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Cajón Desastre, para dejar volar la imaginación...

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Re: Cajón Desastre, para dejar volar la imaginación...

Notapor Quiero_quererte el Jue Nov 17, 2011 2:48 am

VIII


Despertó en una cama extraña.

Un ventanuco filtraba algún rayo de sol a través de las rendijas de la madera cerrada. Intentó incorporarse desorientada y sin entender dónde estaba ni qué ocurría, pero al hacerlo, un dolor agudo en el hombro le hizo caer al suelo mareada. Al estruendo, entró la muchacha morena que había conocido días atrás.

-¿Pero qué hace? Se va a hacer daño

-¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí?

-Está en mi habitación, la trajo mi cuñado. Alguien la hirió en el hombro. ¿No lo recuerda?

-¿Cuánto tiempo llevo aquí? Debo regresar al convento.

Gonzalo entró con un vaso que contenía un líquido caliente.

-No lleva mucho tiempo, vino ayer. Un amigo me pidió que cuidara de usted. Beba esto, le hará bien.

-¿Qué es?

-Es una infusión, es buena para las heridas. Satur es quien suele prepararme este tipo de brebajes.

La mujer pensó por un instante porqué un maestro necesita de esas infusiones. Gonzalo, debió notar la extrañeza de la mujer, había olvidado que no era una monja común.

-Suelo ser un poco torpe... tengo muchos accidentes. Hace poco me picó una culebrilla.

-¿Satur es el que está en la cárcel… verdad? ¿Es… su criado?

-Es mi amigo.

-Debe saber que es inocente. Él no mató al jardinero.

-Lo sé.

-Tengo que hablar con Águila… debe ir a hablar con el cardenal.

Gonzalo se volvió hacia su cuñada.

-Margarita no puedo permitir que pases otra noche durmiendo en la cocina, la bajaré a mi cama y yo dormiré donde Sátur.

-No te preocupes Gonzalo, puedo ir a casa de Cata…

-No, no puedes. Juan está allí.

-Sí. ¿Y?

-Pues que la gente habla…

-Gonzalo. ¡Que me da igual lo que opine la gente, que ni les va ni les viene!

-Bueno, ¡pues a mí no, no me da igual, te quedas aquí!

La monja observaba sorprendida sin decir palabra.

-¿Qué no te da igual? ¿El qué no te da igual? ¡Qué duerma en casa de Juan o lo que diga la gente!

Molesto y vencido, le dio la espalda tomando en brazos a Sor Marcela, comenzó a bajar la escalera.

-¿Duermen separados su mujer y usted?

-No es mi mujer – dijo secamente- es mi cuñada.

-Pues discuten como si lo fueran.

Gonzalo la mantenía firme. Sin duda, era un hombre muy fuerte, sin embargo, al llegar a la alcoba, la depositó con suavidad y dando media vuelta salió al patio.

Sobre el arcón varios papeles llamaron la atención de la mujer. No pudo evitarlo, se levantó con sigilo y tomó uno de los papeles:

Te admiro, de alguna forma es por ese motivo por el que te quiero. O quizás al revés, esa admiración va ligada al amor que desde niños por ti siento. Me gustaría saber quién es el hacedor de palabras, quien decide que los latidos de mi corazón son presa de este amor. ¿Quién decide, quién define? precisar mis emociones, si yo solo sé que se me acelera el pulso en tu presencia, cada segundo que permaneces cerca de mí.

Cómo duele no poder decirte que te amo desde siempre, tu amor ha viajado conmigo desde el pasado hasta el presente, y sé que aun en brazos de otro, en ese futuro, seguirá ahí inamovible, como el tiempo.

Fue la distancia un espejismo que me hizo olvidar que me hallaba en el desierto, es simplemente amor puro, como el agua. Cuando otros rezaban a Dios, eras tú quien acudía a mi mente, quien me liberaba de angustias en aquellas prisiones lejanas. Lleno de promesas conseguí sobrevivir; promesas que no pudieron cumplirse, porque ya no estabas a mi regreso.

Sólo puedo garabatear te quiero, sin poder decírtelo, porque presa esa palabra en mis labios, mantiene a salvo tu felicidad.

Tu amor es un premio que desconozco si valgo, mientras me deba a mi conciencia.



Te quiero.
Gonzalo


Sonrió y dejó el papel en su sitio mientras regresaba a la cama. Miró a Gonzalo. En el patio trajinaba arreglando su caballo. Dio media vuelta y se dispuso a descansar.

Mientras, Gonzalo, revisó las alforjas. Envuelto en un lienzo gris, la katana y el traje de águila, escondido de la vista de cualquier intruso.

Cabalgó hasta el lago y allí descargó las alforjas. Se desabrochó la camisa, se quitó sus viejos pantalones y, casi ceremoniosamente, se puso su ropa de águila. Subió al caballo y se dirigió hacia el palacio cardenalicio.
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Asesinato en los jardines de oriente

Notapor Quiero_quererte el Jue Nov 17, 2011 2:50 am

IX


Era su día de suerte. El cardenal salía del palacio y se montaba en su carroza con apenas un par de guardias. Pocos metros después ya les había dado alcance y reducido a los guardias, saltando desde su caballo a los de ellos, un pie en cada uno, y golpeando sus cabezas. El cochero azuzó a los caballos y comenzó una carrera que a la postre la sabía perdida, pero debía intentarlo. Águila seguía subido en ambos animales, sujetando ambas riendas cuando así, de pie, llegó hasta la altura del carruaje y saltó sobre el pescante.

-Ordénele parar – dijo mientras a través de la ventanilla, marcaba su cuello con la katana.

No hizo falta la orden, el cochero, temeroso de lo que pudiera pasar, ya había tirado de las riendas y arneses.

-¿Qué sabe de Martín?

-¿Martín? – Dijo sorprendido – No conozco a ningún Martín.

-El jardinero de Lucrecia. ¿Qué sabe de él y su sobrina?

-¿Mi sobrina? No entiendo. ¿Qué tiene que ver con el jardinero? Se probó su inocencia cuando la secuestró el orfebre.

El Orfebre… De pronto comenzó a relacionar. Las joyas, el medallón de su madre, ahora un pequeño medallón en forma de corazón…

-¿Sabe si el orfebre tenía algún ayudante?

-El orfebre está muerto. Lo mató el comisario al liberar a mi sobrina.

-Sí. Pero dónde trabajaba y con quién.

El cardenal respiró intentando mantener la calma. Miró hacia el frente pretendiendo coger valor.

-No es hora de hacerse el valiente. ¿No cree? ¿Prefiere perder su vida? Sabe que lo estoy deseando.

-No sé de qué me habla. El orfebre era un pobre perturbado…

Águila rasgó rápidamente el cuello del hábito rojo, haciendo que el hombre temblara y abriera los ojos asustado, llevándose seguidamente la mano al cuello para comprobar que su piel seguía intacta.

- Sí lo sabe. Y quizás incluso sepa quién era Agustín – hizo un pequeña pausa para comprobar el pasmo en los ojos de Mendoza – Sorpréndame.

-¿Agustín? ¿Qué tiene que ver Agustín? Ese fraile está…

-¿Muerto? Sí, Veo que lo conoce…

-¿Cómo murió el jardinero?

Águila miró divertido. Se dio cuenta por el gesto del hombre que la información le estaba tomando por sorpresa, impresionado incluso.

-Colgado, ahorcado y crucificado en un árbol. Ambos hombres murieron exactamente igual.

El cardenal abrió aun más los ojos. Por un momento, el desconcierto se apoderó de él, poco habituado a ello. De pronto, recuperando de nuevo su habitual templanza, miró al héroe.

-Sí, tenía un ayudante. Un niño en aquel entonces… También se volvió loco. También terminó encerrado en aquel manicomio.

Águila separó su Katana y bajando del pescante regresó a su caballo. Al momento, Mendoza, ya repuesto, daba una orden.

-Cochero, lléveme donde el comisario. Rápido. Y espero que nunca más vuelva a parar a no ser que yo se lo diga, a no ser que no tenga en estima sus orejas, puesto que de nada le sirven.
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Re: Cajón Desastre, para dejar volar la imaginación...

Notapor begoña el Jue Nov 17, 2011 4:09 am

No voy a quotear la carta que es preciosa, tendría que hacerla entera :)
Esta monja es una enchufada...ahora en brazos a su cama :lol: :lol: bromas a parte, me encanta su curiosidad y su agudeza :P
Margarita y Gonzalo, he disfrutado de su temperamento :P
Me ha fascinado la escena del Cardenal, ¡que bien la has descrito!...y otro a descartar, tampoco es el Cardenal el asesino :? la similitud entre la muerte de Agustín y Martín...es que no veo la relación entre ambos :o :shock: ...¿el ayudante del orfebre? :? :? no sé, no sé nada :?
Me encanta tu historia y lo intrigada que me tienes ;)
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Asesinato en los jardines de oriente

Notapor Quiero_quererte el Vie Nov 18, 2011 8:29 pm

Muchas gracias Bego!
Debo ahora deciros... que si acabáis de cenar no leáis el siguiente relato...
Si estáis solas, mirad bajo vuestras camas, encended las luces... y comprobad que, efectivamente, nadie ronda vuestra casa. Esperad a leerlo durante la mañana, no lo hagáis en la noche, porque la noche es oscura, misteriosa y terrorífica...

Si aun así queréis seguir leyendo, recordad que os he avisado.

X

Apostados tras una loma, unos niños, se levantaban, onda y tirachinas en mano, y lanzaban piedras hacia otro grupo.

-¡Ay! ¡Que me has descalabrao so bruto!

Sobre la ceja de Gabi, un hilillo rojo comenzaba a descender hacia la mejilla. El otro grupo salió corriendo, dándose a la fuga. Alonso miró a su amigo.

-¡Esto no es nada quejica!

-Pues yo creo que es una buena brecha – dijo Murillo exagerando mientras miraba a Alonso y Pascual, el nuevo hermano de Gabi, intentando disimular la risa.

-Mi madre nos va a matar como se entere que hemos estado jugando a batallas con los hijos del mulero – dijo preocupado el niño.

-Pues temo más a padre que a las piedras de esos animales- dijo el mayor - Mejor vamos ahí y te lavas la sangre, Rafael.

Los cuatro se encaminaron hasta el río. Gabi parecía ya acostumbrado a su nuevo nombre, pero a Alonsillo y Murillo les costaba relacionar el nombre de Rafael con Gabi.
Debían muchas veces morderse la lengua para no llamarlo. Les costaba trabajo reaccionar, incluso les daba la sensación de que se tratara de otra persona. Era así desde que su madre, Estuarda, se había casado con el herrero, cambiándose su nombre por el de Josefa y el de su hijo por Rafael para romper con el pasado. No podía decirle a su nuevo marido que había sido prostituta para poder subsistir y en esa mentira se vio enredada y enredó al resto de las amistades que callaron para encubrirla.

Caminaban dando patadas a las piedras y agarrando cuantos palos se cruzaban en su camino.

-Espera, se me ha metido una piedra en el zapato- dijo Murillo apoyándose en un árbol.

Agachado, se sacudió el calzado. De pronto una gota de sangre cayó hasta el zapato. Miró hacia arriba esperando encontrar a Gabi haciendo el tonto sacudiendo su sangre.

-¡Qué cerdo que eres!- Dijo instantes antes de quedarse petrificado.

Los cuatro miraron hacia arriba cuando vieron un espectáculo dantesco.

Un cuerpo desfigurado colgaba bocabajo. La cabeza y las manos estaban calcinadas, irreconocibles, un gran vientre abierto dejaba colgando parte de sus vísceras.

Murillo se volvió para vomitar mientras Alonso comenzó a tirar de él.

-¡Vámonos!

Emprendieron una carrera, despavoridos, asustados. Nunca habían visto nada semejante, tan terrorífico. La tarde comenzaba a cerrarse y la noche se avecinaba trayendo más miedo a sus cuerpos. No sabían hacia dónde iban, no sabían dónde estaban, el cielo nublado y ennegrecido que anunciaba tormentas no ayudaba para orientarles, y la oscuridad y las sombras que proyectaba la luz grisácea que se filtraba entre nubes y árboles secos hacían más patentes los ruidos aterradores de alimañas que parecían cercarlos. De pronto Alonso frenó en seco.

Ante ellos, un despeñadero, sin embargo, aunque pararon a tiempo él, Gabi y Murillo, Pascual resbaló por la fuerza y la inercia de la carrera, cayendo hacia abajo.

-¡Pascual!

Se asomaron con miedo, esperando ver el cuerpo destrozado del muchacho. Por suerte, estaba agarrado a una raíz y con los pies apoyados en un saliente de escasos centímetros.

-¡Ayudadme, no podré aguantar así mucho tiempo!

-¡Tenemos que avisar al águila roja!- gritó Gabi

-y ¿Cómo lo encontramos? Mejor avisar a tu padre, el herrero- dijo Murillo

-Chicos – Alonso intentó calmarlos, necesitaba creer en la fama de valiente que tenía ante sus amigos- estamos perdidos… Y nadie sabe dónde estamos. Tenemos que subirlo nosotros.
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Re: Cajón Desastre, para dejar volar la imaginación...

Notapor begoña el Sab Nov 19, 2011 1:58 am

¡Jooooooooo! no me ha sabido a nada, me he quedado con las ganas :?
El asesino es cada vez más sadico :?
no me lo tomes a mal, que no quiero ser exigente :twisted: cuando bien puedas, sigue :P ;)
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Re: Cajón Desastre, para dejar volar la imaginación...

Notapor Quiero_quererte el Sab Nov 19, 2011 4:22 am

mañana mismo que tengo pendiente algo además... cuando sepas quien es el muerto te vas a quedar muerta!
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Re: Cajón Desastre, para dejar volar la imaginación...

Notapor begoña el Sab Nov 19, 2011 4:26 am

No me asustes :? ya estoy deseando saberlo :) ;)
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Re: Cajón Desastre, para dejar volar la imaginación...

Notapor cibeles6 el Sab Nov 19, 2011 3:01 pm

¡Ostras Quiero! así me has dejado :o :o :o
El niño del orfebre :? :roll: ......no sé no sé, igual no está tan encerrado como cree el cardenal, y loco tiene que estarlo un asesino para además de matar que lo haga de esa forma :? :shock:
¡Que intriga! :shock:
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Asesinato en los jardines de oriente

Notapor Quiero_quererte el Dom Nov 20, 2011 1:09 pm

:?
el caso es que cualquiera que conozca la verdad está en peligro, por ahora más vale no saberlo hasta que el asesino no esté a buen recaudo.
Chicas, esta vez voy a colgar una escena ahora y la próxima esta noche, el motivo es que la siguiente es un poquito... bueno, el caso es que la siguiente tendrá más gracia si se lee de noche

Muahahahaaha

XI

Gonzalo empujó la puerta de su cuarto, con la mente puesta en los últimos acontecimientos. Se sorprendió al ver a Margarita sentada en su cama, poniendo paños sobre la frente de la monja.

-Le ha vuelto a subir la fiebre.

-Sí, pobre, debe haberse infectado.

-Voy a llamar a Juank para que venga – la determinación pilló por sorpresa a Gonzalo – Para que la vea, a ver si tiene algo para aliviarla.

-Sí, sí, claro.

-De paso le diré a Alonso que suba, lleva todo el santo día con Murillo y Gabi, y está comenzando a llover.

Gonzalo afirmó con la cabeza dando su beneplácito mientras se acercaba a Marcela. Estaba ardiendo, sin embargo sus labios tiritaban.

-Águila…. – llamó la mujer.

- Estás desvariando por la fiebre… Mi nombre es Gonzalo.
Marcela pareció volver en sí.

-Imaginaba que estoy viviendo una de las novelas de mi padre. Si habláramos en verso ya sería la repera.

Gonzalo sonrió.

-Ahora la reconozco. Usted es Sor Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega. ¡No me lo puedo creer! ¡Admiro su trabajo muchísimo!

-¡Vaya! ¿Me conoce?

-Bueno algo suyo he leído…
“Unos valientes deseos
Y unas fervorosas ansias
Hoy se ven por el amor
En la posesión más alta…”

-Pues estamos en igualdad, he de confesar que yo también he leído algo suyo – dijo mirando hacia el arcón.

Se levantó a guardar rápidamente sus papeles, antes de que alguien más lo encontrara cuando Margarita entró de nuevo en la habitación.

-Gonzalo, Alonso no está. Ni murillo. Estuarda también está en casa de Cata, venía buscando a Gabi y a Pascual, su hijastro.

-Quédate con Sor Marcela, ya salgo a buscarlos.

-Dice Estuarda que estaban jugando con los hijos del mulero. Fue a su casa a llamarlos para la cena. Los hijos del mulero ya habían vuelto y decían que los cuatro se habían quedado jugando en la colina de San Esteban, junto al camino de Salamanca.

Gonzalo salió rápidamente, presentía que se habían metido en un lío.
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Re: Cajón Desastre, para dejar volar la imaginación...

Notapor Quiero_quererte el Dom Nov 20, 2011 1:45 pm

Nueva parada para un nuevo resumen de las pistas:

Del V, hablan Marcela y Águila con Irene:
Señor, le ruego que deje a la muchacha – la monja se interpuso entre ambos, sin embargo, él no se marcha. Con afecto, susurrando, se acerca hasta el oído de ella – Lo conocíais, ¿verdad?

-Lo amaba… yo lo amaba… - Y sus ojos se perdían en la ventana que mostraba el día gris y plomizo, acunado por un manto de nubes.

-Un pequeño colgante con forma de corazón. Es un colgante de oro. ¿Lo llevaba, verdad?

Marcela intentó recordar, ella era la única de la habitación que había visto el cuerpo. No era algo digno de rememorar, pero intentó pensar en cada detalle del muchacho. Águila también esperó su respuesta.

-No. No llevaba ningún colgante.

Irene escribió:-Es por mi pecado. Él quiso regalármelo, pero no se lo permití, ¿Cuánto dinero le habría costado? No podía permitírselo y se lo rechace. ¡Se lo rechacé! Yo le dije ¡Llévatelo, llévatelo! No, mi vida. Creerán que lo he robado… tú no creerás lo mismo… No, mi amor – salmodiaba como si volviera a vivir la escena instante a instante, con la mirada perdida – en tu cuello tendrá vida, Irene, porque nació para vivir en tu cuello. Pues si nació para vivir en mi cuello, llévalo tú, para que tengas una prenda mía abrazada a ti. Lejos de molestarse, me lo dio a besar y se lo puso.

Y tu marido sabía donde se marchaba.

-Sí, lo supo.

-Y fue tras él.

-No, eso no pudo hacerlo – todos la miraron extrañados – se había enrolado en el
ejército del rey. Hernán nunca le hubiera puesto una mano encima. Yo le di la idea. Un comisario jamás pondría la mano encima a un soldado de la guardia de su majestad.

Del VI, Hablan Marcela y Lucrecia
-Pocos se marchan cuando el hambre aprieta. No me gustan los rodeos. ¿Quiere saber si yo sabía lo del jardinero e Irene?

-Quiero saber cuánta gente lo sabía.

-Todos. Excepto quizás el cardenal Mendoza. Los hubiera matado. A los dos. Esa sobrina es su única heredera y no hubiera dejado que toda su riqueza hubiera ido a parar a manos de un sirviente.

Unos pasos después, a varios metros de palacio un sonido la sobresalta. Apenas ha habido tiempo de escuchar un disparo, cuando Águila la empuja derribándola al suelo.

Del VII, hablan Marcela y Águila ambos van en el caballo de Águila, después que unos hombres intentan matar a la monja y la dejan herida:
Marcela escribió:-Lo primero que me pregunto es porqué en el palacio de los reyes. Cualquiera pensaría que el crimen ha sido por motivos sexuales, porque han castrado salvajemente al muchacho, sin embargo, para mí es más significativo que haya aparecido en aquellos jardines, justo ante la ventana donde la reina me recibía.

Marcela escribió:En el salón del trono… no querían que lo viera la reina, sino el rey. Fue casualidad que la reina lo usara para su recepción. Desaparece una cadena de oro valiosa, que no sabemos de dónde pudo sacarla. Martín nunca la hubiera robado ni tenía dinero para comprar algo así. ¿Sería eso lo que buscaba el asesino?

-Es posible. Necesito distraerme y no pensar en el dolor. Seguramente el asesino tiene la cadena. Me pregunto si la forma de morir era un aviso al rey. ¿Por qué de ese modo? Crucificado y ahorcado en un árbol…

-Agustín. Así murió Agustín. También se habían ensañado con él. Debe ser el mismo asesino.

- ¿Y por qué no vestía ropas militares, sino de jardinero? ¿Desertó?

-O le cambiaron la ropa.

Del VIII, Marcela descansa en la cama de Gonzalo, donde está curando su herida:
-¿Satur es el que está en la cárcel… verdad? ¿Es… su criado?

-Es mi amigo.

-Debe saber que es inocente. Él no mató al jardinero.

-Lo sé.

-Tengo que hablar con Águila… debe ir a hablar con el cardenal.

En el XI, Águila aborda el carruaje del cardenal, con el que habla:
-El jardinero de Lucrecia. ¿Qué sabe de él y su sobrina?

-¿Mi sobrina? No entiendo. ¿Qué tiene que ver con el jardinero? Se probó su inocencia cuando la secuestró el orfebre.

El Orfebre… De pronto comenzó a relacionar. Las joyas, el medallón de su madre, ahora un pequeño medallón en forma de corazón…

-¿Sabe si el orfebre tenía algún ayudante?

- Sí lo sabe. Y quizás incluso sepa quién era Agustín – hizo un pequeña pausa para comprobar el pasmo en los ojos de Mendoza – Sorpréndame.

-¿Agustín? ¿Qué tiene que ver Agustín? Ese fraile está…

-¿Muerto? Sí, Veo que lo conoce…

-¿Cómo murió el jardinero?

Ambos hombres murieron exactamente igual.

El cardenal abrió aun más los ojos. Por un momento, el desconcierto se apoderó de él, poco habituado a ello. De pronto, recuperando de nuevo su habitual templanza, miró al héroe.

-Sí, tenía un ayudante. Un niño en aquel entonces… También se volvió loco. También terminó encerrado en aquel manicomio.

En el X, los niños están jugando y descubren un cuerpo:
Un cuerpo desfigurado colgaba bocabajo. La cabeza y las manos estaban calcinadas, irreconocibles, un gran vientre abierto dejaba colgando parte de sus vísceras.

Ante ellos, un despeñadero, sin embargo, aunque pararon a tiempo él, Gabi y Murillo, Pascual resbaló por la fuerza y la inercia de la carrera, cayendo hacia abajo.

Se asomaron con miedo, esperando ver el cuerpo destrozado del muchacho. Por suerte, estaba agarrado a una raíz y con los pies apoyados en un saliente de escasos centímetros.
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