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Cajón desastre total, sin reglamentooooosss

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Re: Cajón desastre total, sin reglamentooooosss

Notapor begoña el Mié Sep 14, 2016 12:54 am

Amo tu nombre en mi boca…


Capítulo 18


Un amanecer helado acompañaba a Gonzalo mientras volvía a su casa. A lomos de su caballo, luchaba por dominarse, por controlar el arrebato de violencia que lo invadía, trataba de soportar la amargura en la que la culpabilidad lo había sumergido.
La furia y el desconcierto, por la muerte de su hijo, iban cediendo el espacio a una pena negra y profunda que le ahogaba el alma, una angustia tan intensa que no creía poder soportar y que le hacía sentir el inexorable peso de su soledad caminar por siempre junto a él. Abatido, dejaba que las lágrimas resbalaran silenciosas, hasta que el viento gélido las barría de sus mejillas, mientras una oleada de dolorosos sentimientos se apoderaba de él y, en su mente, surgían los reproches: tantas puertas cerradas, tantas palabras no pronunciadas, tantos deseos reprimidos, tantas irreparables ausencias. Margarita lo había cerrado todo delante de su hijo… y él lo había consentido.

Bajo una tupida lluvia, la tarde caía fría y oscura. Sentado en el borde de la cama, hierático y ausente, oyendo el sonido hipnótico de las gotas al estrellarse contra el cristal, Gonzalo dejaba que las horas pasasen inertes. Un profundo desconsuelo lo dominaba, un dolor insufrible mantenía atormentada a su alma. Sentía tanta impotencia y desesperación, tanta culpabilidad… ¿por qué lo había consentido?, ¿por qué prometió alejarse de ellos? Por más que lo intentaba, no podía sacar de su mente la imagen de su hijo exánime en el agua, una imagen formada a través de las palabras de Catalina, tan reales, para él, como si lo hubiese presenciado. Catalina había sido sus ojos y sus oídos durante los cuatro años en los que Gonzalo había tratado de cumplir su promesa; cuatro años que se habían ido acumulando sobre sus hombros como una carga insostenible.
Sintiéndose incapaz de cumplir la palabra dada, escondido, desde la distancia, había visto crecer a su hijo. Desde la distancia, entre las sombras, amándola, había visto a Margarita, en el jardín, pasear por las noches.
Sentado en el borde de la cama, escondiendo la cara entre sus manos, sintiendo cómo su cuerpo se convulsionaba con violentos sollozos, recordaba desesperado los pasos apresurados, el llanto, las palabras entrecortadas de Catalina diciéndole que su hijo había muerto. Rogando por que no fuese cierto, había salido de su casa corriendo hacia el palacio. Suplicando interiormente que Catalina estuviese equivocada, había llegado hasta la puerta cerrada de la habitación de Margarita. Luchó por hacerse oír, por vencer los gritos terroríficos, cargados de odio y de miedo, que traspasaban la puerta y rebotaban con furia por las paredes. Margarita había convertido su alcoba en una tumba y había cerrado la puerta sobre ella, había cerrado las ventanas al mundo que la rodeaba.
Vencido, sin poder acercarse a ella, sin fuerzas para seguir escuchando, abandonó el palacio.

Sátur penetró en la habitación seguido de Catalina. Ambos se detuvieron un instante, al ver a Gonzalo con la cara escondida entre las manos y su espalda sacudida por los sollozos.
Amo… —como un lamento, se formó la palabra en los labios de Sátur.
Deseó poder decir algo que paliase el dolor de Gonzalo, pero el desconsuelo, que se reflejaba en el maestro, lo enmudeció.
Gonzalo enderezó la espalda y levantó la cabeza para mirarlos. Las lágrimas afloraban a sus ojos y las secó con el dorso de la mano.
—¿Qué ocurre? —La voz de Gonzalo destilaba una amargura abismal.
—¡Margarita ha salido a caballo y no ha vuelto! —gritó Catalina, retorciéndose las manos, nerviosa. Debilitando el tono alarmado de su voz, rogó—: Tienes que buscarla, Gonzalo… tengo miedo de que haga una tontería.
Gonzalo sintió una sensación desagradable que le invadió el estómago y que creció sin cesar hasta que sintió la bilis en la garganta. Tenía miedo. De repente, sintió un miedo atroz de que Margarita estuviese en peligro. Le pidió a Sátur que preparase el caballo, mientras intentaba tranquilizar a Catalina y, cogiéndola por los brazos para que lo mirase, le dijo:
—¡La encontraré, no te preocupes!
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Re: Cajón desastre total, sin reglamentooooosss

Notapor begoña el Mié Sep 14, 2016 12:59 am

18/a
Cubierto por un cielo que se ennegrecía progresivamente, sintiéndose desorientado y vacío, Gonzalo galopaba, sin rumbo, bajo la lluvia tratando de encontrar un rastro entre las sombras de la noche. Cuando la tempestad se desató con implacable furia y los nubarrones oscuros se cargaron de electricidad, la luz blanca de los relámpagos iluminó los árboles doblados por el viento, haciéndolos parecer espectros. La catarata de lluvia le impedía ver más allá de su cabalgadura y las gotas del aguacero se mezclaban con sus lágrimas. El agua y las constantes ráfagas azotaban, con furia, su cuerpo. Apenas oía el ruido de los cascos de su caballo. El sonido del viento, al chocar contra los árboles, y los continuos truenos ensordecían todos los demás sonidos. Gonzalo seguía adelante, sorteando un suelo escurridizo por las hojas caídas y las ramas desprendidas. La oscuridad lo envolvía, el miedo y la angustia le apretaban la garganta. Por fin, derrotado por la naturaleza, se detuvo y buscó refugio entre dos grandes rocas.
Cuando ya la noche agonizaba, en la negra y gélida hora que precede al amanecer, Gonzalo sintió crecer, acuciante e incesantemente, un presentimiento dentro de él, tuvo la convicción de saber dónde estaba Margarita. Abandonó el refugio de las rocas, montó en su caballo y se dirigió al lago.

En la tenue luz del alba, la vio avanzar hacia el agua. Tuvo la increíble certeza de lo que ella se proponía. Confiando en su destreza y en la rapidez de su montura, azuzó al animal en una galopada salvaje hasta la orilla. Saltó del caballo sin que éste se hubiese detenido. Sus botas se hundían en el barro, dificultando su carrera desenfrenada para poder detenerla. Se metió en el agua, cuando Margarita ya desaparecía.
Avanzó corriendo, gritando, nadando, sumergiéndose desesperado, emergiendo agonizante y volviendo a sumergirse, hasta tres veces, desolado.
Finalmente, emergió arrastrando a Margarita tras él. Estaba muerto de miedo y, al mismo tiempo, sentía crecer dentro de él una potente furia que lo ayudaba a llegar a la orilla.
¡No te mueras! —le imploró, cayendo de rodillas a su lado—. ¡No te mueras! —gritó de nuevo, mientras trataba de que ella expulsara el agua—. Margarita, por favor, no te mueras —suplicaba llorando, mientras la abrazaba—. Margarita, Margarita —repitió hundiendo la cara en sus cabellos, cuando ella tosió escupiendo el agua.

Margarita abrió los ojos. Poco a poco volvió en sí. Miró alrededor momentáneamente perdida. Oía el tono desesperado de un ruego, el tono suplicante de su voz. Tomó conciencia de dónde estaba, de con quién estaba, de sus pensamientos. Y el dolor, que el agua había mitigado, irrumpió con una fuerza nueva, devastadora, que le recorrió la columna vertebral expandiéndose por todo su cuerpo. El dolor era tan asfixiante… era como una nube negra que no le dejaba ver nada; el dolor lo oscurecía todo, le impedía pensar. Se sentía condenada, castigada a vivir, cuando lo que ella deseaba era volver a sentir cómo la oscuridad la rodeaba y se llevaba aquel dolor tan insoportable que vivir le producía.

Gonzalo esperó, en silencio, a que la mirada ausente de Margarita desapareciera de ella y regresara la expresión conocida.
Estoy aquí —le decía con suavidad, mientras la acariciaba—. Ya ha pasado.
Cogiéndola en brazos, se dirigió hacia el bosque, en el lugar donde se encontraba su caballo. Tras depositarla en el suelo, la despojó de sus ropas mojadas y la cubrió con una manta. Ella, sin fuerzas para sobrevivir, dócilmente se dejaba hacer.
Gonzalo… —su voz sonó ronca.
Quiso añadir algo más, pero no supo qué decirle. Veía la tristeza, el dolor y la culpa mezclados en su semblante, en esos ojos que la miraban, que la quemaban. Nadie, ni siquiera él, podía ayudarla. «Tranquila…», le oyó decir, mientras cerraba los ojos.
No quería mirarlo, no quería ver su rostro tan igual al de su hijo. De repente, sintió que la embargaba un extraño sentimiento de irrealidad: su hijo se había vuelto grande y fuerte y la sujetaba con sus fuertes manos.
En su mente fluctuaron imágenes y sensaciones sueltas: un caballo, un relincho, un grito… y agua. Agua y unos brazos que la arrastraban; agua y una súplica que la atraía a la superficie, una voz que la enfrentaba a la realidad.
Él era real; estaba allí, tenía los ojos anegados de lágrimas y la abrazaba. No quería que estuviera allí y, sin embargo, una parte de ella anhelaba refugiarse en sus brazos. Estaban cayendo juntos en aquel abismo tenebroso del dolor, pero, al mismo tiempo, separados. Un abismo inmenso y profundo se abría entre ellos, un silencio infinito, sin fin. Margarita dejó que el abismo la engullera, que el silencio la inundara y la arrastrara lejos de la realidad, que la sumergiera hasta el lugar secreto donde no había dolor.
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Re: Cajón desastre total, sin reglamentooooosss

Notapor begoña el Mié Sep 14, 2016 1:03 am

18/b
Gonzalo optó por llevar a Margarita a su casa. No quería dejarla sola en el palacio, no quería separarse de ella, pues él también sufría el mismo dolor, sentía el mismo vacío, la misma soledad destrozándole el alma. Juntos podrían superar el dolor… ese dolor y esa pena que los embargaba a ambos. Con la mano de Margarita entre las suyas, permaneció el resto del día y toda la noche velando su sueño inquieto.
Cuando el sol rompía la penumbra, Margarita abrió los ojos lentamente. Despertó de la bruma del dolor y del perturbado sueño. Parpadeó varias veces para acostumbrarse a la luz y despejar las lágrimas y una momentánea sensación de vértigo despertó sus sentidos, al ser consciente de su entorno.
Gonzalo se tragó la angustia que empañaba sus ojos, el corazón le latía tan deprisa que le dolía el pecho.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó, intentando llenar el hueco que ocupaba el incómodo silencio.
Margarita no contestó, no podía responder, no podía respirar, se sentía como si un gran agujero creciera en su interior, vaciándola y sometiéndola. Tenía un terrible e intenso miedo a vivir, sólo deseaba no sentir. Retiró su mano de las suyas y cerró los ojos en un ademán de silenciosa súplica. No podía soportar mirarlo, su hijo se parecía tanto a él… lo veía en su cuerpo, en su cara, y se le rompía el alma. El dolor de echar de menos a su hijo era como un cuchillo clavado en el corazón… dolía demasiado.
Gonzalo miraba, impotente, el desamparo de Margarita, el llanto lento y silencioso que sus lágrimas mostraban brotando de lo más profundo de su ser. Consciente del dolor y la desesperación que la atormentaban, decidió respetar su silencio y abandonar la habitación.
Catalina te ha traído ropa, está encima del arcón… te dejo descansar —le dijo, antes de cerrar la puerta tras él.
Margarita no lo miró, pero agradeció, en silencio, que la dejase sola. Entre lágrimas, había tratado de escapar de aquella mirada que la hacía temblar, de la calidez de sus manos sosteniendo su mano. De pronto, se sintió acosada por recuerdos de Gonzalo: el colgante y su promesa de amor, el duelo, la huida, el regreso… su primera vez en la cocina, la cabaña… descubrir su secreto. Al asaltarle los recuerdos, desolada, notó un sufrimiento abismal e íntimo, un desgarro interior que la mortificaba, que aumentaba el vacío que sentía en el alma. Tenía que salir de esa cama, irse de su casa. Aunque sólo el hecho de pensar en regresar al palacio le producía una terrible opresión en el pecho.

Oculto en la placidez y el silencio de la lectura, Gonzalo trataba de encontrar un poco de sosiego para su alma. Cerró el libro, al oír el golpe de la puerta al cerrarse. Lo abandonó sobre la mesa, al escuchar los pasos en la escalera.
Envuelta en una capa negra y el pelo suelto sobre los hombros, Margarita llegó al pie de la escalera. Apoyada con una mano en la baranda, se detuvo al ver a Gonzalo. Él sintió temor de perderla, al verla envuelta en la capa. Las tablas del suelo crujieron bajo sus pies, cuando, casi corriendo, avanzó hasta ella y se detuvo a su lado. Margarita había adelgazado y su tez morena se veía pálida. Unas grandes ojeras circundaban sus ojos negros, dándole a su rostro una expresión de infinita tristeza.
Me voy, Gonzalo —dijo Margarita, débilmente.
Quédate… no quiero que te vayas, Margarita.
No soportaba pensar que ella se marchaba. Sentía un dolor insoportable al verla decidida a hacerlo.
No puedo, Gonzalo. —Esquivó su mirada mirando al suelo, e intentó bajar el último escalón.
Gonzalo no se movió, se acercó más a ella impidiéndole avanzar. Le recorría el brazo con los dedos, sin ocultar que le temblaban; sentía en carne viva las yemas de los dedos con los que la tocaba, pero no los levantó de su brazo.
Dime qué puedo hacer para que te quedes, cualquier cosa, lo que sea. Margarita, déjame intentarlo. —A Gonzalo se le apagó la voz. Acercó su mano hasta el rostro de ella, en una caricia que era una súplica.
Margarita no le respondió. Inmóvil, lo miró confundida, de una forma que a Gonzalo le llegó al alma. Parecía tan débil, estaba tan delgada, con una expresión tan triste… Él se sentía morir bajo su mirada, pero no quiso volverse, ni apartarse, ni dejar de mirarla. Durante un instante, él también se quedó inmóvil, tan inmóvil como ella, como si su roce inesperado los hubiese inmovilizado a ambos.
Margarita tenía la sensación de estar demasiado cerca de Gonzalo. Pero él no se movía, cubría con su cuerpo el hueco de la escalera y ella tampoco podía moverse.
Se quedaron mucho rato en silencio: Gonzalo esperando que aceptara; Margarita aturdida por su súplica.
Gonzalo trató de expresar lo que sentía, trató de hablarle del niño.
Margarita, nuestro hijo… —pero se le quebró la voz.
—¡No lo nombres!... por favor, no lo hagas. —La voz de Margarita tembló de ira. En un instante de furia, emergió toda la ira que ni siquiera sabía que tenía.
De repente, se habían convertido en dos extraños. Ella le negaba el acceso a su alma, le impedía compartir sus recuerdos, su dolor. Mirándola en silencio, incapaz de expresar en voz alta el dolor, el amor y la admiración que sentía por ella, él se hizo a un lado dejándola pasar.
Hundido en la desesperación, viendo cómo Margarita abandonaba definitivamente su casa, Gonzalo la sujetó por el brazo en un último intento por detenerla.
Margarita… —suplicó, sin soltar su brazo. Ante la frialdad con la que ella miraba la mano que la sujetaba, la soltó—. Te esperaré. No me cierres la puerta para siempre. No me pidas que me rinda.
No lo hagas, no me esperes —contestó Margarita, reprimiendo la melancolía que su ruego le producía.
Llevo toda mi vida esperándote… seguiré haciéndolo. —dijo Gonzalo, temblándole la voz casi hasta quebrarse.
La vio marchar. La esperaría todo el tiempo que hiciese falta. No se rendiría nunca. Lo único que quería era que Margarita volviera. Seguiría intentándolo hasta que ella comprendiera que se necesitaban el uno al otro.
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Re: Cajón desastre total, sin reglamentooooosss

Notapor begoña el Mié Sep 14, 2016 1:08 am

18/c
Dentro y fuera del palacio habitaba el invierno. La luz era grisácea, los densos cortinones no dejaban pasar el sol y por los pasillos circulaban insidiosas corrientes de aire frío. Dentro de sus muros reinaba el silencio, hasta que un leve sonido lo sustituía para volver a convertirlo en silencio.
Para Margarita, los días eran infinitos, en la soledad del palacio. El dolor impregnaba todas las horas del día; las noches le resultaban imposibles, se consumía en la oscuridad. Sus peleas con las sombras nocturnas siempre terminaban en llanto.
Cada noche, entre sábanas heladas, en completa soledad, imploraba a Dios que le permitiese a su hijo acudir a sus sueños. A veces, el sueño la mecía dulcemente y le regalaba la visión de su hijo jugando en el jardín, bajo una lluvia de hojas doradas.
Cada mañana, se despertaba antes de que la luz del alba asomara tímidamente entre los cristales desnudos de la habitación. Durante unos segundos, disfrutaba de la belleza, antes de que la desesperación la abrumase y, bañada en lágrimas, sólo deseara no salir de la cama. Cada mañana, sentía a la pena convertirse en un dolor físico, convertirse en un puño invisible que le estrujaba las entrañas, que oprimía su estómago, su pecho, que cerraba sus pulmones, impidiéndole coger aire, y tenía que gritar. Gritar de dolor para no morir, gritar para respirar y seguir viviendo, seguir un día más en la luz, mientras su hijo moraba en las tinieblas.
Desde la cama, observaba cómo avanzaba la claridad del día mientras escuchaba el sonido entre las hojas de los árboles, al otro lado del cristal. Fuera estaba el mundo y no había nada en él capaz de conmoverla. Un cansancio sordo se había apoderado de su corazón, había perdido la esperanza de ser lo que había soñado ser, todo se había ido desmoronando pieza a pieza. Su alma estaba en ruinas.

Margarita llevaba una vida de silenciosa desesperación. Se levantaba, por las mañanas, de la cama y volvía a ella, por las noches, sin esperar nada, sabiendo que su vida estaba vacía y el futuro igual de vacío. A veces, cuando menos lo esperaba, el dolor le sobrevenía en oleadas, dejándola sin aliento y en un estado a la deriva. Cruzaba habitaciones, andaba y desandaba corredores, hacía sonar sus pasos sobre el suelo de mármol o pasaba horas mirando por la ventana en el más absoluto silencio. En el palacio tan enorme, con sus techos tan altos y el basto silencio, lo único que oía Margarita era su corazón, y daría lo que fuera por no tener que percibir aquellos latidos que la obligaban a sentirse viva y a seguir respirando, suspiro tras suspiro, cuando su hijo estaba muerto.
Sentada frente al ventanal de su habitación, con las manos lánguidamente entrelazadas en su regazo, contemplaba el jardín invernal, mientras el cristal, por el que se deslizaban unas gotas de lluvia, le devolvía su imagen y apenas se reconocía. Miraba el jardín que la rodeaba, miraba más allá de los árboles que lo cercaban y más allá de lo que sus ojos podían ver. Miraba, sin ver, cómo el campo se hacía montaña, cómo el horizonte le traía la nada. Veía que su vida se había convertido en algo lleno de agujeros. De ausencias. De pérdidas. Y se daba cuenta, además, de que tenía que vivir entre los vacíos, sintiendo avanzar las sombras, sobre el espacio que ocupaban los recuerdos.
A los días de lluvia les seguían el insomnio y las noches en blanco que no terminaban nunca.

Pasaron las semanas, los días se hundieron en el invierno, cambió la estación, volvieron las hojas, las mañanas se llenaron de luz, volvieron a piar los pájaros mientras volaban por los cielos del verano naciente sobre el palacio. Margarita miraba por la ventana; fuera hacía otro día claro y despejado, dolorosamente deslumbrante. Era un día maravilloso, y eso empeoraba aún más las cosas. Margarita tenía el alma dolida, resentida, y el resentimiento era una bruma espesa que impedía cualquier otro sentimiento, creando en ella una sensación de profundidad y distancia que le impedía disfrutar de lo que la naturaleza le ofrecía.
Así pasaban los días, uno tras otro. Así cambiaban las estaciones.
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Re: Cajón desastre total, sin reglamentooooosss

Notapor begoña el Mié Sep 14, 2016 1:11 am

18/d
Pasó otro año más. Cuando la lluvia ya se había llevado las flores del verano, cuando el viento barrió el suelo del jardín alfombrado de hojas y el hielo desapareció de las ramas de los árboles, cuando la nieve ya sólo cubría las cumbres de las lejanas montañas, un resplandor pequeño y fugitivo empezó a tocar los bordes de las cosas. Margarita se sorprendió, al ver que sencillamente le gustaban. Lo que veía no era sólo el invierno dando paso a la primavera, era la tierra llenándose lentamente de belleza y reparando su corazón roto. Sentía cómo las heridas y el dolor del pasado se iban curando. El tiempo había ido pasando y había obrado su cuidadosa magia, el silencio en el corazón estaba vencido. No había superado lo de su hijo y lo sabía. Tal vez nunca lo superaría. Sabía que lo añoraría el resto de su vida y que tendría que vivir la tristeza de recordar que no vivía, que no lo podía tener.
Pero Margarita decidió respirar y seguir; después de todo, iba a sobrevivir… «Respirar y seguir», se dijo. Se aferraría a sus recuerdos como un animal herido, tenía que endurecerse… «Respirar y seguir». Su corazón hecho jirones sabía que tenía que pasar de la oscuridad a la luz, de habitaciones cerradas al aire libre. Una parte profunda de ella intentaba reconstruirse día a día, poco a poco, aunque significara una tortura continua dar un paso tras otro, cada uno de ellos, doloroso.

Margarita salió al jardín. Sentía a la brisa agitar su pelo. Por encima de su cabeza, los cúmulos se deslizaban rápido por un profundo cielo azul. La brisa agitaba las ramas, las hojas bailaban como si fuesen papeles a punto de desprenderse. El aire estaba cargado de sol, había demasiada luz. Estaba en pie, con los ojos desbordados por la luz. Miraba una mariposa blanca que trazaba un rumbo errático sobre las flores, y lo único que pensaba era que quería volver adentro, al refugio de sus cuatro paredes. Se sentía como si hubiese abandonado el muelle, del que se habían soltado las amarras de ese barco anclado en el que ella se había convertido, pero se obligó a permanecer en el jardín.
La tarde se fue espesando y se llenó de sombras, los árboles atrajeron hacia sí la oscuridad, sin que Margarita lo apreciase. Sus pensamientos estaban muy lejos de allí. Pensaba en los felices momentos de su infancia, en el barrio, en el lago… en su existencia fracasada como madre, en Gonzalo. Al pensar en Gonzalo, se sintió culpable. Y esa culpa se asentó sobre las demás culpas: las imágenes del duelo junto al lago, la muerte de los padres de Gonzalo, su huida a Sevilla, la boda de su hermana… su boda con Juan.
El recuerdo hizo mella en la armadura de silencio que había llevado durante tanto tiempo. Notó que dentro de ella la ira había desaparecido, y esa tarde, mientras observaba volar a los pájaros y deslizarse las nubes, sintió que los sólidos muros con los que había blindado su existencia para no añorar, para no recordar, para no sentir, se iban derrumbando. Se había abierto una pequeña grieta en sus defensas, el corazón le latía desbocado, sentía de nuevo correr la sangre por sus venas y una nostalgia casi insoportable había empezado a apoderarse de ella. Añoraba la casa de Gonzalo y sentía un intenso deseo de escapar de todo lo que la rodeaba, huir de las sólidas paredes donde se había refugiado. Quería verlo, necesitaba verlo, saber que la recordaba. No sabía nada de él, pero iría a buscarlo. No tenía esperanza de que la recibiera, o quizá sí. Ella iría de todos modos. Iría como una promesa que al fin se cumpliría. Lo necesitaba, necesitaba su calor. Llevaba tanto tiempo helada…
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Re: Cajón desastre total, sin reglamentooooosss

Notapor begoña el Mié Sep 14, 2016 1:13 am

18/e
Gonzalo pasaba el invierno tratando de curar su profunda herida huyendo de la soledad. Extrañando cada día más a Alonso, se volcaba por completo en su escuela. Pasaba las tardes sumergido en la lectura, y por las noches, enfundado en su traje de héroe, recorría los tejados de la Villa… una villa inmersa en el invierno, un lugar de niebla, estrellas y soledad.
Algunas mañanas, en el umbral del sueño, veía el rostro de Margarita entre las sombras. Entonces, un frío intenso se apoderaba de su cuerpo y no lograba que lo abandonara ni siquiera en el calor con el que lo rodeaban sus alumnos en la escuela.
A veces, al atardecer, daba largas caminatas por senderos cubiertos de hierba y por campos húmedos de rocío. A veces, cabalgaba días enteros entre el silencio de los árboles desnudos, se perdía en bosques tranquilos, inmerso en sus pensamientos. No se quitaba de encima la sensación de vacío ni el peso que lo oprimía. A veces, las fuerzas lo abandonaban y tenía que luchar por reprimir el impulso de correr a buscarla. Entonces, por muchas ganas que tuviera de salir corriendo hacia ella, inspiraba hondo y seguía adelante, sintiendo cómo el dolor y la tristeza se transformaban en rabia, una rabia fría e implacable.
A medida que los días fueron pasando, uno tras otro, y se iban convirtiendo en semanas, Gonzalo se fue hundiendo en un silencio que le servía de armadura.

Así fueron cambiando las estaciones. Así, esperaba al nuevo invierno. Seducido por el ventoso otoño, antes de que el aire del invierno se volviera frío y penetrante, Gonzalo, con la cabeza agachada y sumido en una profunda concentración, caminaba contra el viento hacia el lago. Las violentas ráfagas atravesaban su cuerpo, le alborotaban el pelo y le azotaban la cara. Sentía que el viento le cortaba la respiración, que se le vaciaban los pulmones. Y, pese a ello, llegó hasta la orilla. El viento levantaba ondas en el agua, olía a tierra mojada, a humedad. Gonzalo aspiró el olor del otoño, con nostalgia. Permaneció quieto, de pie en la orilla, azotado por el viento y perdiéndose en los recuerdos; encendiendo, con ellos, la llama contra el frío de la soledad que lo invadía; preguntándose cómo haría para estar con ella. Tenía que verla, lo necesitaba, la necesitaba. Quería tenerla eternamente en sus brazos, sentir todo lo que fue suyo hacía tiempo. Olvidar que, en un torbellino de tinieblas y desesperación, todo había desaparecido.
Como si el aire y el lago pudieran responder a sus preguntas, la luz del crepúsculo se espesó y oscureció las aguas, el viento inclemente aumentó su fuerza, rugiendo y levantando nubes de hojas rojas a su alrededor. Empezó a llover, y con la lluvia y el crepúsculo, llegaron las últimas palabras de Margarita… «No me esperes».

Cuando Gonzalo llegó a su casa, seguía lloviendo y se sentía entumecido. Mientras movía la cabeza y las manos tratando de sacudirse el agua, miró la escalera, miró hacia el piso de arriba. Lo acometió una súbita punzada de nostalgia y no pudo resistirse al deseo de asomarse a la habitación de Margarita. Una sensación de ausencia lo llenó de angustia, el dolor fue tan intenso que casi lo asfixió.
Gonzalo clavó la mirada en la tormenta que estaba teniendo lugar al otro lado de la ventana y que golpeaba los cristales con una creciente violencia. Se acercó y se quedó inmóvil, mirando más allá de la tormenta. Contemplando absorto la oscuridad de la noche, dejó que el tiempo se deslizara despacio pensando en el pasado. Por su mente empezaron a pasar imágenes del lago en primavera, la risa de Margarita, el duelo y la desesperación de la huida. Rememoró, con nostalgia, cada instante que había estado con ella y, de nuevo, con un inmenso dolor, oyó su gélida voz… «No me esperes».
Se apartó de la ventana, bajó corriendo la escalera y entró en su habitación. Ascendió a la guarida y, con determinación, se puso el traje al que debía su valor. Salió por el tejado decidido a llegar hasta Margarita.
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Re: Cajón desastre total, sin reglamentooooosss

Notapor begoña el Mié Sep 14, 2016 1:16 am

18/f
Violentas ráfagas de viento, cargadas de una gélida lluvia, le calaban hasta los huesos, mientras galopaba lo más apresurado que podía. A medida que avanzaba y se iba fundiendo, cada vez más, con el bosque, el viento que se colaba entre las ramas desnudas le entraba, cortante, en la garganta, haciendo que se subiera el embozo y cabalgara agachado, pegado al cuello del caballo.
Llegó al palacio en medio del ruido ensordecedor que el viento producía al agitar las ramas de los árboles. Con esfuerzo, escaló por las resbaladizas paredes del palacio hasta la ventana vacía de Margarita, donde el azote del viento resonaba con fuerza.
Dentro de la alcoba reinaba la completa oscuridad. Gonzalo no acertaba a ver en su interior y dudaba de si podría entrar sin que el furioso viento no delatase su presencia. De repente, la figura de Margarita apareció al otro lado del cristal. Él se apartó de su vista pegándose a la pared. Pero Margarita miraba sin ver, miraba a la oscuridad sin curiosidad. Gonzalo la estuvo observando todo el largo tiempo en el que ella permaneció con la mirada perdida, mirando a ninguna parte. Luego, desapareció en la oscuridad de su habitación.
La determinación de Gonzalo por entrar en la alcoba había huido, su valor había desaparecido, al verla al otro lado del cristal. Supo que nada había cambiado, que Margarita seguía cerrada al mundo… y a él.

Una nueva primavera llegaba a la villa llevándose el crudo invierno. Gonzalo miraba la superficie lisa de la mesa, absorto en los rayos del sol de la mañana que iluminaban minúsculas partículas de polvo suspendidas en el aire. Esa mañana, afloraban con añoranza los recuerdos que, con el tiempo, habían ido palideciendo. Miró con nostalgia a los niños que, con la cabeza inclinada, leían las hojas que él había repartido. En una mesa al fondo, volvió a ver a su hijo, ávido de curiosidad, lleno de sueños e ilusiones, lleno de afirmaciones difíciles de negar. Cuando terminaron las clases y llegó a su casa, la nostalgia se había apoderado completamente de él. Mientras oía, con una sonrisa ausente, el interminable parloteo de su criado, Gonzalo decidió partir hacia el lago, dejando solo a Sátur que, resignado, dándose cuenta de que sus palabras apenas llegaban a los oídos de su amo, salió a mover, de un lado a otro, la paja del establo.

Mientras caminaba, Gonzalo saboreaba la primavera, dejaba que ésta le atravesara los poros. Iba disfrutando de la belleza de cuanto lo rodeaba, de la niebla alzándose en los valles, del esplendor del sol. Se sentó en la hierba mirando hacia el lago. «Una vez más, estoy aquí», pensó. «Qué bello es todo esto», se dijo, «qué improbable es que ella llegue a estar aquí».
Lo sabía. Sabía que no era posible. Margarita sólo quería olvidarlo, olvidar todo lo vivido con él. En ese momento, allí, solo, la angustia empezó a invadirlo, las lágrimas pugnaron por escapar de sus ojos. Podía notar que temblaba, que sus dedos se clavaban, sin poder evitarlo, en sus brazos cruzados. «No puedo más», pensó. Levantó la cabeza hacia el cielo, que era de un azul brillante, cerró los ojos y se dejó bañar por la luz del sol.



Las horas avanzaron lentamente mientras jirones de nubes se adueñaban del sol.
En el aire se respiraba un aroma de lluvia. La luz iba descendiendo y los primeros puntos luminosos comenzaban a aparecer, cuando Margarita golpeó con los nudillos la puerta cerrada de la casa de Gonzalo.
Creyó que no había nadie en casa, cuando le pareció oír la voz de Sátur.
¡Voy…! — gritó el criado desde el establo, mientras se dirigía hacia la entrada de la casa y abría la puerta. Una inesperada alegría se apoderó de Sátur, al ver a Margarita bajo el dintel—. ¡Señora!... pase, pase… el amo no está, pero no tardará en llegar. —Sátur miró hacia a la calle buscando a Gonzalo.
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begoña
 
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Re: Cajón desastre total, sin reglamentooooosss

Notapor begoña el Mié Sep 14, 2016 1:20 am

18/g

Sentado en la hierba, ausente, Gonzalo apenas era consciente de que moría la tarde y de que el cielo azul se había esfumado con el atardecer. Con el corazón golpeando con fuerza en su pecho, entornó los ojos y miró el horizonte, cuando la luz casi desaparecía por él. En un instante, la noche cerrada cayó sobre el lago, un rayo iluminó momentáneamente sus aguas y las nubes rugieron dejando caer gruesas gotas. Gonzalo, en silencio, huía desesperadamente del lago. No volvería…
Una lluvia intensa cubría la Villa, cuando Gonzalo llegó a su casa.



Margarita supo que había llegado porque un cálido hormigueo le recorrió la espalda. Antes de escuchar la voz de Gonzalo, sintió su respiración silenciosa, su mirada.
—Margarita… —Sorprendido por encontrarla en su casa, a Gonzalo se le apagó la voz.
La miraba fijamente, pero no movió ni un músculo que pudiera mostrar el nerviosismo que sentía al verla, tan sólo lo traicionaba el brillo de sus ojos marrones.
Margarita se volvió. Su mirada era una súplica de amor hacia Gonzalo. Le bastaba con mirarlo para sentir su calor, escuchar su nombre en su boca, su voz… su profunda, susurrante y maravillosa voz aturdiendo sus sentidos.
La expresión en su rostro desarmó a Gonzalo, que con las manos temblorosas, extendió los brazos.

De repente, Margarita estaba en sus brazos, notaba el tacto de sus dedos cerrándose sobre ella. Se sintió segura y dejó que la abrazase con fuerza. Inspiró hondo tratando de que su aroma le inundara las fosas nasales. Aspiró aquel aroma tan familiar, aunque llevaba años sin percibirlo. El olor de Gonzalo. El olor a cuero, a hierba. Qué excitante era su olor. Había llegado a creer que nunca más volvería a sentir nada. Ni dolor ni angustia ni nostalgia y, mucho menos, deseos.

Gonzalo la soltó y la apartó un poco para contemplarla atentamente, como si la viera por primera vez. No era la de antes, era otra. Lo llevaba grabado en las líneas de expresión de los ojos y alrededor de la boca. Quiso decirle cuánto la había echado de menos, cuánto la amaba, pero siempre le ocurría igual con Margarita, las palabras se quedaban en su interior dejándolo mudo.
La tomó de la mano y la condujo al dormitorio. No hubo titubeo ni pensamientos por parte de ninguno de los dos.

Sátur los había estado observando desde el otro extremo de la casa, dando gracias a Dios por haber hecho caso de sus ruegos. El primer impulso fue correr a reunirse con ellos y celebrarlo, pero viendo la ansiedad con la que se abrazaban, retrocedió hacia el establo y salió de la casa diciendo que mañana habría tiempo… la señora había vuelto.
sigue...
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begoña
 
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Re: Cajón desastre total, sin reglamentooooosss

Notapor begoña el Mié Sep 14, 2016 1:24 am

18/h

Nada más cerrar la puerta de la habitación, Gonzalo la acorraló entre sus brazos contra la hoja de madera, apoyó la nariz en sus cabellos y aspiró su fragancia. Notó que ella temblaba, cuando rozó su cuello con los labios y sus manos la iban desnudando.
Margarita notó cómo todo su ser se revolucionaba, al sentir la respiración de Gonzalo junto a su oído, sus labios acariciando su cuello, mordisqueándolo a la vez que la besaba. Su traicionero cuerpo respondía de inmediato a sus caricias. Allí donde la tocaba, el vello se le erizaba. Tembló bajo sus delicadas manos, mientras la desnudaba y le susurraba sus sentimientos en un tono tremendamente erótico.
—Te he amado toda la vida.
Lo sé –dijo ella, mientras desabotonaba la camisa de Gonzalo para deslizarla por sus hombros, a la vez que acariciaba sus brazos mientras caía al suelo. Luego, soltó el botón del pantalón.
En los cristales de la ventana desnuda se reflejaban sus cuerpos en grises plateados, mientras se desvestían.
Gonzalo deslizó una mano a través de su pelo y le inclinó la cabeza hacia atrás. Margarita cerró los ojos y lo siguió con el cuerpo; completamente entregada, lo besaba en la boca, hería sus labios contra los suyos, bebía de él.
Tumbada en la cama, notaba cómo deslizaba las manos por debajo de sus caderas y la levantaba, encajando su cuerpo al de ella. Quería grabar esos momentos en su mente, retenerlo para siempre; retener cada movimiento seguro de sus manos, el roce cálido de su aliento, su peso sobre ella, conservar su sabor en su lengua, hacer que cada latido durase eternamente. Quería que la cubriese, que la aplastase, que no hubiese espacio libre entre ellos, que no hubiese ninguna parte de su cuerpo que no lo tocase. Quería envolverlo como una enredadera, como una cuerda que los uniese eternamente. Sentía cómo las manos de él se llevaban el frío.
No vuelvas a hacerme esto —le decía Gonzalo al oído—. No vuelvas a separarte de mí.
Te lo juro, nunca más te abandonaré —logró articular ella, cuando pudo coger aire—. Durante años, enterré cualquier esperanza sobre nosotros… Cuando me casé con Juan, soñaba contigo. Cuando me acostaba con él, soñaba que lo hacía contigo. Incluso después de ser madre, soñaba contigo.
Lo sabía. Por eso era tan doloroso no tenerte. Te quiero, Margarita.
Ella sonrió, llena de gozo en su interior.
Yo también te quiero, Gonzalo.
—Te he echado tanto, tantísimo, de menos. —La voz de Gonzalo parecía surgir de lo más profundo de su cuerpo.
Margarita le acarició la mejilla, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Había estado tan ciega, tan concentrada en su tristeza que no había sido capaz de pensar que él también sería desgraciado.

Cuando sus cuerpos aún latían de deseo, Margarita se incorporó y, poniéndose sobre él, lo enlazó con sus piernas. Se inclinó dejando que sus pechos se apretasen contra el torso de Gonzalo. Él la besó en el cuello, se dejó cubrir por la melena que caía sobre su rostro mientras sus manos se hundían en su pelo; luego, penetró de nuevo en ella. Margarita empezó a moverse suavemente, como las olas lánguidas al final de la marea. Él la acompañó en su danza rodeándola con los brazos, besándola.
Creí que te había perdido para siempre —logró decir Gonzalo, en un susurro—. Creí… nunca he dejado de amarte. Cada día, cada noche…
Margarita lo calló con un beso largo y profundo, entregado, al tiempo que apretaba las caderas para sentir cómo él se clavaba en su vientre, tan hondo como fuera posible. Deseaba apasionadamente a Gonzalo. No se trataba de la pericia de sus manos o de su boca, ni de la fuerza o la dulzura con que se hundía en ella. Era la forma de entregarse y de hacer que ella se entregara a la pasión.
Tras la pasión, tras la locura que abrasaba su cuerpo y relajaba el de Gonzalo, con el deseo alimentado por la consciencia de que no habría más separaciones, no más melancolías, no más temores, las miradas de ambos se enlazaron, quedaron prendidas, deleitándose el uno con el cuerpo del otro.
Apoyada contra Gonzalo, Margarita acomodó la cabeza en su pecho y lo rodeó con su brazo. Sintiendo su piel caliente bajo su mejilla, se quedó despierta oyendo cómo la respiración de él se volvía profunda, más lenta, más uniforme, hasta que se durmió. Luego, con el susurro de su respiración, ella se quedó dormida entre sus brazos.
Fuera empezaba a brillar el sol. Margarita despertó primero y se incorporó. Observaba al hombre que dormía a su lado, con quien había crecido, a quien toda su vida había amado y deseado. Había soñado infinitas veces con él y, ahora, lo tenía desnudo al alcance de su boca. La vida lo había tallado a base de golpes, tenía cicatrices, estaba más musculoso. Sus palabras, su voz grave, la aislaban del mundo, necesitaba que él fuese su refugio, su guía. No quería más. Se inclinó sobre él y lo besó con ternura.
Gonzalo despertó. Abrió los ojos, ya no estaba solo. La soledad había huido.

Fin
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Re: Cajón desastre total, sin reglamentooooosss

Notapor begoña el Mié Sep 14, 2016 1:29 am

el pijo se ha comido dos trozos :( supongo que mañana estarán en su sitio… gracias ;)

Hace tres años que comencé esta historia que hoy termina, y ha pasado un año desde mi última entrega. He sido lenta escribiendo, muy lenta. Necesitaba descansar de ellos entre capítulos, de escribir, porque de pensar en su historia me resultaba imposible, me han acompañado durante estos tres años en cada rutina que yo hacía.
Comencé en agosto de 2013, en una noche muy calurosa y de insomnio y la he terminado una noche muy calurosa de agosto de 2016 en la misma habitación y con mi perenne insomnio. Mis sentimientos hacia los personajes han cambiado, mis sentimientos hacia la serie han cambiado, yo he cambiado, no soy la misma que enamorada, necesitó escribir sobre Margarita, aunque no sé si lo conseguí, me propuse que ella fuese mi protagonista, pero Gonzalo siempre consigue meterse entre las líneas.
Quise escribir sobre la historia de amor que yo veía, pero hay algo en mí, que me hace escribir sobre el dolor y la perdida, haciendo sufrir a mis personajes y a las personas que me leéis. Cuando acabé mi relato anterior, le prometí a Sume, que en mi próximo relato no lo mataría (lo he cumplido Sume). Le prometí a Kuka que al final los uniría (lo he hecho Kuka). Durante este último año, me habéis pedido en privado que terminase el relato. Lo he hecho, he tardado, me ha costado especialmente este último capítulo, pero está terminado.
Yo creo que cuando escribes una historia, siempre lleva algo de ti, de tus sentimientos y deseos, y en este relato, he escrito escenas y lugares que llevo dentro de mí, recuerdos entre las hojas de un día inolvidable, deseos de que el mundo de los sueños sea benevolente.

Gracias a todas las que habéis seguido y esperado cada capítulo durante estos tres años. Quiero nombraros a cada una de las que me habéis comentado y dar las gracias si alguien leyó embozada.
Este relato no es sólo mío, Kuka ha revisado cada palabra, ha insistido con tesón en guiarme por escenas que yo concluía sin detalles, ha leído para mí, lo que yo escribía, emocionándome con su voz y haciendo que me preguntase si yo podía haber escrito esos sentimientos. Este relato también es de Sueña que me ha emocionado con cada imagen, asombrándome de ver en sus fans, lo que yo había sentido al escribir las escenas. También es de Mari Carmen y Aura que me regalaron preciosas imágenes en el capítulo 10. Pero sobre todo es de vosotras, mis queridas amigas, esta noche he buscado vuestros comentarios para no dejarme ningún nombre y he acabado llorando.
KUKA, SUEÑA, MARIG, MAITEM, ECCE, UNICORNIO, MIREN, DANCE, MJ, LLUNA, MURILLO, CLM ,AURA, SUPER, MARI CARMEN, TESSA, ANDRE, LUNANUEVA, SUE, ALGARROBO, MERCHY, DIANA… Gracias.
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