. —Mi voz sonaba angustiada, mis lágrimas caían mientras le suplicaba. Ella me decía, llorando, que me entendía, que entendía que no pudiera perdonarla—. Sí, sí que lo haré… puedo perdonar y olvidar —le decía de corazón, mientras la abrazaba...

Hacía mucho tiempo que la había perdonado por lo único que la culpaba… que no me hubiese esperado.
Reanudamos la rutina de nuestras vidas: ella trabajaba en el palacio de Santillana como costurera y yo acudía a mi escuela como maestro. Nos fuimos olvidando de todo. De vez en cuando, un roce en su mano, una mirada distinta hacían que mi alma se paralizara. Cuando por la noche, con un libro en la mano, la veía coser junto a la chimenea, con el reflejo del fuego en su pelo, me quedaba absorto mirándola. Deseaba enterrar mi amargura en una de esas noches en las que la contemplaba. Su mirada dulce me sosegaba, cosía sentada en silencio. Una noche, al cabo de un rato, me senté a su lado para ver mejor lo que hacía. Ella me sonrió y yo le di un beso en la cara. Me separé de su lado, arrepentido y abrumado por mi falta de control, jurándome a mí mismo no volver a hacerlo, y todo empezó de nuevo. Volví a huir de su lado, volvía a esquivarla y a ser escueto con ella.

Seguía reuniéndome con ella en el tejado; amparando mi cobardía en mi disfraz de héroe, conocía sus sentimientos.
Me dijo que estaba enamorada, pero no era correspondida. Llorando, me confesó su amor por su cuñado. Sequé sus lágrimas de dolor profundo… yo era su dolor, su amor.
Deseé poder abrazarla con la mirada, atraparla con mis lágrimas, deseé tenerla para siempre a mi lado. Le pedí que cerrase los ojos, me bajé el embozo y la besé, olvidando mi juramento de no hacerlo.
Volví a huir, dejándola en el tejado.»
Avatar de Usuario
Unicornio
 
Mensajes: 1887
Registrado: Mié Jun 12, 2013 10:50 pm
Ubicación: TARRAGONA

Gonzalo de Montalvo... mi padre, por Begoña

Notapor Unicornio el Vie Ago 28, 2015 1:52 am

24a

Las montañas se suceden interminables; a sus pies hay un mar verde de árboles, un mar que se extiende más allá de lo que su vista puede alcanzar. Subido en una roca, cubiertos los hombros con una mísera manta, observa el paisaje infinito que lo rodea, una tierra a la que llegó cinco años atrás. Los copos de nieve bailan en el aire, se van pegando a sus pestañas, descansan en su pelo y se detienen en su barba. Sabe que el paisaje se irá cubriendo, poco a poco, con un frío manto blanco, sabe que no puede dejarse vencer por la fatiga, no puede dejar que la visión de ese mar infinito le merme el ánimo. Tiene que conseguir su objetivo, antes de que el invierno le impida seguir adelante.

Sujetando la manta contra su cuerpo, busca el calor que necesita. Mantiene distancia con la nostalgia, rehúye encontrarse con la melancolía. Sus ojos se mantienen fijos en el horizonte, sin mirar a ningún sitio, vagan tan sólo recordando.
Recuerda el frío desolador que sentía, cómo se sentía noche tras noche. La guerra le helaba la voluntad y el alma, se sentía frágil como nunca ante la visión de los cuerpos mutilados, ante las injusticias sobre los pobres habitantes masacrados, pobres seres despojados de su entorno, obligados a ir en primera línea sin más arma que un machete, cayendo los primeros ante los disparos portugueses. Luchan defendiendo una tierra que ya no les pertenece, una tierra que se reparten reyes lejanos. Cuánto dolor, cuánta injusticia impartida por una iglesia que, en nombre de Dios, evangeliza sin sentir piedad, por unos hombres y mujeres a los que someten y hasta de su nombre los privan.
Por primera vez dudó de Dios, se pregunta qué clase de Dios consiente tanto dolor humano, cómo permitió que él diera rienda suelta a su instinto de violencia y muerte. Cómo pudo permitirle quitar vidas sin descanso.
Quedó paralizado, cuando los ojos del hombre que acababa de abatir se le quedaron mirando con estupor. Su primera batalla, su primera muerte, el miedo desmedido a lo que veía a su alrededor. Después llegó la locura, mató sin control, se fue abriendo paso junto a la angustia de sentir la muerte a su lado, de sentir el frío inmenso que se instaló en su pecho, de sentir la desolación tras la batalla y la certeza de que había perdido su alma.
Las cartas le permitían mantenerse absorto, se dejaba atrapar por ellas, permitiéndole poner distancia ante tanta miseria. Cuanto más absorbía el legado de su padre, más consciente era del héroe que fue.
Rememora su figura alta, su voz, sus palabras. Por fin lo ha entendido; entre lágrimas y dolor, ha comprendido la injusticia de las guerras que tanto trató su padre de inculcarle. Ha visto el horror que el hombre es capaz de cometer por ambición.

Recuerda la fiereza con la que se entregó a la mujer, la primera mujer después de María. No había amor, sólo un deseo insufrible por poseerla, por sentir y no recordar. Sentir cómo, con cada embestida, se desgarraba su alma, penetrándola. Deseando en cada embate y cada jadeo desterrar su deseo, su maldito e incontrolable deseo por María. Sentir, con dolor, que incluso esa mujer tan distinta, pequeña, de ojos rasgados y pelo largo y negro como la noche, le trae la imagen de ella. De nada sirve que abra los ojos para ver y evitar recordarla. María está en su mente, en su corazón, y es a María a quien con dolor, con fiereza, está poseyendo de una manera salvaje. Hasta que ya saciado, dejándose caer sobre ella, llora sin consuelo, esconde la cara en su cuello, pidiendo internamente perdón por haber utilizado miserablemente su cuerpo.
No ha podido olvidarla, reemplazarla como quería; esa mujer sólo ha servido para desearla más, para darse cuenta de que desea hasta su olor, que su necesidad de ella, ninguna otra mujer la puede saciar.
Son muchas las mujeres que han suavizado sus noches, mujeres curtidas que abandonaron un día su tierra en busca de un bienestar del que carecían y el nuevo mundo también les niega. Mujeres de un mundo nuevo y desconocido, de sonrisa franca y mirada dulce; indígenas que saben guiarlo en las sombras de la noche, otorgándole, entre sus brazos, el refugio que necesita.

Sintiendo su alma vieja y cansada, mucho más curtido, con el ánimo nublado, sobrecogido y desolado, decide regresar. No sabe lo que tardará en volver, no sabe cuántos días, quizás le lleve años. No sabe qué le espera, que encontrará más allá del mar de árboles que tiene por delante. Solamente con una fe agonizante en lograrlo, emprende el largo viaje, un viaje de retorno…



«Los días continuaron fluyendo en una rutina imparable. Me dedicaba a transferir a mis alumnos mis conocimientos, mientras mis sentimientos crecían, sin poder controlarlos. Aferrado a mi secreto, envolvía mis noches y alimentaba sus dudas. Cada día me sentía a merced de mi adoración por ella, cada noche me sentía a merced de mi secreto inconfesable.
Volvieron mis celos, unos celos que sólo Sátur adivinaba y yo negaba. El doctor empezó a visitarla, empezó a cortejarla. Yo, escondido tras un libro, trataba de disimular que no los oía, que no me importaban sus risas. “Es lo mejor”, me decía a mí mismo. Yo no podía tenerla, pensar que a mi lado su vida corría peligro era suficiente para dejar que el doctor llenara de flores nuestra casa.
Una tarde, a mi regreso, la encontré en la cocina. Agarrada a una escoba, trataba de ensayar unos pasos de baile. Me quedé recostado en el marco, observándola, hasta que, al darse la vuelta, me vio. Me acerqué a ella con la mano extendida, me incliné y, sonriendo ante su turbación, le dije:

¿Me concede este baile, señorita?

Su mano en mi mano, mis ojos en los suyos, mi brazo sujetándola, acercándola a mi cuerpo en cada paso que dábamos, su voz tan cerca preguntando:

¿Dónde has aprendido a bailar así?

Hay muchas cosas de mí que no sabes —contesté con esfuerzo, sin apenas voz.
Avatar de Usuario
Unicornio
 
Mensajes: 1887
Registrado: Mié Jun 12, 2013 10:50 pm
Ubicación: TARRAGONA

Gonzalo de Montalvo... mi padre, por Begoña

Notapor Unicornio el Vie Ago 28, 2015 1:53 am

24b

Bailamos juntos… ella con la cabeza apoyada en mi pecho, ambos teníamos los ojos cerrados y nos sentíamos perfectamente satisfechos. Así llevábamos la conversación, ciegos y sordos… bailábamos sin saber qué música oía el otro, sin saber siquiera si el otro estaba bailando. Hasta que en mi cabeza la música paró, se hizo paso el miedo y, mirando su boca deseable, sus ojos profundos, le acaricié la cara, la besé en la frente con un leve beso y la dejé viéndome salir, escapándome de sus ojos, escapando del deseo irresistible de decirle que la amaba.

¡Gonzalo! —gritó desde la puerta—. ¡Gonzalo! —repitió, haciendo que frenara mis pasos y me volviera. Bajaba la escalera con la toquilla en la mano, corriendo hacia mí—. ¿Damos un paseo? —me dijo con una sonrisa, con la mirada inquieta ante mi respuesta.

Asentí con un movimiento de cabeza y caminamos juntos, en silencio, permitiendo que nuestros pasos decidieran por nosotros el camino, un camino de sobra conocido. Fuimos juntos hasta donde la ribera corre en silencio, hasta el lago sereno que tan bien conocíamos. A la luz del atardecer nos sentamos en la piedra grande, la piedra lisa que tantas veces nos había acogido. Fue ella quien rompió el silencio, fue ella quien habló, ella la que desgranó su alma.

¿Sigues pensando que te engañé?... Todavía no he sido capaz de hacerte saber cuánto me arrepiento… daría lo que fuera por poder empezar de nuevo, pero no es posible, sólo quiero que empecemos otra vez, sin rencores.

La miré con una ansiedad contenida, sus ojos estaban fijos en mí, plenos de serenidad, mientras que yo sentía los míos llenos de una intensa pasión, sentía que si dejaba de mirarla me marchitaría hasta morir. Me estremecía y temblaba por una mirada de ella, pero me negaba a demostrarlo, no podía decirle cuánto la deseaba y me limité a escucharla, sintiendo cómo mi alma sangraba.

Durante años me pregunté si estarías con vida; luego, cuando supe de ti, te casabas con mi hermana.

Dejó de mirarme, sus ojos se posaron en el agua y contuve el deseo irrefrenable de abrazarla. Me atreví a saciar mi deseo de saber cómo había sido su vida y, con voz insegura, le dije:

Quiero saberlo todo, cómo ha sido tu vida… ¿cómo era tu marido?

Sin dejar de mirar el agua, sin volverse hacia mí, me contestó:

Creí que se parecía a ti… ¡te echaba tanto en falta!… Creo que me casé porque él me recordaba a ti. —Siguió sin mirarme, pero la brisa me trajo su aroma y un escalofrío recorrió mi piel. Por un instante, cerré los ojos y seguí su voz—. Yo era demasiado ingenua para darme cuenta del hombre que era, demasiado ingenua para sospechar sus maniobras para tenerme. Intenté vivir contigo en mi recuerdo, pensaba en ti sufriendo en silencio. Mi mundo se había convertido en un infierno y tu recuerdo, en mi único refugio… luego, intenté olvidarte.

La vi levantar la mirada del agua y posarse en el horizonte, donde el sol descendía. Me di cuenta de que había encontrado, entre las cenizas de mi amor, su corazón intacto. Podía sentirla, quería hacer de ella, definitivamente y para siempre, una parte de mí mismo. Deseaba que toda ella estuviera siempre en mí. Y olvidé que la había abandonado, que otro hombre la había convertido en mujer. Ella era un sueño del que no quería despertar. Me levanté y la ayudé a bajar de la piedra lisa y grande, como tantas veces había hecho, pegándola a mi cuerpo. La rodeé con mis brazos y contemplé, con mis ojos llenos de lágrimas, su cara, su boca, sus ojos. Ella cerró sus brazos sobre mi espalda y recostó su cabeza sobre mi pecho… Apoyé la barbilla en su hombro, mi mejilla sobre su mejilla, y me abandoné al enloquecedor y desesperante impulso de amarla. Ahora que la tenía, no podía soportar perderla. Había luchado para olvidarla, había luchado para odiarla. Me di cuenta de que la amaba mucho más que a mí mismo y, sin embargo, me dije… “¡Esto no puede ser!”… No podía ponerla en peligro ni dejar que se quedara a mi lado. Amarla hubiese sido tan sencillo, tan gratificante... Pero la amaba demasiado para hacerla sufrir por mí. Abrazado a ella, sólo dije:

¡Ojalá la vida hubiese sido de otra manera!

¡Ojala! —respondió—. ¿Alguna mujer te recordó a mí? —preguntó, recostada en mi pecho.

Era agradable sentir el calor que irradiaba su cuerpo.

Ninguna mujer me ha recordado a ti, sólo han hecho que te extrañara más…

¿Ni mi hermana…?

Cristina nunca me recordó a ti. —No podía hablarle de mi dolor ni de mi soledad. Fluían mis lágrimas, unas lágrimas tan solitarias como yo.

¿La historia se puede recuperar? Nuestra historia… ¿podemos recuperarla?

Su pregunta me desarmó, la apreté con todas mis fuerzas contra mi pecho y, sin embargo, no pude contestar lo que ella quería oír.

Estoy aquí, escucho esta historia, nuestra historia. Estás en mi cabeza, en mi corazón, pero no puedo estar contigo… no soy bueno para ti… créeme, terminaría haciéndote daño.

Sentí cómo se separaba; me sonrió, pese a la tristeza de su mirada, una profunda tristeza que nos unía, que nos había cogido de la mano a los dos. Mis ojos la miraban con compasión, pero no pude ofrecerle ninguna palabra amable de consuelo, sabía que la lanzaba a otros brazos y sentí que algo se rompía dentro de mí.
Esa noche, cuando todos dormíais, me vestí en solitario, me puse mi camisa negra, tan negra como mi ánimo, y salí en busca de consuelo por los tejados.»
Avatar de Usuario
Unicornio
 
Mensajes: 1887
Registrado: Mié Jun 12, 2013 10:50 pm
Ubicación: TARRAGONA

Gonzalo de Montalvo... mi padre, por Begoña

Notapor Unicornio el Vie Ago 28, 2015 1:54 am

25a

Amanece, y camina perdido entre los árboles, todo es silencio. Piensa en un lugar detrás de las colinas que tiene delante; quizás en la siguiente colina o quizás detrás del siguiente barranco, coronado por un arcoíris, podrá encontrar el camino que lo lleve a su pequeño mundo. Está completamente solo, es un hombre solitario en medio del inmenso bosque. Escucha el silencio, deseando que le llegue el rumor del mar que buscaba. Le parece estar aún muy lejos y duda de si sabrá volver, siente que es demasiado para él… está cansado y hambriento.
El día cae, los pocos rayos de sol que se han atrevido a atravesar las espesas copas de los árboles empiezan a ocultarse. Siente frío; lleno de fatiga, teme y espera la llegada de la noche oscura. Sus manos tiemblan, sus pies sangran, doloridos, dentro de sus botas gastadas. Siente que, gracias a sus sueños, resiste el frío y el cansancio. Evoca su último año y agradece, dentro de su alma, haberlos encontrado. Lo habían aceptado sin preguntas, sin resquemor. Habían ido curando poco a poco sus heridas, sanando su cuerpo maltrecho y reconstruyendo su alma moribunda. Cuando llegó al poblado se habían extinguido las risas en su vida, sólo había rabia y dolor en el infierno en el que vivía.
Había abandonado la llanura adentrándose en los bosques tupidos de la selva. Asqueado, había dejado atrás la vida que conocía. Se encontró con hombres y mujeres de rostro amable, de ojos oblicuos y labios finos. La piel morena tatuada, adornados con plumas en el pelo y pieles cubriendo sus cuerpos. Con ellos había cazado y pescado, había vuelto a usar el arco y la flecha. Se había sentido cómodo en las cabañas de barro y paja. Libre, navegando en las ligeras canoas río abajo. Feliz ante las risas de los niños; feliz ante las dulces mujeres que enseñaban, sin ningún pudor, sus pechos, que le sonreían continuamente, que calentaban sus noches y alimentaban su cuerpo.

«Busca la tierra sin mal, busca la morada de Ñandey… que la luz de los años te sirva para ver más claro el camino». El semblante sereno del anciano, la bondad de su mirada, sus palabras, habían sido su compañía, al abandonar el poblado y seguir su camino.

Él conocía la leyenda; se movían en un continuo peregrinar buscando a la mujer del creador, buscando su morada, la tierra sin mal, al este, cerca del mar.
Él sólo busca el mar, un mar que lo devuelva a su tierra, que lo acerque a su sueño.

Siente la tormenta antes de que llegue, siente la humedad en el viento antes de ver iluminado el cielo, antes del estruendo de los truenos. Busca refugio a su alrededor, los árboles sólo lo mantendrán a salvo por un escaso tiempo, necesita algo más sólido, no quiere pasar la noche mojándose. Saca fuerzas, que no creía tener, y corre hacia la colina. Siente que el viento trae aroma a sal, a brisa marina, y entonces llega la tormenta, llega la lluvia torrencial y él sube la colina. Cree oír el mar, cree verlo a través de la cortina de agua, olerlo en medio de la humedad, y sigue corriendo, tropezando y subiendo. Ha dejado los árboles y el viento obstaculiza su paso. A la luz de los relámpagos, divisa el lejano horizonte, un horizonte sin colinas. Siente sus lágrimas correr, hermanadas con la lluvia, deslizarse juntas por sus mejillas. Seca sus ojos con la mano, en un intento de ver a través del agua, aspira el aire y no duda, el horizonte sin fin es el mar.
Se desliza tanteando con las manos el camino, baja entre los peñascos del acantilado hasta sentir la arena en sus botas. Busca refugio entre dos rocas y espera que la noche no sea larga.

La tormenta ha pasado y el viento es clemente con él. Aterido de frío, frota sus manos ante la pequeña hoguera que ha podido hacer, el sol ha salido sin fuerza entre nubes blancas. El mar ruge ante él, trae y lleva las olas en un baile incesante, hipnotizando su mirada en el vaivén. Abstrayéndose de su entorno, rendido al recuerdo, ve, extasiado, la presencia invisible de María ante él.
Lo desazona verse encerrado en sí mismo, ya no siente lo mismo que antes sentía. Se había creído más fuerte de lo que era, se había creído invencible. De pronto, parece que ha perdido toda su experiencia acumulada. Quizás a su edad todas las emociones se pierden. Nota una vasta soledad y crueldad detrás de todo lo que ha vivido.

Siente que la tristeza crece frente a lo irremediable, el dolor por lo perdido es inevitable, la certeza de que su silencio fue necesario le hace sentir, con amargura y reconocimiento, el amor de su padre. Un reconocimiento que llega demasiado tarde, con la amargura por no haber sabido ver que su padre lo amó más de lo que él nunca pudo suponer.

Frente a ese mar, solo y con el alma atormentada, ha encontrado su tierra sin mal, su Ñandey particular. Como si la más delicada flor fuese guardada en el cuero que tiene entre sus manos, va descubriendo sus cartas con esmero y cuidado. Sólo las mira, no las abre, se las lleva a los labios y, como una oración, susurra: «Bendito seas, padre, por fin te he encontrado».

Lejanos murmullos, sollozos ahogados, golpes secos lo sacan de su ensoñación. Es el primer sonido, que no es el del mar, que oye desde que llegó a la orilla. Al otro lado de las rocas el sonido crece, corre hacia él para enmudecer. Hombres encadenados suben a una pequeña barca camino del barco que, en altamar, está fondeado.
No esperaba ver piratas. Demasiado tarde, trata de esconderse. Alonso es encañonado y, junto a los esclavos, llevado rumbo a altamar…



«Durante todo este tiempo que llevo escribiendo, he tratado de que entiendas mis decisiones, el porqué de mis silencios. Quizás al desnudar mi alma, al decirte mis sentimientos, haya logrado hacerme perdonar.
Podría haberte contado aventuras, intrigas que ya he olvidado. Podría haberte hablado de nuestra familia, esa familia que no has conocido, esa familia que yo he arrinconado en el fondo de mi mente.
A pesar de tu descontento, era importante que supieras lo que significó Wudang para mí. Quise formarte en lo que amé, apartarte de la ruindad.
Con pudor y dudas, te he hablado de mis amores, todos importantes para mí. Te he contado desde mi primera vez hasta llegar a tu madre.
Con dolor debo seguir. Los recuerdos, aunque bellos, me hacen sufrir. No puedo ni debo parar. Ella fue el amor de mi vida y también te lo debo contar…
Avatar de Usuario
Unicornio
 
Mensajes: 1887
Registrado: Mié Jun 12, 2013 10:50 pm
Ubicación: TARRAGONA

Gonzalo de Montalvo... mi padre, por Begoña

Notapor Unicornio el Vie Ago 28, 2015 1:55 am

25b

El tiempo pasaba, esquivando miradas, evitando hablar si no podíamos escudarnos en otras personas. La tristeza se adueñaba de nuestra vida, sobre todo en ella. Sus hermosos ojos se apagaban, su voz languidecía. Mi corazón lloraba en solitario y mi actitud fría hacía que ella enmudeciera.
Tomó la decisión de abandonarnos, era demasiado para ella seguir a nuestro lado. Me entregó una carta que debía darte al día siguiente de su marcha, la tomé diciéndome que era lo mejor, tú lo superarías.
El último día llegó lleno de niebla y lluvia, como si el cielo llorara lo que yo no hacía. ¡Qué triste estaba el día!… Llovía sin cesar, cómo sentí mi corazón solitario ese día de niebla y lluvia. Dejé caer la tarde sin hacer nada, esperaba su vuelta, con mi alma solitaria dolorida. Bajo la mirada acusadora de Sátur, hacía que leía. La lluvia no cesaba, pedí que cuidara de ti, que no nos esperara y, ante su alegría, salí a buscarla.
Caminaba despacio, como si la lluvia no le importara. Su toquilla blanca sobre los hombros, su mojado pelo negro pegado a la cara. Detuvo su paso en mitad del camino, al vislumbrar el caballo, alzó su cara cubierta de lágrimas hacia mí. Tendí mi mano hacia ella, no se movió, seguí con mi mano extendida y le supliqué que me dejara llevarla. Cogió mi mano y la coloqué a la grupa, detrás de mí. Me estremecí al sentir sus brazos rodeándome, al sentirla pegada a mí. Galopé hacia el norte, hacia la cabaña que guardaba en secreto. La ayudé a bajar del caballo, pegándola a mi cuerpo; sintiendo su rechazo, la solté. Abrí la puerta para que entrara, fui encendiendo velas, una a una, hasta conseguir que la cabaña quedase iluminada. Encendí en silencio la chimenea, ante su penetrante mirada.

¿Es aquí donde vienes por las noches? … ¿Es aquí donde encuentras consuelo? —Sentí su voz, como la daga más mortífera, clavarse en mí.

No es lo que crees… nadie ha estado aquí.

¿No?… ¿Quieres hacerme creer que la tienes preparada para que no venga nadie? —Alzó la voz, podía notar su frustración. Era ahora o nunca, me dije.

La preparé para ti.

¿Qué? —Sentí su furia crecer como un huracán, apenas tuve tiempo de cerrar la puerta que había abierto y evitar que saliera. Sentir su mirada clavada en mí, oír sus reproches llenos de desilusión—. ¿Cómo has podido?… ¡No soy de esa clase de mujeres!… ¿Qué te ha hecho creer que accedería?

¡No es eso, Margarita!… Jamás se me ocurriría pensar eso de ti… Pero soñaba poder compartirlo contigo, soñaba poder estar aquí contigo… es lo único que podía hacer, soñar. —Seguí hablando, descargando mi alma atormentada, sintiendo el miedo a perderla—. Estoy cargado de un secreto, un secreto envuelto en silencio… sólo puedo darte mi silencio oculto en la oscuridad. —Veía sus ojos, esos ojos hambrientos de mi secreto.

Agotado y con miedo a herirla, cogí su mano y la llevé hasta el arcón. Le ofrecí mi secreto envuelto en un traje negro, le ofrecí mi vida en una katana con un águila roja.

¿Por qué me has mentido? —me preguntó, con frialdad.

Nunca quise hacerlo, Margarita. Nunca pretendí engañarte, sólo era miedo a perderte.

Pero lo has hecho —dijo, apartándose de mi lado—. Me has engañado y me has herido. —Su dolor se percibía en su rostro contraído, en la tensión de su cuerpo.

Quise tocarla y ella retrocedió. Pasé la mano por mi barba, pensativo. La detuve en mi boca, desesperado ante su frialdad y sus acusaciones. Entendía cómo se sentía, la miraba seriamente, pero no sorprendido. Bajé la vista, como si en el suelo encontrase la respuesta a lo que me pedía, y sólo pude decir:

¡Lo siento!… —Su mirada era de una profunda tristeza. Comenzó a llorar y no me moví, dejé que lo hiciera por ella y por mí. Cuando dejó de llorar, ya era noche cerrada. Me arrodillé a su lado y volví a decir—: ¡Lo siento!

Me levanté para irnos y, al darme la vuelta, su voz me paralizó.

Tienes una luz en los ojos que te transforma de hombre apuesto a hombre único. Tu mirada, tras el embozo, me decía que eras tú. Me negaba a creerlo, creí que era mi deseo de que tú me miraras como él. —Se había levantado y permanecía de pie en el centro de la estancia, los brazos a lo largo del cuerpo, sus ojos fijos en mí.

Levanté su barbilla, alcé su cara hacia mí. La besé en los párpados, en la comisura de los labios. La besé primero con suavidad, apenas rozándola, y luego con avidez, con la certeza de ser correspondido. Sus labios contra los míos, su lengua jugando con la mía. Sentí el tenue sabor de su boca, sabor a vida, a deseo, la firmeza de sus labios. Me miró interrogante, pero yo no podía hablar, había deseado tanto tenerla así, que sentía ganas de llorar. No sabía cómo decírselo, sólo tomé su cabeza entre mis manos y volví a besarla.
Sus dedos se enredaron en los botones de mi camisa; los míos, en los cordones de su corpiño. Cogí su mano y me la llevé al pecho. El súbito endurecimiento de mi boca sobre su cuello provocó una reacción invencible y tan aguda que me sentí desfallecer, pensé que me caía, y era verdad, mi cuerpo no sabía cómo había llegado a estar tumbado en el suelo junto al fuego de la cocina. Me había quitado completamente la camisa, veía el fuego reflejar su luz sobre su cuerpo. Ella estaba tendida, desnuda, no fui consciente de cuándo había desaparecido su ropa. Veía su hermosa boca, su cuerpo deseable bajo el mío. Ella me agarró del cabello y me atrajo hacia sí, se aferró a mí, abrazó mi cintura, mientras yo la sujetaba contra mi cuerpo con todas mis fuerzas, mientras me perdía en su cuello, sintiendo sus lágrimas en mi cara. Nos amamos, mientras el mundo se hundía en el marco diminuto de la chimenea, cuya luz luchaba contra la oscuridad. Ella se abandonó a lo que yo quería y descubrí algo que no había advertido: que debió de haberme amado mil veces en su imaginación, igual que yo la había amado a ella.
Pasaron los minutos envueltos en una paz innegable, respirábamos al mismo ritmo pausado y fácil, su mirada brillaba de alegría. Apoyada la cabeza en mi pecho, deslizaba sus dedos y jugaba con el vello. Acariciaba mi torso desnudo, mis brazos, mis hombros, recorría con sus dedos mi cuerpo desconocido, como si quisiera retener en su tacto todo mi recuerdo. Cerré los ojos y me abandoné al placer de sus manos en mi cuerpo, al placer de sus dedos recorriendo mi piel, su lengua, sus labios, sus manos… Nuestros labios, ardientes. Nos besamos… fuimos despacio. Me perdí en los bosques de la locura que su cuerpo me ofrecía, en su melena hirviendo de luna, en sus pupilas de estrellas. Deseé que esa noche durase una eternidad.
Escasamente me di cuenta del paso del tiempo. La primera luz del sol inundaba la habitación, había cesado la lluvia. Me desperté contento, feliz, por primera vez desde hacía demasiado tiempo. Tenía una sonrisa de entrega total, de felicidad, cuando le pedí que se casara conmigo.»
Avatar de Usuario
Unicornio
 
Mensajes: 1887
Registrado: Mié Jun 12, 2013 10:50 pm
Ubicación: TARRAGONA

Gonzalo de Montalvo... mi padre, por Begoña

Notapor Unicornio el Vie Ago 28, 2015 1:56 am

26a

Sentado en el suelo, meciéndose con el barco, observa a los hombres que, encadenados como él, duermen unos junto a otros. Lleva semanas compartiendo el reducto oscuro en el que se encuentra, soportando el mareo y el olor insalubre de los vómitos. Semanas desde que perdió sus cartas. Luchó como un loco por ellas, no le importó la amenaza, no sintió los golpes, imploró, arrodillado y con lágrimas, que se las devolvieran, trató de que entendieran que no tenían valor. De nada sirvieron sus súplicas, acrecentaron el deseo de poseerlas. Fue arrojado por la trampilla, rodó por la escalera hasta el lugar donde ahora permanece, llegó al suelo magullado y herido por su pérdida. Ha llorado cada noche por ellas, quiere creer que no han sido destruidas, cada noche las ha leído mentalmente, en un esfuerzo por no olvidarlas. Siente que, con su pérdida, ha perdido definitivamente a su padre. Es un sentimiento fuerte y doloroso, como no había experimentado nunca.

Una patada sobre sus pies lo saca del duermevela en el que se encuentra. El hombre que ha entrado tira de sus manos encadenadas poniéndolo en pie, con voz ruda le pide que lo siga. Alonso no pregunta, lo sigue a través de la escalera de madera, a través de estrechos pasillos hasta llegar al camarote. Sentado ante una mesa grande y recia se encuentra el capitán. Alonso no lo ha vuelto a ver desde que embarcó. Su mirada se fija en el envoltorio de cuero que hay encima de la mesa. Sabe que son sus cartas, siente una especie de alivio por saberlas a salvo y una desazón, un miedo a que hayan sido leídas, a que la intimidad de su padre haya sido expuesta a ojos indeseables. Se había culpado por haberlas perdido, por no haberlas dejado a salvo y haberlas llevado consigo. Ahora, se culpa por haber permitido que otros ojos las hayan visto.

¡Siéntate! —No es una petición, es una orden que va acompañada del empujón que recibe del hombre que lo ha llevado hasta allí.

El capitán ordena al hombre que le quite las cadenas y que los deje solos. Cuando cierra la puerta al salir, la expresión del capitán se transforma. Abandona la dureza de su rostro, la indiferencia con la que lo ha recibido. Su voz resulta amable, cuando le pide que recoja sus cartas.

Deberías tener más cuidado con tus tesoros… es peligroso llevarlos encima, siempre hay ladrones al acecho, y no me digas que no tienen valor, como gritabas. —Alonso las coge sin poder pronunciar palabra; es tanto el miedo que ha sentido al creerlas perdidas, que el alivio al tenerlas en su mano le hace cerrar los ojos y besarlas—. ¿Eres Alonso?… ¿Eres el hijo de Gonzalo? —Alonso asiente. No sabe qué pensar ante el hombre que le pregunta—. Conocí a tu padre… también conocí a Richard, era su grumete cuando rescatamos a tu padre en el mar. Ha sido muy interesante la lectura estas noches… reconozco que no he podido dejar de leerlas. —Mira directamente a Alonso al decirlo, ve la expresión en su rostro, el odio en sus ojos y sonríe, dejando ver un hueco entre sus dientes—. ¡Tienes un valor incalculable… el hijo de Águila Roja! —una risotada inunda el camarote—, ¡aún hoy, vales tu peso en oro, estoy seguro! —El silencio pesa en el camarote. Alonso no sabe de lo que es capaz el hombre que tiene delante y no había pensado que él pudiese tener algún valor, apenas se ha parado a pensar en lo que su padre fue y en las consecuencias que le puede traer lo que fue. Ahora es consciente de ser el hijo de un héroe, el hijo de un hombre perseguido por la ley—. Nunca traicionaré al hijo de Gonzalo, tranquilízate. Te llevaré lo más cerca que pueda de tu destino… ¿Dónde ibas cuando te recogí en aquella playa?

Sólo intento regresar a casa…

Eso fue dicho hace mucho tiempo, en un barco y a un pirata…
Un recuerdo que esta mañana lo inunda, al enseñar geografía en el mapa, al oír decir a los niños que ese mar está lleno de piratas.
Alonso se siente feliz con la escuela y con los niños. Piensa que observar a los niños que aprenden es tan embriagador como el sabor del mejor vino. Sabe que un maestro es necesario para llenar una mente de ambiciones y apetitos por el mundo, más allá de las propias fronteras. Y esa es la misión que él se ha encomendado, seguir la misión más heroica de su padre: enseñar a pensar.
Apenas lleva dos años enseñando, tres desde que regresó y se instaló en su casa, una casa donde ya no le pesa el silencio, una casa que ama y cela como si fuese un santuario.

Siente la emanación fría de las piedras, sube los gastados escalones, empuja la puerta y entra silenciosamente. Su casa vacía lo acoge, el fuego que dejó en la chimenea atesora cálidas brasas. Se acerca y aviva el fuego, calienta su cena mientras piensa en los recuerdos que ha tenido en su escuela. Recuerdos que han avivado un deseo de volver a tocarlas. El deseo de volver a leerlas se va apoderando de él mientras termina su cena.
Una ráfaga repentina de viento frío se cuela por las rendijas del marco de la ventana, se agita, se eleva y arrastra una tenue ceniza gris y blanca desde el hogar hasta sus pies.
Se ha acostumbrado a preguntarle a su padre, mentalmente, lo que él haría o lo que él pensaría, a hablar en silencio con él. Siente su dulce voz en su corazón y ve una señal en la ceniza a sus pies.
Sube a la guarida, donde guarda el arcón con su ropa, sus armas, todo lo que recuperó en cuanto volvió a la Villa. En un compartimento secreto, bajo llave, custodia sus cartas.
Sentado en la tarima, va abriéndolas, recordando el camino que ha recorrido hasta reconciliarse con él mismo. Un camino que tenía ante él, que lo había traído de más allá del horizonte hasta llegar a su casa. A cada paso que daba lo sentía a su lado, lo guiaba hasta llegar a la ribera, hasta el lago. Encontró un lugar seco sobre la hierba y se sentó. Pensó que, desde que se fue, había estado regresando y ahora que estaba aquí necesitaba detenerse y recuperar el aliento. El lago le traía recuerdos de su padre, pero también recuerdos de María, y eso era demasiado para él. Caía el día y el sol se ocultaba, secó sus lágrimas, y se preparó para recorrer el final del camino.

Un golpe en la puerta lo saca de sus pensamientos. Un nuevo golpe hace que se deslice por la trampilla hasta su habitación. Uno más, antes de que abra la puerta. No sabe reaccionar, está de pie, agarrado a la puerta, mirando sin dar crédito. María, más bella que nunca, permanece en silencio mirándolo.

¡María! —Sólo puede decir su nombre, teme echarse a llorar. Le resulta imposible apartar la mirada de María, el lamento que había reprimido se ha exteriorizado con un dolor tan agudo que lo ha llevado al silencio. Tras un momento eterno, en el que su cuerpo se ha estremecido, puede mantener el equilibrio y logra decir—: ¡Entra, por favor!
Avatar de Usuario
Unicornio
 
Mensajes: 1887
Registrado: Mié Jun 12, 2013 10:50 pm
Ubicación: TARRAGONA

AnteriorSiguiente

Volver a Relatos

¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 1 invitado

cron